“El Yugo Zeta” en Coahuila: control de penales, secuestros, matanzas, quema de cuerpos…

Sinaloa: Aquí ya es un lujo que te maten y te tiren en la calle

CULIACÁN, Sin. (Proceso).- La presidenta de la organización Voces Unidas por la Vida, Alma Rosa Rojo Medina, asegura que en el estado no tienen freno los homicidios ni las desapariciones, sobre todo los casos relacionados con la lucha de los cárteles por la plaza más emblemática para los narcotraficantes, ni los ligados a la “guerra contra el crimen organizado” declarada por Felipe Calderón y que mantiene el actual mandatario, Enrique Peña Nieto.

“Aquí la violencia no para. Nomás de enero para acá van más de mil 300 ejecuciones y no sabemos cuántas desapariciones. Creo que el gobierno y la delincuencia son lo mismo, porque si realmente existiera un gobierno no habría desapariciones”, dice la defensora que busca a su hermano Miguel Ángel desde el 9 de junio de 2009.

Para Rojo Medina no basta con ver las cifras oficiales, pues éstas deben multiplicarse “por dos o por tres, porque en cada hecho violento hay cuatro o cinco víctimas. Si en cada caso no hay más que una denuncia, es por miedo o amenazas”.

Hasta el 31 de julio, el Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas (RNPED), dependiente de la Secretaría de Gobernación (Segob), contabiliza dos mil 852 casos.

Aunque Voces Unidas por la Vida se creó en 2010, Alma Rosa y las personas que la acompañan decidieron apenas hace tres años armarse con palas para buscar a sus familiares, “porque nadie lo hace”.

Entrevistada en las oficinas de la organización no gubernamental Comisión Ciudadana de Derechos Humanos de Sinaloa, Alma Rosa señala que muchas de las 45 familias que integran Voces Unidas buscan a víctimas de desaparición forzada.

“En la mayoría de los casos (de desaparición) participan policías municipales, estatales y ministeriales. Todas las autoridades aquí están coludidas”, asegura.

Las amenazas no la doblan

Por sus propios medios, Voces Unidas ha localizado 43 cuerpos, 12 de ellos ya identificados, “y muchísimos restos calcinados que no se sabe a cuántas personas correspondan”.

La activista explica que en mayo “solicitamos que viniera personal de la División Científica de la Policía Federal, quienes tomaron 783 muestras durante una semana en Culiacán, Los Mochis, Guasave, El Fuerte, Guamúchil, Mazatlán, Rosario y en Concordia. Sabemos que falta más gente porque, por miedo, muchos no se dejan tomar muestras de ADN”.

Rojo Medina asegura haber recibido amenazas de muerte por buscar a víctimas en territorios en disputa. A ella y a sus compañeras sólo las impulsa el deseo de encontrar a sus familiares o “aunque sea un resto” de ellos. Quieren y necesitan saber qué pasó con sus seres queridos, porque la justicia y el castigo a los culpables, dice, no les van a devolver a los suyos.

Convocados por Rojo Medina, integrantes de Voces Unidas por la Vida, entre quienes predominan mujeres, cuentan a Proceso sus historias ligadas a la violencia que se padece en Sinaloa.

En los casos de Ramón Alberto Jiménez Valenzuela y de Pedro Ventura Quevedo, desaparecidos el 6 de junio de 2012 y el 20 de octubre de 2013, respectivamente, sus madres Antonia Valenzuela y María Angélica Quevedo señalan a policías ministeriales como los responsables. Ellas sostienen sus denuncias con base en testimonios de personas que presenciaron las detenciones. Ambos casos, se supone, son investigados por la Fiscalía Especializada de Búsqueda de Personas Desaparecidas (FEBPD) de la Procuraduría General de la República (PGR).

Antonia Valenzuela y su esposo, Guadalupe Jiménez, cuentan a este semanario que unos policías ministeriales acudieron a la fábrica en la que trabajaba su hijo Alberto, mostraron su placa al personal de vigilancia, “lo sacaron del lugar y también se llevaron el vehículo en el que se transportaba y que, en días pasados, había prestado a un compañero de trabajo que más tarde fue asesinado”.

“Cuando nos avisaron que mi hijo había sido detenido por ministeriales lo buscamos por todas partes; nos dijeron que antes de poner una denuncia por desaparición teníamos que esperar 72 horas por si lo habían presentado ante un juez”, recuerda Antonia.

Continúa: “Esos ministeriales nunca lo presentaron, negaron haberlo arrestado. La autoridad tampoco solicitó los videos de la empresa ni tomaron los testimonios de los trabajadores que presenciaron la detención”.

Búsqueda en tiraderos

María Angélica Quevedo también denuncia anomalías en el caso de su hijo Pedro. Revela que debido a su desesperación ha recurrido a supuestas videntes y se ha “disfrazado de hombre” para averiguar quién se lo llevó.

“Cada vez que salgo a buscarlo rezo y le digo a mi hijo que si ya no está vivo, me dé una señal en un sueño o que se mueva algo para que yo ya no esté con esta carcoma de no saber si está muerto, porque estar con esa duda no es vida”, refiere entre sollozos.

Esa misma preocupación que lo consume todo también la sufren Filiberto Lozoya y Micaela González, padres de Jesús Antonio y Christian, respectivamente. Ambos fueron detenidos el 27 de noviembre de 2012 en diversos operativos realizados por hombres armados y embozados que se movían en patrullas.

“Ese día detuvieron a cinco jóvenes en la colonia; a uno de ellos lo soltaron y fue quien nos avisó y dijo que parecían federales. Ese muchacho nunca fue interrogado y cuando insistimos en que se le investigara ya se había ido de Culiacán. La autoridad tampoco revisó la sabana de llamadas telefónicas y sólo nos encargó buscar los videos de cámaras de vigilancia”, dice Micaela.

Pese a la insistencia de los padres, el desdén de las autoridades estatales fue tal que mejor les recomendaron buscar a sus hijos en los tiraderos de cadáveres; les dijeron que fueran “a los sitios donde les gusta a los delincuentes tirar cuerpos”, relata Filiberto, y señala que, guiados por informes periodísticos de hallazgos, acudieron sin ningún tipo de protección o seguridad a diversos lugares clandestinos.

“Señora, no se meta”

Son reiteradas las quejas sobre las irregularidades en las investigaciones de la Fiscalía General de Sinaloa pese a que su titular, Juan José Ríos Estavillo, documentó casos de desaparición forzada cuando fue presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos del estado.

La negativa de las autoridades a darle una respuesta fue de tal magnitud que María Elena Astego Salas, madre de Óscar Osuna, no desea saber nada de ellas. Su hijo, cuenta, supuestamente murió en una balacera ocurrida el 8 de abril pasado. Sin embargo, no ha recuperado su cadáver.

“Hay notas periodísticas que reportan que la zona donde murió mi hijo y cinco muchachos más que viajaban en una camioneta fue resguardada por el Ejército, pero los cuerpos no aparecen. Puse una denuncia, porque es necesaria para que me entreguen a mi hijo. Es lo único que me importa. No me interesan las investigaciones”, asegura esta mujer que recientemente se sumó a Voces Unidas por la Vida.

La falta de resultados de la autoridad estatal para resolver las desapariciones ha llevado incluso a que familiares de policías de Culiacán pidan la intervención de la PGR.

Personas allegadas a los uniformados municipales José Antonio Saavedra y Yosimar García Cruz dicen contar con indicios de que fueron víctimas de sus propios compañeros de corporación. Ambos no aparecen desde el 23 y 26 de enero.

Estos agentes pertenecían a un grupo de la policía municipal comandando por Israel Ruiz Félix que el 30 de septiembre de 2016 apoyó a militares que fueron emboscados en Culiacán. Ruiz Félix fue sacado de su casa el 21 de enero pasado por un comando y en marzo notificaron a sus familiares que sus restos habían sido localizados carbonizados en febrero.

En entrevistas por separado, María Isabel Cruz, madre de Yosimar, y Juan Carlos Saavedra, hermano de José Antonio, cuentan que entre el 21 de enero y el 22 de marzo fueron asesinados cinco agentes del grupo que comandó Ruiz Félix y que asistieron a los militares.

En los casos de Yosimar y de José Antonio, los denunciantes sostienen que antes de que las victimas fueran sacadas de sus domicilios, patrullas de la policía municipal fueron vistas en la zona.

“La PGR no quiere tomar el caso de mi hijo. Ya lo investigaron y saben que no tenía nexos con ningún cártel. Aquí en Culiacán no hacen nada. Si me pongo a investigar, me dicen ‘señora, no se meta, es muy peligroso’, pero no me ayudan”, denuncia María Isabel.

A su vez, Juan Carlos lamenta que a su hermano sólo lo hayan buscado durante media hora. “Después de que denunciamos la fiscalía hizo como que lo buscó, nos dijeron que nos hiciéramos la prueba de ADN y que fuéramos a los Semefos (servicios médicos forenses) o a la fosa común a buscar a José Antonio”.

“Sí hablamos con los malos”

La ausencia de una autoridad que resuelva de manera eficaz los hechos violentos en el estado ha causado el surgimiento de organizaciones civiles que se lanzan a la búsqueda de sus familiares.

Irma Arellanes Hernández, madre de Irving Alan Cortés Arellanes, desaparecido el 7 de junio de este año en Mazatlán, cuenta que ante la indiferencia de la Fiscalía, y al encontrarse en el camino con otras familias que padecen su mismo dolor, decidió crear una organización social.

“El 27 de julio formalizamos ante notario público la asociación “Tesoros perdidos. Hasta encontrarlos”. Somos unas 15 familias que decidimos salir a buscar a los nuestros”, dice Arellanes, quien lleva la imagen de su hijo tatuada en uno de sus brazos.

Nacida en Oaxaca, pero con una vida hecha en Mazatlán, dice: desde que tomaron varillas y palas “los agentes del Ministerio Público ya no nos tratan mal y nos acompañan nomás para cuidarnos, porque nosotras somos las que nos reunimos con los malos para tener información de dónde pudieran estar nuestros hijos o para ir a buscarlos en fosas”.

Así, en su tercer día de investigación, la organización civil encontró tres cuerpos.

“En todo esto hay policías involucrados, hay mucha corrupción y por eso no encontramos a nuestros hijos. En Sinaloa ya es un lujo que te maten y te dejen tirado en la calle”, lamenta la señora Arellanes.

Este reportaje se publicó el 22 de octubre de 2017 en la edición 2138 de la revistsa Proceso.

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