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“Hasta el último aliento”, en la explanada de Bellas Artes

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Atractiva como propuesta artística y acertada como proyecto de arte público, la instalación-ofrenda que por motivo del Día de Muertos presenta la artista mexicana Betsabeé Romero en la explanada del Palacio de Bellas Artes, debería convertirse en el inicio de un programa de intervenciones artísticas vinculadas con nuestras tradiciones.

Conocida por la resignificación del objeto, imagen y valor simbólico de elementos automotrices –autos, rines y sobre todo llantas, que al ser intervenidas con figuras grabadas como flores y materiales como chaquiras contradicen el estereotipo masculino que promueve la mercadotecnia automotriz–, la artista ha desarrollado un lenguaje basado en la hibridación del pensamiento artístico contemporáneo con algunas prácticas artesanales, entre ellas el papel picado y el trabajo de silueta en hojalata.

Dedicada a la creación de circunstancias objetuales que al expandirse en el aire y luz del espacio alcanzan una emotiva y bella visualidad, Romero ha encontrado en los altares un cómplice que le permite provocar el recuerdo de sucesos de impacto personal y social.

Interesada en la reinterpretación del altar tradicional desde el final del siglo XX, sus primeras propuestas se centraban en la creación de nuevas alternativas formales: Con 187 pequeñas cruces en las que el crucificado era un ánima de pan, descalificó en 1997 en Chula Vista, California, USA, la Propuesta 187 de California, que dañaba a los migrantes. Para recordar a los mexicanos muertos en el atentado del 11 de septiembre en Nueva York, instaló en Chicago un coche pintado con flores y rodeado de manojos de flores: Florecer después del accidente.

Y aun cuando en 2007 exhibió en Cuernavaca una emotiva instalación transitable con petates enrollados con un pequeño ramo de flores –que recordaban a los desaparecidos encontrados en fosas como desconocidos homogéneos–, desde 2005 inició el uso de cráneos o calaveras de azúcar como esculturas objetuales y los papeles picados y grabados como esculturas aéreas.

En un proceso que se desarrolló de instalaciones contenidas (Museo de Arte Moderno, cúpula central, 2006) a intervenciones expandidas (trajineras aéreas a lo largo de todo el techo del Auditorio Nacional en 2009), Betsabeé Romero encontró en la estética lumínica un excelente recurso para presentar el misterio y paradoja de la celebración mexicana. Producido con cráneos de azúcar iluminados por dentro y pintados con líneas o flores o elementos ornamentales abstractos, el contraste entre la luz y la oscuridad transporta al espectador a una dimensión que sólo el arte puede ofrecer.

A diferencia de la intervención monumental que realizó el año pasado en el Zócalo capitalino –113 trajineras ornamentadas con cempasúchiles–, su actual instalación escultórica denominada Hasta el último aliento se concentra en un solo volumen en forma de medio círculo que, con flores y vacíos iluminados, surge de la tierra al igual que el terremoto del pasado 19 de septiembre. Rodeado de aserrín entintado de rojo con grana-cochinilla, el volumen está rodeado de vitroleros y enormes cazuelas que, en un total de 19 piezas, contienen grabaciones de testimonios vinculados con el temblor.

Ascendente hasta el balcón frontal del Palacio de Bellas Artes a través de un camino de cempasúchiles –como dicta la tradición–, la instalación es metáfora y deseo de un México que comparte el dolor pero también la fuerza de renacer a pesar de cualquier tipo de sismo.

Este texto se publicó el 29 de octubre de 2017 en la edición 2139 de la revista Proceso.

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