“El Yugo Zeta” en Coahuila: control de penales, secuestros, matanzas, quema de cuerpos…

El incierto destino de la Casa de Cultura San Rafael

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La Casa de Cultura San Rafael, en la Ciudad de México, fue uno de los numerosos inmuebles que se dañó como consecuencia del terremoto del pasado 19 de septiembre. Sin ningún protagonismo cultural desde su apertura en 2008, la Casa adquirió una presencia notoria a raíz de que el pintor Antonio Ortiz (El Gritón), asumió su dirección en enero de 2016.

Además de una pequeñísima cineteca, eventos musicales, presentaciones de libros, talleres de gráfica y clases de dibujo y pintura, las exposiciones de artes visuales se impusieron como una de sus principales actividades. Abiertas para creadores con trayectoria –la mayoría, autores que dominaron la escena en la pasada década de los años ochenta como Gabriel Macotela, Eloy Tarsicio, Roberto Turnbull–, jóvenes emergentes y curadores interesados en rebasar las limitantes museísticas, las muestras se convirtieron en una dinámica alternativa de promoción artística a pesar tanto de la modestia del espacio, como de la falta de presupuesto para su producción.

Ubicada en una pequeña y muy deteriorada casona construida a principios del siglo XX, la Casa de Cultura San Rafael ya exigía, aun antes del sismo, una evaluación del estado de sus instalaciones, una revisión de la función social del modelo casa de cultura, y una reestructuración de su administración. Si las actividades culturales fortalecen la convivialidad de la comunidad, y las exhibiciones promueven la identidad cultural de la colonia en el contexto del escenario artístico de la Ciudad de México, ¿es adecuado que el jefe de la delegación Cuauhtemoc, Ricardo Monreal, no haya asignado un presupuesto para el mantenimiento de las instalaciones y la producción de las actividades? Con base en declaraciones de El Gritón, las exposiciones siempre fueron financiadas por los artistas o por él mismo.

Cerrada a raíz del sismo, la Casa de Cultura encontró asilo en el Museo de Historia de Tlalpan –un recinto que ni es museo ni contiene información sobre el lugar– para presentar una exhibición que, si bien está totalmente desarticulada en su narrativa curatorial y no destaca por la calidad de la mayoría de las obras expuestas –entre las mejores, las acuarelas abstractas intervenidas con gestos dibujísticos de Taka Fernández y el paisaje pictórico de El Gritón–, adquiere sentido como un acto de artistas-amigos que se reúnen para manifestarse como comunidad y sociedad.

Organizada gracias a la solidaridad de artistas que han construido plataformas donde se congregan Néstor Quiñones de la Quiñonera o Manolo Garibay de Espectro Electromagnético o creadores individuales como Iván Edeza y César Martínez, la exhibición Los Amigos agrupa a 43 autores de diferentes generaciones y trayectorias que no sólo aceptaron participar sino, también, solicitar a través de la exposición un donativo económico para la reconstrucción de las comunidades indígenas vinculadas con el Congreso Nacional Indígena y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Una abierta postura política que, al margen de las preferencias, actualmente no es común entre los artistas.

El destino de la Casa es incierto, así como el último mural que se realizó ahí en septiembre, en una de las paredes que da al patio, obra de Marco Arce.

Comentarios