Cineastas mexicanos con el público francés

Durante una semana se efectuaron los Encuentros Cinematográficos Viva México en París. La concurrencia siguió con esmerada atención los soportes de una producción volcada a ofrecer la realidad sin concesiones. Nuestra cronista recogió tres momentos de intensa intercomunicación: los propiciados por dos de los seis jóvenes cortometristas de La danza de las fieras, Alayde Castro Hernández y Miguel Ángel Fernández; María Novaro al presentar Tesoros; y la productora Mónica Lozano luego de proyectar La cuarta compañía.

PARÍS (Proceso).– Se prende la luz. Nadie se mueve en la sala. Nadie habla tampoco. El shock emocional es obvio. Jean-Christophe Berjon se acerca de la pantalla ahora blanca, con su micrófono en la mano.

“Bueno, dice mirando al público estático… No es fácil abrir el debate…”

Intenta gastar una broma para relajar a los espectadores que acaban de asistir a la proyección de La danza de las fieras. En vano.

Es el sábado 7, tercer día de la quinta edición de los Encuentros Cinematográficos Viva México. Los parisinos que se levantaron temprano para estar a los 11 de la mañana en punto en el cine Luminor, sede de la muestra, se notan algo aturdidos.

“Esa película aún no se estrena en México y su exhibición en París es una premiére internacional”, comenta entusiasta Berjon, programador de Viva México, en su afán por levantar la moral de la asistencia.

Luego cuenta la historia de ese filme de 208 minutos que consta de seis cortometrajes filmados por seis realizadores distintos –cinco de ellos muy jóvenes– y busca crear consciencia sobre la trata de personas entre los adolescentes y sus padres. La película se hizo a iniciativa de la ONG mexicana Educadores sin Fronteras y se prevé su difusión en escuelas y centros culturales de toda la República.

Columba Vértiz, quien asistió a una proyección privada del filme en México, lo reseño ampliamente a finales de julio (Proceso, 2125).

A solicitud de Berjon se acercan cuatro de los integrantes del “equipo” de La danza de las fieras: Silvia Garza (directora de Educadores sin Fronteras y productora ejecutiva de la película), Martha Fernández (coproductora) y dos realizadores, Alayde Castro Hernández (autora de Followback, el primer cortometraje) y Miguel Ángel Fernández (quien firma el segundo, titulado Desechables).

Alayde, enérgica y talentosa española de 25 años que radica en México y se desempeñó también como directora artística de La danza de las fieras, logró hacer una verdadera proeza técnica al usar exclusivamente su celular para filmar su corto de 15 minutos. El filme cuenta la historia de una chica víctima del crimen organizado que despliega estrategias perversas en las redes sociales. La adolescente, engañada por mensajes electrónicos, acaba secuestrada, violada y exhibida en páginas web pornográficas.

“Me basé exclusivamente en hechos reales, no inventé nada –insiste la cineasta ante el público impresionado por la gravedad del problema–. Trabajé con expertos. Entrevisté a víctimas, a sus familiares. Cuidé ser rigurosa y eliminé toda imagen morbosa. Siempre tuve en mente que nuestra meta es alertar a jóvenes y adultos y obligarlos a encarar ese peligro.”

Se arma el debate sobre el número de víctimas, la ineficiencia de la lucha oficial contra esa plaga, la impunidad que “gangrena a México”, y también sobre  los problemas técnicos que plantea una filmación con celular. Se anima la sala.

Toma la palabra Miguel Ángel Fernández, cuyo cortometraje toca el tema de los adolescentes secuestrados y convertidos en sicarios por los narcotraficantes.

Cuenta el joven realizador:

“Soy oriundo de Guerrero, mi familia vive en una zona flagelada por el narco. Hace tres años mi tío fue secuestrado y pasó tres meses en una cueva mientras mi familia juntaba dinero para el rescate. Había otros secuestrados y todos estaban custodiados por centinelas que tenían entre catorce y dieciseis años”. victimas del crimen organizado, insiste María Novaro que presentó  Tesoros, su película más reciente que aun no se estrana en México.

Murmullos del público.

“Mi tío se ganó la confianza de su centinela y éste le confesó que no quería ser sicario –sigue narrando Fernández–. Los narcos lo habían reclutado supuestamente para sembrar mariguana, pero en realidad lo engañaron. El chavo se veía atormentado, según mi tío. Había otros centinelas que en cambio ya estaban muy metidos en la violencia, sin distancia con ella. Me basé en el testimonio de mi familiar para construir mis dos personajes principales: Martín, el ’bueno’, y su primo Chani, el ‘malo’. Me inspiré también en el caso de un chavo de catorce años que confesó haber matado a diez personas. Fue un caso tristemente famoso en México.”

Emoción de los asistentes.

“En realidad no hay ‘buenos y malos’, sólo hay chavos víctimas del crimen organizado”, insiste.

Aprobación entre los espectadores.

El guión de Desechables es implacable: Martín intenta escaparse del lugar retirado donde viven escondidos los narcos. Cuenta con la ayuda de su primo Chani, pero fracasa la fuga y el capo condena a Martín a ejecutar a Chani. Las últimas imágenes del corto son estremecedoras: Martín tiene la mirada fija en el rostro desfigurado por el terror de su primo. El chamaco vacila pero acaba disparando.

Un espectador indaga sobre las condiciones de la filmación. Miguel Ángel Fernández da detalles y concluye:

“Esa última escena fue difícil de realizar. Ángel Alvarado, quien interpreta a Martín, se desmayó durante la primera toma. Nos asustamos todos.  La segunda toma fue la buena. Menos mal…”

Nuevos murmullos en la sala.

Sigue la plática con el equipo de La danza de las fieras. Los dos cineastas acaban reconociendo que nadie salió “intacto” del rodaje y, en el caso de Miguel Ángel, del montaje de la película.

María Novaro

Esa convivencia de actores, realizadores o productores mexicanos con el público parisino en la intimidad del cine Luminor se dio después en cada una de las cuatro y a veces cinco películas que Viva México programa diariamente, y es sin duda uno de los mayores logros de la muestra.

Además de permitir ahondar en las problemáticas específicas del cine azteca –financiación difícil, poco interés de las compañías de distribución por el “cine de autor”, competencia de las producciones estadunidenses–, estas charlas informales arrojaron una luz a menudo cruda sobre la situación política y social de México.

Fue lo que pasó en el debate que sostuvieron Alayde Castro Hernández y Miguel Ángel Fernández con los espectadores de La danza de las fieras. Y lo mismo ocurrió de manera totalmente sorpresiva con María Novaro, que el 6 de octubre presentó Tesoros, un largometraje de ficción que la realizadora acaba de terminar y que al igual que La danza de las fieras aún no se estrena en México.

Tesoros es una película para niños y adultos con alma de niños, poética, y llena de humor, filmada en Barra de Potosí, Guerrero. Cuenta la historia de   tres hermanos güeritos que llegan de la ciudad con sus padres para vivir en ese tranquilo puerto de pescadores. Les toca aprender a convivir con los niños morenitos del lugar y lo logran gracias a la búsqueda de un tesoro supuestamente escondido en la región por el famoso pirata Francis Drake a finales del siglo XVI.

Poco a poco los güeritos descubren, valoran y respetan la belleza de la naturaleza que los rodea. María Novaro dejó mucha libertad a su grupito de actores infantiles, cuya espontaneidad ilumina la película.

La realizadora sonríe un tanto perpleja cuando el público agradece esa bocanada de aire puro que su cinta permite tomar entre obras tan sobrecogedoras como La libertad del Diablo, de Everardo González –una serie de entrevistas de víctimas y verdugos del narcotráfico que hablan de cara a la cámara con el rostro tapado por una máscara blanca, y La cuarta compañía, filme violento de Amir Galván Cervera y Mitzi Vanessa Arreola basado en los expedientes judiciales de El Negro Durazo, exjefe de la policía de la capital mexicana. La película denuncia la corrupción y el fenómeno del autogobierno que prevalecían en las cárceles de los años setenta y siguen vigentes hoy.

“Sí, es cierto –dice Novaro–, busqué enseñar la belleza de esa costa  nuestra del Pacífico a través de miradas infantiles, sin embargo debo ser honesta y no puedo dejar de  contar en qué condiciones filmé esa película.”

Sorpresa general.

Narra entonces:

“Acabábamos de llegar a Barra de Potosí y decidimos ir a ver una locación que estaba un poco alejada. Nos fuimos en dos coches. Todo estuvo bien. Nos gustaron los lugares que vimos y nos regresamos. Pero sólo llegó el coche en el que yo viajaba con parte del equipo. El otro, con dos jóvenes a bordo, no apareció. Pasamos horas angustiados. Finalmente llegaron a las 3 de la mañana. Habían sido secuestrados por quien realmente gobierna esa región de Guerrero en la que nos encontrábamos.”

–¿A quién se refiere? –pregunta alguien.

–Al líder del cártel que controla esa zona. No maltrató a los muchachos, pero les explicó que no se podía filmar sin su autorización y exigió hablar con   un responsable del equipo. Secuestrar a dos personas para establecer canales de comunicación es la cosa más normal del mundo para ese tipo de personajes. Además es una manera muy directa de afirmar su poder absoluto.

–¿Y que pasó luego? –interroga otro espectador.

–Pues se platicó con el señor. Estaba al tanto de todo. Al igual que toda la comunidad de Barra de Potosí, conocía el guion de la película que, según afirmó, le encantaba. Pero exigió nuestro plan de trabajo. Quería saber dónde íbamos a estar a lo largo de nuestras cinco semanas de rodaje, minuto por minuto. En pocas palabras, y de manera muy transparente, nos explicó que su agenda de “trabajo” no podía ser perturbada por la nuestra. Debíamos apegarnos  a sus “obligaciones profesionales”  y a cambio nos garantizó protección.

En entrevista con la corresponsal, María Novaro dice:

“No puedo ser más explícita sobre los contactos que se establecieron con ese señor, pero todo me pareció alucinante. No nos pidió dinero e insistió en que le encantaba nuestro proyecto de realzar la belleza de “su” tierra y de “su” gente. Y se dijo además entusiasmado por el hecho de que los protagonistas fueran niños. ‘No se preocupe, aseguró, no les va a pasar nada a las mamás y a los chamacos’.”

Y cuando se le pregunta quiénes se encargaban de proteger el equipo de filmación, la realizadora confía aún incrédula:

“Se turnaban patrullas de la Policía Municipal, del estado de Guerrero y de la Policía Federal. Cada mañana llegaban unas u otras, nos saludaban los agentes con cierta insistencia y cumplían con su misión de protección… En toda mi vida de cineasta nunca viví una situación similar. Sé que el Estado mexicano es un Estado fallido, corrupto, que ya no ofrece nada a nadie. Pero experimentar esa realidad en forma tan concreta y directa me sacudió, y considero que es mi deber dar testimonio de esa experiencia. No debemos cegarnos. Esa es nuestra realidad”.

Después de unos segundos de reflexión agrega:

“Semanas antes de empezar la filmación había pedido protección a los gobiernos de los municipios  de Zihuatanejo y Petatlán, pero sólo me había topado con respuestas vagas. ‘No se preocupe, me decían, ya habrá protección’. Pues sí la hubo, pero no fue la oficial. Nos la brindó la verdadera autoridad de la zona…”

La plática que sostuvo Mónica Lozano, productora de La cuarta compaña con el público del Luminor el domingo 8, tarde por la noche, después de la proyección de la cinta, también desembocó en la “angustiante complejidad del sistema político mexicano”.

Tras tocar el tema de la corrupción, el debate enfoca hacia el de la censura en México.

–¿Como es posible filmar un retrato tan violento del sistema carcelario mexicano en el mismo reclusorio de Santa Martha Atitla y con presos del lugar? pregunta alguien.

Contesta Mónica Lozano:

–No dimos muchos detalles sobre el guión de la película a las autoridades –dice–. Les bastó saber que enfocábamos la situación que prevalecía en los años setenta y no se les ocurrió pensar que se podía establecer un paralelismo entre lo que pasaba entonces y lo que pasa hoy.

–En Egipto sería imposible hacer una película como ésta, y menos aun distribuirla –recalca otro.

–Los gobiernos que se suceden en el poder en México saben que censurar una película es contra-produciente. En 2002, en víspera de la llegada del Papa a México, grupos ultraconservadores intentaron impedir la difusión de El crimen del Padre Amaro, de Carlos Carrera. El filme se convirtió en el más taquillero del año con 5 millones de entradas.

“Por lo tanto el poder actúa de manera mucho más socavada limitando el acceso del filme a ciertas ciudades, a ciertos circuitos, a ciertas pantallas. Sobran estrategias para impedir que una película tenga una difusión masiva. No es muy difícil en un país como el mío en el que las majors estadunidenses dominan la distribución cinematográfica.”

–¿Se verá o no se verá La cuarta compañía en México? –insiste la corresponsal.

–Presentamos la película a las principales distribuidoras del país. Ninguna manifestó interés… Estamos platicando con Cinépolis para una posible distribución de la película en marzo de 2018. Vamos a ver lo que se logra. De todos modos ya firmamos con Netflix, y la película tendrá una amplísima difusión mundial…”

Risas y aplausos.

Esta crónica se publicó el 15 de octubre de 2017 en la edición 2137 de la revista Proceso.

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