“Teoría novelada de mí mismo”, de Sergio González Rodríguez

CIUDAD DE MÉXICO, (apro).- A comienzos de año, cuando Claudia Marcucetti Páscoli publicó el primer volumen De lecturas y vidas. 80 entrevistas sobre el poder de los libros (Ediciones B. México, 209 páginas), el escritor Sergio González Rodríguez señaló como los libros que le cambiaron su existencia El retorno de los brujos de Jacques Bergier y Louis Pauwels, así como El Aleph, de Jorge Luis Borges.

Tras el fallecimiento el pasado 3 de abril de González Rodríguez, a los 67 años de edad, Literatura Random House acaba de poner a la venta en septiembre su libro inédito Teoría novelada de mí mismo (ocho capítulos con ilustraciones, 257 páginas), que anuncia como sigue:

“Este libro es un ensayo, una novela y una memoria. El tema es uno y múltiple: Sergio González Rodríguez. Más que una autobiografía, lo que el autor realiza aquí es una relectura, de lo vivido, lo escrito y lo soñado. Como en todo regreso a un libro entrañable, el lector/autor se encuentra con marcas y subrayados que delatan sus obsesiones.

Las de Sergio González Rodríguez, relector de sí mismo, están todas presentes en estas páginas: los sueños, los fantasmas, la violencia, las habitaciones de hotel, el cine, los vínculos entre el rock y literatura. Por ello, este libro es también una enciclopedia desbordante e íntima. Es la historia universal de una persona.”

En el siguiente adelanto, reproducimos un fragmento de las primeras páginas del creador de Huesos en el desierto (2992), El hombre sin cabeza (2009) o Campo de guerra (Premio Anagrama de Ensayo 2014), donde evoca aquella entrevista con Claudia Marcucetti Páscoli (que González Rodríguez no menciona por su nombre), a la cual respondió acerca de sus diez lecturas que le cambiaron la existencia al creador de esta Teoría novelada de mí mismo.

Teoría novelada de mí mismo, de González Rodríguez.

Teoría novelada de mí mismo, de González Rodríguez.

“Posición”

¿Uno es los libros que ha leído? Quiero creer que sí en buena parte. Sobre todo cuando se trata de libros leídos durante la edad formativa.

Una vez me preguntaron que, sin pensarlo demasiado, enumerara diez libros que influyeron en mi vida. Respondí casi de inmediato con una lista que ahora razono:

Pinocchio de Carlo Collodi. La picaresca de un muñeco de madera en una novela instructiva y compleja bajo un mundo fantástico y al mismo tiempo real. Confluyen ahí el mito y la metamorfosis, la magia y el deseo, así como la confrontación del bien y del mal. Un libro abrumador en busca de un final terso. En la infancia me estremeció la malicia de los pillos y sus acechos.

La Virgen de los cristeros de Fernando Robles, una novela sobre el levantamiento cristero de la primera mitad del siglo XX en México y en la que se entrelaza un romance entre un joven del bajío y una muchacha hermosa que está en el centro del relato. Refleja las pugnas de la época y una visión idílica ante una realidad en crisis. Mi primer encuentro con la sensualidad a los diez años por vía de la heroína Carmen.

Pancho Villa, rayo y azote de Rafael F. Muñoz, una biografía sobre el revolucionario Francisco Villa que, si bien presentaba los aspectos contrastantes de su vida, rescataba sobre todo su arraigo popular y sus intenciones justicieras en medio de la épica de una guerra civil, con lo que contribuía a prolongar la leyenda que hasta la fecha ha prevalecido de él. Las páginas olían pólvora y aventura sin fin, incluso más allá de la muerte.

Mía es la venganza de Micky Spillane, un thriller en el que aparece el detective Mike Hammer en una ciudad de Nueva York que confronta la opulencia y lo sórdido durante la posguerra. El poder y el crimen unidos en sus secretos con música de jazz de fondo y el uso de la violencia personal en tanto recurso veloz para ejercer castigos y develar verdades. La sexualidad y el espanto en plenitud, en lenguaje exacto y brutal.

Sin novedad en el frente de Erich Maria Remarque, una novela antibélica que acontece en la trinchera de la Primera Guerra Mundial, narrada por un soldado alemán. Retrato descarnado de la estupidez y la violencia que tiene como trasfondo vindicar la amistad y la lealtad incondicional en situaciones de extremo peligro. Una obra letal contra la manipulación de la guerra.

El retorno de los brujos de Jacques Bergier y Louis Pauwels, un compendio de literatura, mitos, esoterismo, relatos fantásticos, misterios y divulgación científica. Un libro que es muchos en uno solo y que, desde la portada, significaba un dispositivo inagotable para la curiosidad al plantear más preguntas que respuestas. Nada en sus páginas está dado: todo es incierto. Su forma proteica me ha acompañado siempre.

El Aleph de Jorge Luis Borges, cuyos relatos me llevaron a la literatura y definieron mis obsesiones de lectura. Los símbolos, la encrucijada entre la antigüedad y el presente, el descentramiento del mundo por la invención, la escritura oblicua, la narrativa filosófica y el lenguaje excéntrico que constituyen desafíos permanentes. La vida nunca es igual después de leer la ironía universal llamada Borges.

La montaña mágica de Thomas Mann, novela suprema del escritor alemán y su personaje Hans Castorp, me conmovieron, tanto como la ratificación de que la narrativa tuviera una finalidad filosófica: ilustra y desconcierta, deslumbra, suspende el tiempo y deja huella por su conjunción pedagógica y reflexiva. El humanismo explicado mejor que ninguna obra teórica en el límite de la gran guerra y el reino de la barbarie.

Las ciudades invisibles de Italo Calvino, un libro que contiene diálogos imaginarios entre Kublai Khan y el viajero Marco Polo, así como la descripción de medio centenar de ciudades fantásticas contempladas en la mente del viajero veneciano. La descripción de ellas y los diálogos son una pesquisa sobre el sentido de la existencia, el viaje, la literatura y las formas creativas. La instalación del prodigio en la inmediatez.

La muerte de la luz de Hans Sedlmayr, libro en el que el gran crítico austriaco del arte formula una de sus interpretaciones más enérgicas contra la cultura moderna. El despliegue de su inteligencia permite analizar el modernismo estético y las vanguardias, así como sus productos derivativos, desde una perspectiva teológica. Una defensa del sentido espiritual del arte contra la mercancía y la vileza contemporánea. La mirada total del reverso. Sedlmayer apunta allí un pensamiento-guía entre muchos otros:

“A mitad del siglo XIX, surge la infinita sed de luz que arde en el hombre en el que se ha extinguido la luz interior”.

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