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Somalia: atentados de primera y de segunda

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El 14 de octubre Mogadiscio, la capital de Somalia, sufrió un doble atentado de proporciones monstruosas. El balance oficial sumaba 327 muertos, pero la cifra seguía aumentando debido a la gravedad de los heridos cuyo número se acercó a 400. Las imágenes mostraban una amplia área de devastación con cráteres, edificios derrumbados y vehículos calcinados.

Somalia, uno de los países más pobres de África y del mundo, plagada de guerras, conflictos étnicos y religiosos, hambrunas y epidemias, y con un Estado que no acaba de consolidarse y tiene instituciones precarias, se vio rebasado y tuvo que apelar a la ayuda internacional, principalmente de aliados como Turquía y Qatar, pero también de algunas naciones europeas, para enfrentar la contingencia.

Como suele suceder en estos casos, la comunidad internacional condenó los ataques, empezando por Naciones Unidas y la Unión Africana, pero también por la Unión Europea y Estados Unidos, que los calificó de “cobardes”. Todos expresaron sus condolencias al presidente Mohamed Abdullahi Mohamed y lo instaron a no bajar la guardia ante el terrorismo.

Aunque en la siguiente semana ningún grupo reivindicó los atentados, locales y foráneos dieron por hecho que era obra de Al Shabab, la guerrilla islamista que opera en el país desde hace diez años y en 2012 manifestó su adhesión a la red de Al Qaeda. Expulsados de los centros urbanos, sus aproximadamente 8 mil combatientes se han caracterizado por realizar ataques con explosivos o asaltos armados contra comunidades o instalaciones estratégicas.

Este accionar ha sembrado el terror y la muerte en Somalia. Pero también se ha extendido a la vecina Kenia, donde en 2013 Al Shabab reivindicó el ataque al centro comercial Westgate de Nairobi (72 muertos y 200 heridos); y en 2015 el asalto a la Universidad de Garissa, donde murieron 143 estudiantes. En esta ocasión, sin embargo, ha guardado silencio, pero el miércoles 18 se filtró una versión de que el atentado podría deberse a la venganza personal de un exsoldado del ejército somalí.

Según ésta, durante el verano tropas gubernamentales y fuerzas especiales de Estados Unidos atacaron la aldea natal del soldado, matando a diez civiles, entre ellos tres niños, por lo que los líderes tribales prometieron venganza. Pero ante el aumento de la presencia militar estadunidense en Somalia desde que asumió Donald Trump, Al Shabab también anunció que intensificaría sus acciones.

Para los expertos, sólo el grupo terrorista tiene la capacidad de organizar un atentado como el del día 14, aunque no descartan adhesiones por motivos familiares o comunitarios. Como quiera que haya sido, se trató del mayor ataque que Somalia haya sufrido en su historia y el más mortífero en el mundo, en lo que va del año.

Ante lo que calificaron como su propio 11-S (en alusión a los atentados de septiembre de 2001 en Estados Unidos), miles de somalíes, sobre todo jóvenes, se lanzaron a las calles para protestar contra la violencia terrorista que azota su nación, y preguntaron abiertamente por qué cuando hay un atentado en Mogadiscio no se le presta la misma atención que cuando ocurre en Londres, París, Barcelona o Nueva York.

Y es que a los dos días el tema había casi desaparecido de los noticieros, tal vez debido a un nuevo atentado en Afganistán que había cobrado 74 víctimas.

Haciendo a un lado los intereses de los centros del poder global, que requerirían de todo un tratado aparte, es verdad que los medios masivos de comunicación no le dan el mismo despliegue informativo a los atentados que ocurren precisamente en esos centros, que a los que suceden en la perifera.

Y es que los medios y sus audiencias tienden a interesarse más en lo que les es conocido y cercano, que en lo desconocido y lejano. Claro, eso depende de dónde esté parado cada quien. Pero lo cierto es que los grandes divulgadores de noticias en el mundo son occidentales y, como tales, suelen difundir su visión en función de cómo los acontecimientos los afectan a ellos y su entorno. Y México se encuentra dentro de esta órbita occidental.

La diferencia en cómo se abordan en las noticias internacionales los atentados, especialmente los de corte islamista, no es trivial. Para empezar, porque al resaltar los que ocurren fuera del ámbito musulmán, particularmente en el Occidente cristiano, crean la percepción de que un Islam indeterminado está al acecho para atacar a todos aquellos que considera “infieles” y acabar con su civilización.

Al contrario, al minimizar los atentados que se dan en países de mayoría musulmana o de otras denominaciones religiosas no cristianas, sobre todo en zonas de conflicto, parecería como si se tratara de algo “normal”, sin tomar en cuenta que la gran mayoría no sólo no está de acuerdo con estos métodos violentos, sino es víctima de ellos.

Si nos preguntan sobre atentados ocurridos en este año, seguramente recordaremos el atropello ocurrido en las Ramblas de Barcelona, que dejó 17 muertos. O el bombazo en el concierto de Ariana Grande en Manchester y los atropellamientos en los puentes de Westminster y Londres, que en conjunto cobraron una treintena de víctimas. Quizás algunos ataques contra policías y militares en Francia, y tal vez un tiroteo en un centro islámico de Canadá, que acabó con seis vidas.

Pero éstos son sólo un porcentaje ínfimo de los casi 600 ataques de corte terrorista y sus más de 5 mil víctimas que han ocurrido hasta este octubre de 2017. Las cifras pueden variar en función de la fuente, de qué se considere un acto terrorista, de atentados fallidos e incidentes aislados; pero un recuento conjunto del Global Terrorism Index, el Country Reports on Terrorism, Google y Wikipedia, arroja más o menos ese balance.

Con la aclaración de que no se consideran los ataques realizados por fuerzas gubernamentales contra la población civil –esos ya entrarían en la categoría de terrorismo de Estado– la mayoría, efectivamente, se ha dado en países de mayoría musulmana, donde grupos radicalizados autóctonos tratan, en guerra abierta o no, de imponer su muy particular versión del Islam.

Tan sólo en Somalia, para volver al principio, se han contado este año 37 ataques, que han cobrado 392 víctimas mortales, sin contar las 327 de los atentados del fin de semana pasado. Prácticamente todos son atribuidos a Al Shabab.

En la cercana Nigeria, donde domina el grupo Boko Haram, se han contabilizado 39 atentados con 356 muertos, y eso sin contar las muertes selectivas no reportadas y los secuestros masivos como el de las niñas de Chibok.

Irak, donde operan el Estado Islámico (EI) y remanentes de Al Qaeda (AQ), es el que presenta el mayor número de atentados: 75 hasta ahora, con un saldo de 747 muertes. Muchos de estos ataques fueron dirigidos contra fuerzas de seguridad iraquíes, pero otros contra la población civil, como el ocurrido en septiembre en la provincia de Diqar, que causó 83 muertos y 90 heridos.

En Afganistán, el feudo de los talibanes, pero donde también actúan el EI y AQ, el número de ataques fue menor (47), pero mayor el de muertes (832). Ello se debe a que varios atentados han sido masivos, como el de abril contra el Ejército Nacional Afgano, que dejó 256 soldados muertos y 160 heridos; o el de junio contra la embajada de Alemania en Kabul, que se saldó con 150 muertos y 460 heridos. Y eso sin contar el triple ataque del 17 de octubre, que agregó otros 74 muertos a la lista.

En Siria, donde los combates son más abiertos y aparte del EI operan una miríada de grupos, los atentados han sido menos numerosos (32), pero las víctimas fatales superan las 700. Desde luego, estas cifras no incluyen las bajas causadas por las fuerzas gubernamentales, la aviación rusa o la coalición encabezada por Estados Unidos.

Finalmente en Pakistán, donde no hay una guerra declarada pero también se enfrentan fracciones del EI, AQ y grupos islamistas locales, las cuentas arrojan 36 ataques terroristas con casi 300 muertos. Tan sólo un atentado perpetrado en febrero contra una mezquita de la ciudad de Schwan provocó 90 muertos y 300 heridos.

Estos son los seis países más castigados en números, pero pisándoles los talones con decenas de atentados y centenas de víctimas están Egipto, Turquía, Yemen, Filipinas, India y un largo etcétera de naciones en el Medio Oriente, el Sudeste Asiático y África, hasta sumar 52.

Llamativamente Indonesia, el país con mayor número de musulmanes, apenas si aparece. Y también se registran numerosos ataques de grupos que nada tienen que ver con el Islam, como anarquistas, comunistas, neonazis, separatistas y otros que reivindican causas muy puntuales.

Es imposible cubrirlos noticiosamente a todos y resulta inevitable que se resalten los casos con más víctimas e implicaciones políticas. Pero tal vez un mayor balance en el énfasis que se pone a los que ocurren en Occidente y los del resto del mundo, eliminaría la percepción de que hay atentados de primera y de segunda.

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