FotoxWesley: El abrazo solidario de los fotoperiodistas

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Nueve horas duró el abrazo colectivo FotoxWesley, cuatro más de lo planeado: la subasta tuvo que suspenderse porque el Centro de la Imagen estaba por cerrar. A pesar del ritmo continuado y sin pausas del subastador y de los fotorreporteros devenidos en sus ayudantes, decenas de cuadros no pudieron ser exhibidos y vendidos.

Ninguna jornada hubiera alcanzado para abarcar tanta solidaridad donada por los fotoperiodistas de México y de otras partes del mundo que apoyaron con 280 imágenes a su colega neoyorquino Wesley Boxce, quien perdió a su esposa, Elizabeth Esguerra, dedicada a enseñar fotografía, además de que resultó herido y su departamento, derrumbado, por el sismo del martes 19 de septiembre. La hija de ambos –de cinco años– está viva.

Fueron nueve horas de ese abrazo comunitario tan necesitado después del terremoto, ambos proporcionales en intensidad, que la comunidad de fotoperiodistas nos convidó el pasado sábado 28 de octubre en la Ciudad de México a quienes apoyamos con nuestra asistencia para hacernos partícipes de ese duelo festivo celebratorio de la vida, de ese acto de amor por un colega en dificultades, de esta ceremonia de bienvenida a la etapa de la recuperación post sismo.

Al corte de caja se informó que 441 mil pesos (24 mil 500 dólares) fueron recabados durante esa tarde emotiva, cardiaca, divertida, conmovedora, aderezada con mezcal, en la que se pusieron a la venta obras que inspiraban del puro saborearlas con la mirada. Pero el éxito –si es que la palabra aplica para un abrazo– no se puede medir en dinero.

La jornada tuvo momentos que no quedaron plasmados en cámaras, pero sí en el corazón, como cuando se informó que Wesley había sido conectado unos minutos vía internet para que viera la transmisión desde el hospital.

El hecho generó que los amigos (quienes lo conocían, o no, antes del sismo) se volcaran al ojo de la cámara de transmisión aplaudiendo emocionados y gritando “¡Ánimo, ánimo!” al hombre que tiene que aprender a levantarse de los escombros de lo que era su vida. Ese fue el único momento en el que el ritmo del concurso se detuvo y el subastador guardó silencio.

En el patio del museo, un amigo del fotógrafo estadunidense mostraba emocionado a dos mujeres desconocidas sentadas a su lado la fotografía que tomó al aludido un día antes en el hospital, de pie, apoyado por aparatos.

El emblema del 19s

La pieza que resultó ser la reina de la tarde fue una fotografía original de Frida Kahlo tomada por Juan Guzmán en 1950, donde se observa a la pintora en una cama del Hospital Inglés, los pinceles detrás; ella enfundada en su pesado corsé pintado como si fuera lienzo y que le detenía la columna atrofiada por un accidente; un espejo en la mano, el pelo recogido en sus característicos grandes moños, la piel tan pálida que parece muñeca de cera con rostro manso y mirada perdida en otro universo.

En una puja intensa, cardiaca, que arrancó gritos nerviosos del público, el martillo dictaminó que la oferta de 27 mil pesos (mil 500 dólares) era la ganadora.

El momento más emotivo fue cuando una mujer lloró de emoción cuando el martillo la declaró ganadora. Entre aplausos, le abrieron paso para que saludara a quien atrapó con su lente ese instante –el freelance Pedro Mera, sentado entre el público– y lo abrazó llorando. Le dijo cosas al oído.

La imagen por la que peleó con todo fue la que inmortaliza el rescate a muchas manos de un joven sacado de entre los escombros el pasado 19s. Fue la foto que se convirtió en el emblema del sismo y que captó la esencia del alma mexicana volcada a las calles para ayudar.

La foto de Mera en la subasta. Foto: Twitter @AjoloteX

La foto de Mera en la subasta. Foto: Twitter @AjoloteX

Esa foto rompió un primer récord en precio: 22 mil 500 pesos (mil 250 dólares).

La ganadora explicó después que ella trabaja en Protección Civil de la delegación Benito Juárez y que sus compañeros participaron en ese rescate, suyas son seguramente las manos alzadas en esa foto, quizás los rostros.

Ella estaba en el momento en el que su equipo salvó a ese joven de la muerte y vio al fotógrafo anónimo que captó el instante. Cuando reanudaron la búsqueda de gente, ella le pidió a él sus datos, pero no encontró más el papel. Los siguientes días vio publicado en muchos medios ese instante compartido en el que le arrebataban una vida a la muerte.

A Pedro Mera lo reencontró en la subasta y le pidió que le dedicara la imagen.

Pedro conocía a Wesley por la ropa que diseñó para fotoperiodistas permitiendo que lleven las manos libres para cualquier emergencia, la cual vende para facilitarles su trabajo.

El año pasado, después de una carrera de 22 años como fotoperiodista, Mera decidió retirarse y dedicarse a hacer imagen corporativa. Pero el día del temblor sintió “el cosquilleo” de quien no puede escaparse del oficio. Por instinto, tomó su cámara, salió de su casa, caminó unas cuadras y encontró un edificio derrumbado donde unas 150 personas estaban ayudando a levantar escombros y donde se tenían detectados a dos sobrevivientes.

Él se ubicó en el sitio. Esperó el rescate. Le sorprendió que todos querían ayudar a sacar al primer sobreviviente, un joven llamado Pablo. Miró las manos de la gente deseando sostener esa camilla que se abría paso. Cerró el encuadre para enfocar ese detalle. Lo capturó.

La foto, distribuida por Getty Images, fue publicada ese mismo día en todo el mundo.

Cuatro días después, el sábado 22, Pedro se dio un respiro para revisar su archivo, miró la foto y decidió pasarla de horizontal a vertical, le recortó los extremos, la convirtió a blanco y negro y la subió a su Instagram. Al día siguiente descubrió que la imagen se había viralizado, miles de personas la compartían.

“El domingo me di cuenta que la gente la estaba adoptando como la imagen que representa todo lo positivo que se había generado después del sismo”, explica el fotógrafo para esta nota. La gente ya la había adoptado como la foto oficial del 19s.

Guardia por rescate de Wesley

Treinta y dos años antes, en el terremoto del 19 de septiembre de 1985, fue Wesley quien inmortalizó esos rescates cuando trabajaba con la agencia Reuters. Sus fotografías de los edificios caídos, los rescates, los heridos, fueron vistas en todo el mundo.

El pasado 19 de septiembre, el veterano fotógrafo estaba con su esposa Elizabeth en su departamento en el séptimo piso del edificio de Ámsterdam esquina con Laredo en La Condesa. Su hija estaba en la escuela. Al sentir el movimiento de la tierra corrieron hacia el techo por las escaleras de caracol: él fue rescatado con vida, el edificio prácticamente lo aventó, ella no tuvo suerte.

Los fotoperiodistas amigos que cubrían la tragedia, al enterarse, pasaban cada tanto por la montaña de escombros de lo que fue el conocido edificio de la pareja que visitaban para comprar chalecos o bolsas de la marca Newswear que fabricaban y vendían.

Varios colegas pasaron días y noches haciendo guardia en espera de que sus amigos fueran rescatados. Con impotencia miraban cómo entre las piedras, entre los escombros, estaba esparcido el estropeado archivo fotográfico de su amigo que había cubierto las distintas guerras e invasiones de Estados Unidos en diferentes partes del mundo.

También descubrieron que las bolsas ajustadas a las caderas que Wesley diseñó para facilitar el trabajo de la tribu de fotoperiodistas, eran utilizadas por rescatistas para colocar su herramienta, sus celulares, igual que los fotógrafos en sus coberturas más difíciles.

Cuando supieron que él estaba hospitalizado y ella no aparecía, se mantuvieron en guardia, algunos aprovecharon sus idas a la morgue y a hospitales para preguntar por ella. Hasta que la localizaron. Pidieron que no se difundiera la noticia de su muerte –un secreto guardado entre periodistas por varios días– para que la salud del herido no recayera al enterarse de la noticia a través de los medios.

Días después surgió la iniciativa FotoxWesley a la que respondieron 240 fotógrafos mexicanos y otros más de Perú, Chile, Estados Unidos y Argentina donando una foto enmarcada. Otros periodistas están dedicados a restaurar el archivo fotográfico de Wesley, lo que pudo ser salvado de entre los escombros.

Esta es la tercera subasta que han realizado fotógrafos mexicanos en solidaridad con sus colegas. La primera fue FotoxGoyo, en 2014, para conseguir recursos para los huérfanos y la viuda del periodista Gregorio Jiménez, asesinado en Veracruz dentro de la ola expansiva de la muerte de periodistas en ese estado.

La siguiente, en 2015, fue FotoxRubén, en solidaridad con la familia del fotógrafo Rubén Espinosa, refugiado en la Ciudad de México queriendo escapar de lo que sabía que era una sentencia de muerte por su trabajo en Veracruz.

Como en la fotografía del rescate de Pedro Mera, la comunidad de fotoperiodistas extendió los brazos para rescatar de la desventura a un colega, como antes lo hizo para abrazar la familia de un colega asesinado y para pagar el entierro de otro. Solidarios, dando a muchos otros la oportunidad de solidarizarse.

Solidaridad en doble vía

A pesar de lo prolongado del evento, del pendular entre el nervio constante y el monótono ritmo que termina en martillazo, de los intentos de búsqueda de silla o de aire libre, el trance hipnótico de los participantes era sostenido por la charla con conocidos y desconocidos, los interminables tragos de mezcal de tamarindo y el tráfico de palomitas de maíz y de sándwiches de marlín que sostenían cuerpo y espíritu.

También –y, sobre todo– las enseñanzas exprés sobre fotografía que al oído compartían los autores de las fotos a subastarse que, cual expertos que son, en comentarios nos iban educando:

“Observa en la foto los brazos de los rescatistas, mira el momento, los rostros, la composición, lo tiene todo, por eso es emblemática”… “Elsa Medina es una gurú entre los fotoperiodistas, es la primera que se abrió paso en este mundo masculino, además sus retratos son de mujeres”… “Esta fotografía además de que es hermosa, ella la reveló a mano, en gelatina”… “Cuando están impresas sobre algodón, como esa, sube la calidad”… “El marco que le puso Paty es hermoso, es como si hubiera envuelto su foto en una cajita”… “Enric es reconocido en todo el mundo, su foto es como un cuadro, mira la luz”… “Esa foto es de un Pulitzer, es argentino”… “Esa ganó el World Press Photo”.

También estaban quienes desconfían de las recetas, pero confían en sus instintos: “Esto no es de expertos ni puede enseñarse, una foto o te gusta o no te gusta: es así, sale de la víscera”.

Cada tanto en este encuentro entre fotógrafos y compradores se escuchaban los inicios de diálogos a corazón abierto: “Gracias por haber ofrecido algo por mi foto. Esta fue importante para mí porque el día que la tomé estábamos en…”, a lo que le seguía una historia.

Una de estas la contó Miguel Dimayuga, uno de los organizadores, a ratos repartidor de mezcal, a ratos exhibidor de las imágenes del catálogo, quien narró que tomó su foto del niño trompetista en el municipio más pobre de México –Cochoapa, Guerrero– en un momento en que se sentía devastado porque una parturienta indígena no había sido auxiliada cuando daba a luz. Él y el reportero que lo acompañaba viajaron con el ataúd del no nacido, y en el momento más triste se encontró con la música del niño.

Cada fotografía cargaba dentro suyo su propia historia.

Entre los fotoperiodistas presentes cada tanto se abría paso la emoción porque una imagen había sido comprada a un buen precio, o silencios cuando alguna sobre la que había expectativas no había sido muy peleada.

Los autores ausentes se hacían presentes a través de mensajes al celular: “¿Sabes quién se quedó con mi foto?”, “¿Me puedes grabar el momento cuando salga la mía para verlo?”.

Pero en una subasta no hay nada asegurado: el precio de venta de cualquier cuadro está condicionado a factores tan caprichosos como la hora del día, el ánimo, la luz del lugar, la afluencia, el cansancio, el mezcal o si la puja anterior estuvo tensa y la gente sigue abducida por el momento previo.

Ese sábado se pasó tan rápido como cuando se está adentro de un juego, de una interminable fiesta entre amigos o metido en la urgencia de un centro de acopio para damnificados.

Los compradores que entraron a este trueque de solidaridad miraban embelesados sus tesoros recién adquiridos, hacían planes con sus fotos, les colgaban nuevos significados. Aunque no todas las personas que compitieron en el museo estaban presentes.

“¿Estás en FotoxWesley? Tengo mil pesos. ¿Me puedes comprar una foto? La que sea, lo que importa es colaborar”, eran los mensajes recibidos cada tanto al celular. Otros: “Tengo tres mil, quiero una foto donde aparezcan niñas, cómpramela” y “¿Me puedes comprar un paisaje con niebla o un bosque?”.

Otras personas mandaron su dinero en un sobre cerrado, en una apuesta a ciegas por una fotografía exhibida previamente en el catálogo en línea.

Si esta venta era para ayudar a reencarrilar el futuro de Wesley también algunos compradores iban en busca de una imagen para reinaugurar su propia vida. Una periodista comentaba en el museo que las fotos recién compradas adornarían su nueva casa, la anterior se la arruinó el temblor. Otra compradora suspiraba de emoción cuando veía los bultos envueltos recién adquiridos anunciando que colgaría en sus paredes recién pintadas después de la remodelación de su propia vida.

Una defensora de derechos humanos que compró la imagen de la niña en un campo de amapolas le contó a Pedro Pardo, autor de la foto, que a ella le traía los años que pasó trabajando en La Montaña de Guerrero con los más pobres que se ven obligados a cambiar de siembra. Otros contaban que aquel instante enmarcado les removió recuerdos, les evocó personas, los transportó a otro sitio.

En el público, discretos, hasta el final, estuvieron presentes familiares de Wesley. Una de las últimas fotos a competencia fue la de un perro que su hermano compró.

Cuando la oscuridad iba haciendo difícil distinguir rasgos, colores y texturas, y a pesar de que el subastador seguía el monólogo ritual cada que una imagen era exhibida hasta que acababa con un martilleo, se dio por terminado FotoxWesley.

La cita de arranque había sido convocada a las 12 del medio día y ya pasaban las nueve de la noche. El ánimo seguía de pie, la sensación de trance se iba diluyendo y la gente empezaba a buscar cómo llevarse a casa esos abrazos para colgarlos de las paredes.

Acerca del autor

(Ciudad de México, 1974) es una reportera mexicana. Ha colaborado para varios periódicos y revistas de Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, Estados Unidos, México, Perú y Uruguay, entre algunas de ellas: Proceso, Gatopardo y Etiqueta Negra. Ha realizado labores de activismo a favor de los derechos humanos y en contra de los asesinatos y exilios de periodistas.

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