Bajo el quicio de la puerta

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Fui la peor al evacuar el edificio. Todos corrimos, pero yo no abandoné mis cosas. Desde niña me enseñaron que cuando tiembla uno debe dejar todo menos la cabeza fría y la presteza para salir de donde esté. Pero de chica también me enseñaron a pararme bajo el quicio de la puerta durante los sismos. Lo primero que vi en la televisión después del terremoto, en el restaurante donde me dejaron cargar el celular, fue la imagen de una mujer en Morelos, con la mirada perdida, narrando cómo su casa se derrumbó enterrando a su hija y a su nieto que estaban parados bajo el quicio de la puerta.

Fui la peor porque tomé mi mochila y mi celular y salí corriendo del inmueble de casi cien años de antigüedad. Parados a la mitad de la pequeña calle en la colonia Guerrero vimos a los árboles sacudirse sobre nosotros, a los carros estacionados tambalearse hacia adelante y hacia atrás como si la inmensa mano de un niño invisible jugara con ellos. Había varios chilenos entre nosotros y se comportaban con tanta calma y naturalidad que nos dio vergüenza demostrar nuestro temor.

Los demás debieron esperar a que alguien, una autoridad que desconocíamos, le diera la orden a los vigilantes del edificio para permitir el paso, uno por uno y con mucho cuidado, para poder recoger sus cosas. Pero yo, la peor evacuante, pude retirarme y sólo pensaba en ir a comer a la fondita que estaba a dos cuadras para pasarme el susto. Cuando llegué ahí, el lugar no tenía luz y olía mucho a gas. Parecía que todo el mundo estaba en la calle. Hablaban en voz muy alta de un solo tema. El mismo y casi único del que seguiríamos hablando dos o tres semanas después.

Mis padres me avisaron que estaban bien justo antes de perder la señal del celular. Sin noticias de mi pareja, recordé el relato de mi padre sobre el sismo de 1985 y cómo había atravesado caminando la ciudad colapsada, igual que miles de personas, para asegurarse de que su gente querida estaba bien. Algo del recuerdo, porque todavía no alcanzaba a percibir la magnitud del evento, me hizo dirigir mis pasos hacia la oficina donde mi pareja a veces trabaja.

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La gente caminaba mirando hacia el cielo, hacia los edificios resquebrajados de 20 ó 30 pisos. Era lo que estaba debajo de nosotros lo que había ocasionado esto, pero había dejado de tener importancia. El peligro venía de arriba.

La oficina estaba a oscuras, el edificio desierto y con las puertas abiertas. Nadie me impidió el paso. Recorrí un par de pisos como sonámbula, sin entender mucho lo que hacía. Cuando salí, los vidrios de los altos ventanales del edificio de enfrente comenzaron a caer y a hacerse añicos en la calle. Decidí que era momento de ir a casa, pero no había forma de transportarme: el paso del Metrobús estaba bloqueado, las vialidades se encontraban colapsadas por el tráfico, la simple idea de meterme al Metro me daba terror. Ni siquiera el sistema de Ecobici estaba funcionando por los cortes de luz. Así que caminé hasta la colonia Del Valle, donde me topé con los edificios caídos en las calles de Gabriel Mancera y Escocia, a pocas cuadras de mi casa.

Ese día intenté ser útil en ese lugar, cargando cubetas llenas de escombros y consiguiendo pilas y herramientas, pero cuando se hizo de noche y la Marina tomó el control de la zona y la oferta de voluntarios era inmensa, decidí buscar otros puntos donde se necesitara ayuda. En las redes sociales no dejaban de aparecer reportes de nuevos derrumbes, pero cuando acudí a varios de ellos me di cuenta de que la inmensa mayoría eran falsas alarmas. Empezó a hacerse muy difícil confiar en las publicaciones de amigos y conocidos, pero los medios masivos de comunicación estaban aparentemente rebasados, en una especie de parálisis, y había muy pocas maneras de conseguir información verificada e inmediata.

Como a todos, me impresionó mucho la cantidad de personas que estaban intentando ayudar. Tuiteé: “Los millennials matamos todo, hasta su pinche teoría de que no nos importa nada más que nosotros mismos y nuestros celulares”. Pero fue quizás un gesto apresurado por la emoción. Días después me enteré de centros de acopio donde se robaron herramientas, comida y medicinas. Varios amigos fueron asaltados pocas horas luego del temblor. El edificio de una amiga se derrumbó; cuando días más tarde le permitieron entrar a lo que había sido su cuarto en el primer piso, se encontró con que le habían robado todos los objetos de valor.

Rescatistas, marinos o voluntarios, alguien se robó las cosas de alguien que había perdido su casa. No todos salimos a las calles, no todos ayudamos desinteresadamente.

Al día siguiente mi pareja logró cruzar una ciudad todavía más caótica que la que acostumbrábamos, un verdadero campo de guerra, para reunirnos. Pasamos horas intentando averiguar dónde se necesitaban nuestras manos, pero al momento que encontrábamos una publicación de Facebook o Twitter que requería ayuda en un punto, otra la contradecía.

Terminamos acudiendo a un centro de acopio repleto de voluntarios donde el afán de todos por ayudar sólo terminaba entorpeciendo las tareas. Pero encontramos algo que podíamos hacer. Ahí tenían tanta comida preparada que estaba echándose a perder, debían repartirla con urgencia a otros lugares donde se necesitara. Con los celulares en mano, logramos conseguir poco a poco contactos de personas que estuvieran en derrumbes o albergues y que podían confirmar de primera mano que recibirían la comida. Fuimos dirigiendo carros y carros repletos de sándwiches y fruta hasta zonas donde ningún tipo de ayuda había llegado aún.

Regresamos agotados e intentamos dormir, pero fue inútil. Un mensaje a la mitad de la noche me hizo recordar cuál era la cita inmediata a la que debía dirigirme minutos tras el sismo: Tenía que llegar a Manada, el programa de radio que conduzco con Ceredisae Herrera en la estación independiente de radio por internet NoFm, que se transmitiría en vivo, como todos los martes y jueves, a las 2:00 pm. Mi compañera me proponía realizar el programa ese jueves, a la hora habitual, para dar información sobre brigadas y necesidades en las zonas afectadas… Y así lo hicimos.

Durante días el cuartel de NoFm se volvió un refugio donde desde las 9:00 o 10:00 de la mañana y hasta pasada la medianoche se reunía gente para coordinar voluntarios, reunir víveres y acompañarse, pero sobre todo, para transmitir en vivo información verificada e inmediata. Nos cerciorábamos de tener contacto directo con alguien que se encontrara en el lugar donde la ayuda se ofrecía o se requería, e intentábamos armar puentes de comunicación entre solicitantes y voluntarios. Se había creado una conversación de Facebook con los 65 locutores de los distintos programas de la estación para verificar que todos se encontraran bien después del sismo. Esa fue la principal plataforma de enlace entre nosotros.

En el chat grupal compartíamos información urgente, la corroborábamos y la transmitíamos al aire. Se hacían relevos cada dos o tres horas en cabina. Varios de los locutores además organizaron brigadas ciclistas para mover la ayuda a donde se requiriera, se dedicaron a hacer y distribuir comida caliente, se lanzaron a reportear a los lugares afectados, abrieron su casa como refugio y ofrecieron terapia y masajes.

Por primera vez desde el temblor sentí que estaba haciendo algo de utilidad. De las entrevistas de esos días, la que más recuerdo fue la que hice a Pamela Ventura, una reportera independiente que cubrió el derrumbe del Colegio Rébsamen por 26 horas seguidas, y pudo contar de primera mano cómo la Marina había proporcionado a Televisa la información falsa que daría como resultado el show mediático que fue Frida Sofía, la inexistente niña atrapada bajo los escombros. Me impactó cómo dos chavas sin credenciales de ningún gran medio de comunicación estábamos haciendo periodismo.

Aún estando lejos del búnker de la estación seguíamos colaborando. Un día descubrí que había pasado casi 12 horas sin despegarme de la computadora, corroborando información, compartiéndola a mis compañeros en cabina, consiguiendo contactos y entrevistas con personas que se encontraban en lugares de derrumbes donde la situación distaba de ser clara. Pero también descubrí que había pasado todo ese tiempo sintiéndome un poco menos sola y un poco menos inútil.

No sé cuál fue la primera canción que pude escuchar luego del terremoto, pero la escuché en NoFm. La primera risa la solté por un chiste de alguno de los locutores. Recordé uno de los puntos que los jóvenes y la ciudadanía en general exigimos desde hace años sin respuesta: el de la democratización de los medios de comunicación. Me encontré con que no sólo en las calles habíamos tenido una respuesta más eficiente e inmediata que el Estado; también demostramos que podíamos hacer el trabajo de los canales oficiales de comunicación tanto o mejor que ellos.

De niña me enseñaron que sólo los periodistas de los grandes medios podían hacer la labor que nosotros realizamos esas semanas. Pero de niña también me enseñaron que en los temblores debía pararme bajo el quicio de la puerta.

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Ésta es la última crónica de una serie de ocho (más un par de poemas), recopiladas por Indira Cato, nuestra colaboradora, para compartirlas con los lectores de la agencia Apro y de proceso.com.mx. Los textos se han ido publicando uno cada día. La autora del presente trabajo, Martha Rodríguez Mega, tiene 26 años, es teatrera, escritora y twittera, como @viboradelamar.

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