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El Teatro Morell en el FIC, un pretexto para la transformación de los que delinquieron

GUANAJUATO, Gto. (apro).- Por segundo año consecutivo, el Festival Internacional Cervantino (FIC) incluyó en su programación el proyecto “Un grito en libertad”, que se sirve del teatro como pretexto para convertir a un centenar de internos e internas del Centro de Reinserción de Puentecillas en personajes de Don Quijote u otros.

Y así lo presumen políticos y funcionarios cuando hablan del modelo de readaptación social que dicen aplicar en esos centros penitenciarios y que, en el caso de esta iniciativa de la sociedad civil, ha dado resultados.

El proyecto se circunscribe en la faceta de involucramiento con el entorno social que el anterior director, Jorge Volpi, quiso imprimirle al FIC y que en esta edición ha mantenido su sucesora Marcela Díez.

El teatro, pues, es un pretexto para la transformación de aquéllos que delinquieron, aun los considerados “altamente peligrosos”, como por ejemplo el capo de un cártel o el líder de una banda de secuestradores. E incluso para sanar a quienes, siendo inocentes, permanecen purgando sentencias en esos centros penitenciarios a los que llegaron por todo tipo de circunstancias, fundamentalmente la de ser pobres.

“Porque he visto muchos inocentes, muchísimos”, dice a Apro el director del proyecto Arturo Morell, antes de su presentación en el Cervantino.

Esta vez, aunque en el programa apenas se menciona –por resquemor de algunos funcionarios del festival a quienes “no les pareció apropiado” incluirlo–, el proyecto amplió sus alcances y se tradujo en un seminario con varios talleres sobre cultura y equidad de género, jóvenes, violencia doméstica y reinserción social, que culminará con la representación de la adaptación libre de El Quijote de la Mancha en el Cereso de Puentecillas, para lo cual se invitó a un grupo de jueces del Supremo Tribunal de Justicia de Guanajuato, así como a funcionarios de 20 de los 21 penales federales del país.

Todos los talleres se basan en la experiencia, documentación y trabajo de Morell en los centros penitenciarios de México y otros países, así como en los testimonios de algunos exreos –hombres y mujeres– que participaron en el proyecto cuando estaban recluidos, y al salir se incorporaron a la fundación Voz en Libertad, que encabeza Morell.

Están también perfiles como el de la sargento Alejandra Álvarez, quien conoció a Morell en uno de los festivales de pastorelas que éste organizaba, y le contó cómo desde niña había querido ser policía, en un mundo discriminatorio y machista en el que tuvo que desenvolverse para lograrlo. De esa historia, Morell escribió un guión titulado: “De poli a diva y de regreso”, que fue presentado en uno de los talleres.

Y los testimonios de Sandra y Servando, ambos exreos, fueron incluidos en la parte final de los talleres del seminario.

“Ella (Sandra) formó parte del proyecto hace 10 años en el Reclusorio Oriente, nos reencontramos y se sumó al proyecto. Ella estuvo en Santa Martha Acatitla. Servando estuvo hace dos años, vio el documental y luego la charla, se sumó tocando el sintetizador. Salió hace un año y lo traje a Guanajuato a la primera presentación dentro del Cervantino y este año regresó.

“Cuando se levantan y dicen: yo estuve allí y ahora estoy acá, ¿dónde quieren estar ustedes?, y les hablan en sus códigos y les dicen que sí se puede, se cierra el círculo”, describe el “sembrador cultural”, como se define.

Este proyecto bien podría ser la antesala de lo que puede generar el reciente convenio firmado entre la Secretaría de Cultura, a cargo de María Cristina García Cepeda, y Renato Sales Heredia, titular de la Comisión Nacional de Seguridad, para llevar una política cultural a la readaptación y reinserción social en las penitenciarías federales.

“Este año será el décimo proyecto en cárceles; lo hacemos de manera permanente desde hace dos en el Reclusorio Oriente (y con internas de Santa Martha Acatitla) con El hombre de la Mancha (reseña de Columba Vértiz en Proceso publicada en abril del 2016) y ahora también con una versión libre de José El Soñador”, cuenta Morell.

Al director, excónsul cultural de México en Miami y compositor, entre otras facetas, fue al primero que le cambió la visión sobre el encarcelamiento. “Pero también cambia tu relación con la libertad”, dice.

Más que con las historias, casos o expedientes, Morell trabaja con la energía de las y los internos. “En reclusión se acumula lo negativo, la depresión, el enojo. Se trata de transformar toda esa energía y llegar a otro nivel de conciencia”, subraya.

A medida que se ha adentrado en esas vidas, el director va hacia atrás en la línea del tiempo de quienes se encuentran presos, porque se ha dado cuenta de que un infractor, un sentenciado, una reclusa, han estado muchas veces en un entorno disfuncional. Y para encontrar el hilo va a los centros de menores infractores.

Recuerda una anécdota al respecto:

“Un chico muy humilde comenzó a involucrarse mucho. Un día me preguntó cuál era mi libro favorito, le dije que El Quijote, y él me respondió que El Principito, porque un día se lo había regalado un taxista a quien perdonó.

“–¿De qué lo perdonaste? –le pregunté. De asaltarlo –dijo. Entendí que hay un rencor previo contra la sociedad, hay un agravio.

“Allí nos dimos cuenta, al hacer ensayos abiertos con las familias, cómo conviven, y entendemos por qué el chico o la chica son de una u otra forma: agresivos, indisciplinados. Esos ambientes descompuestos son la estructura de donde vienen. Hay quienes quieren salir, pero por más que lo intentan, su entorno no los deja, los jala y los jala”.

También ha constatado cómo las mujeres viven condiciones muy distintas adentro y en su contacto con el exterior, con sus familias, con la sociedad, “que las perdona menos que a los hombres”.

“Las mujeres están más solas; sus esposos las abandonan, mientras que a ellos no tanto; también sus hijos acaban dejándolas. A ellos los visitan las esposas, los hijos, los primos. A ellas menos”.

Todo cambia en el escenario. El vestuario puede ser tan minimalista como los uniformes color beige, y quizás muchos no tengan aptitudes artísticas.

“Pero cuando vuelven a sus dormitorios –afirma– su realidad ya no es la misma. Y esto tiene un efecto dominó en otros reclusos, en sus familias, más allá”.

Morell cree genial que, dentro del FIC, Guanajuato sea vanguardista en acercar a los jueces –en calidad de público– para dar esta otra mirada desde la cultura al interior de los centros penitenciarios:

“Creo que para la construcción de un país o la reconstrucción, estos grandes escaparates como el Cervantino, para segmentos sociales como el que representan los internos de las cárceles, es una estrategia de inclusión, el mensaje a la sociedad de que todos somos parte, somos también responsables de lo que ocurre. Toda la gente que está allí tiene un contacto con la sociedad y en un momento saldrá y volverá”.

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