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La derrota del dragón

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El primer alcalde catalanista de Barcelona, Bartomeu Robert, había nacido en México, hijo de un campechano y una exiliada del País Vasco, del pueblo de Pasajes. En 1899, el médico metido a político que había propuesto la separación de Cataluña del resto de la península española –“nuestra lengua, leyes, costumbres y teatro”– apoyó una huelga de banqueros. El fin del imperio en la guerra contra Estados Unidos en Cuba, se consideró un fracaso de Madrid. Los catalanes no iban a pagar por el desastre militar y, sobre todo, económico del centro. Contra toda prevención, Madrid le declaró la guerra a Cataluña. Pero, a diferencia de los vascos, el rompimiento nunca ha sido propio del catalanismo. Se reivindica, en cambio, el “seny”, una sabiduría prudente, un sentido común que confronta sin romper. Bartomeu renunció apenas siete meses después, para evitar el desembarco de tropas en su ciudad. Quedó como héroe y los catalanistas mandaron a Joseph Llimona erigirle una estatua, a su muerte, en 1902. La base, que sostiene a 18 personajes, fue esculpida por Antoni Gaudí para estar frente a la Universidad. Como sucede con muchas estatuas, su lugar cambió con los vientos políticos: Franco la escondió del ojo público por considerarla “radicalmente separatista” y hoy está en la Plaza Tetuán. La base hace referencia a las tres montañas catalanas, Montjuïc, Monserrat y Monseny, sobre las que conviven un campesino, un segador de la rebelión del siglo XVII, un abogado que enarbola las leyes antiguas de Cataluña, un obrero sin camisa, una Misericordia que ayuda a una niña huérfana, una madre con el escudo de armas medieval, que hoy es la bandera catalana.

Este primer catalanismo es romántico. Es el de la Lliga Regionalista de Prat de la Riba que ganó las elecciones locales de 1905 y casi todos los escaños federales, dos años después. El libro más célebre de Prat es La nacionalidad catalana, donde se propone la Mancomunidad, es decir, una salida negociada al rompimiento con España: que Cataluña administre la educación, los hospitales, las finanzas, el transporte y la cultura. Este modelo es el que, con cambios, alimentó a las actuales “autonomías” pero la idea subyacente es la que el propio Gaudí escribió: “El gobierno central pasa de la violencia a la tacañería. Su arte va del didactismo retórico al naturalismo abyecto. Sus negocios oscilan entre el monopolio y la usura. Nunca podremos unirnos con ellos”. Para Gaudí, la única España es Cataluña, es decir, su pasado romano como Hispania Citerior o Tarraconense. La otra, la de Castilla y Aragón, está “contaminada” por la larga ocupación árabe y, en todo caso, es “ulterior”. En la aventura por distinguirse, este catalanismo romántico recurre a Richard Wagner y sus obras –Parsifal y Lohengrin– donde supuestamente el Santo Grial –la copa de Cristo– está en un lugar mítico llamado Monsalvat, que los catalanistas asumen que es Monserrat. Cuando construye el Parque Güell, en Barcelona, Gaudí está seguro que el camino romano hacia Tarragona pasa por debajo. En sus reptiles de cerámica y sus arcos que conducen a grutas, Salvador Dalí y Joan Miró no verán sino sueños, primitivismo, inconsciente freudiano. Es así que el catalanismo de Gaudí devino surrealismo y, más tarde, en los años sesenta, psicodelia. Pero, en realidad, Gaudí estaba pensando en Sant Jordi matando al dragón, en los reyes francos de la Edad Media, en el origen romano de Cataluña. De sus dos obras maestras de la arquitectura, La Pedrera y la Casa Batlló, el novelista Evelyn Waugh dirá: “Los catalanes están tan obsesionados con domar a los dragones, que hasta les construyen casas”.

Pero es La Sagrada Familia, el proyecto inacabado de Gaudí, el más radical de los catalanismos: el catolicismo recalcitrante que reivindica lo mismo la infalibilidad del Papa Pío IX, que el ascetismo de los monasterios, y una idea de la cultura como algo que es de la autoría de un autócrata, como un gobierno antidemocrático. Escribe Gaudí: “El hombre que está al frente nunca debe intervenir en discusiones, porque el debate le hace perder autoridad. Tener una discusión no arroja ninguna luz. El arquitecto es como el gobernante: no encuentra la constitución hecha, sino que la construye él mismo. De ahí que la gente llame a los gobernantes, arquitectos de pueblos”. Como cualquier país, La Sagrada Familia quedó inconclusa y Gaudí alcanzó a ver tan sólo una de sus torres. El 7 de junio de 1926, a las once de la mañana, un anciano con la ropa raída, capucha, y sin dientes, trató de cruzar la Gran Vía a la altura de la calle Bailén. Fue atropellado por un tranvía de la línea 30 y llevado con vida al Hospital de San Pablo. Tomado por un mendigo, se le preguntó su nombre. Él respondió: “Antoni Gaudí i Cornet”. Era el genio de la arquitectura de Barcelona, diezmado por su dieta ascética, dormir en un camastro rodeado de pedacería de vidrios de colores, cerámicas, conchas de mar, y frustrado por no poder construir una Barcelona lo suficientemente catalana. A unos días de cumplir 74 años, Gaudí murió en el hospital público, célibe. A su procesión funeraria asistieron más de 20 mil personas. Justo 10 años después, una multitud anticlerical y republicana irrumpió en La Sagrada Familia para extraer los restos de los ricos textileros y banqueros ahí enterrados. A pesar del relato de Dalí, el arquitecto que se reivindicaba artesano fue respetado.

Esa es precisamente la otra vertiente del catalanismo, la del anarquismo obrero. Como el romántico, su origen –¿cuál no lo es? – es un tanto fantasioso. Proviene de la anti-tesis de la prudencia, del “seny”, y que llaman “rauxa”, es decir, arranque pasional. Hay que decir que Cataluña tuvo la primera carta de derechos de Europa, en el siglo XII, que hizo que, al menos en la letra de la ley, un aldeano y un terrateniente fueran iguales ante un juez. Ese pacto trajo consigo todas las luchas de los campesinos contra los aristócratas durante el siglo XV que, tras los amagos de guerra civil, se presentaban como pleitos judiciales. En 1910 se forma la central obrera, la CNT, anarquista. Su origen tiene que ver con una decisión arbitraria de los mineros de Madrid. En 1909 mandan reclutar a los pobres de Barcelona para recuperar una mina de hierro cerca de Melilla. La revuelta contra esa guerra particular de la familia de los aristócratas Romanoes, en especial del castizo Álvaro Figueroa y Torres, comienza una larga etapa de organización obrera. Los anarquistas pasan a la clandestinidad durante la dictadura de Primo de Rivera pero siguen creciendo hasta ser casi medio millón de sindicalizados. Durante la Guerra Civil, son los que formarán los Comités de Defensa, tanto contra la invasión de Franco a la República, como contra los socialistas. De ahí viene ese imaginario del anarquista catalán que pone bombas –muchas de ellas eran plantadas por los que querían desprestigiar sus luchas– y profana iglesias y tumbas, aunque nunca la de Gaudí.

Este catalanismo hereje y plebeyo viene a cuento ahora con la “rauxa” de la separación de España. Cataluña ha sobrevivido gracias a su “seny” y su idea más bien legal del conflicto. No veo al Sant Jordi empuñando una lanza contra el dragón del Partido Popular y del Partido Socialista Obrero al que ya sólo le queda lo Español. Por eso, supongo, que duele la acusación del centro de que su referéndum independentista sea tachado, sin más, de ilegal y reprimido con brutalidad por la policía antimotines. Fueron los pactos entre catalanes, más que la unión a la monarquía castellana o los exabruptos revolucionarios, lo que funcionó. Al menos, hasta ahora. Habrá que ver si el amor a lo propio no se pervierte en odio a los demás. Deseo que el periodista catalán Oriol Malló tenga razón cuando dice que la derrota legal de Cataluña será una victoria moral y cultural que exhibirá hasta qué punto la democracia española es un consenso ibérico a la fuerza que sobrevivió de las promesas incumplidas de la transición y del ser parte de Europa. Un dragón derrotado sin lanza alguna.

Esta columna se publicó el 8 de octubre de 2017 en la edición 2136 de la revista Proceso.

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