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“Patria”

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Así se llaman los tres tomos de la historia del liberalismo mexicano, de 1854 a 1867, que por estos días publica Paco Ignacio Taibo II. Son los anales, plagados de retratos de personajes, batallas y debates, del paso de un país que viene de la derrota frente a los Estados Unidos y que terminará en una guerra civil por separar al Estado de la Iglesia que, a su vez, se convierte en una contra la invasión del imperio francés. El grupo de liberales “rojos” –notablemente, para mí: Zarco, El Nigromante, Prieto– encarna la idea de que los mexicanos deben tomar las riendas de su destino –sin fuerzas externas– y que sus actos deben dirigirse al bienestar de los más. Este liberalismo no es el mito unificante con el que la derecha actual legitima su rapiña comercial, sino una ideología de combate. Por sus debates y disidencias vemos lo que la Patria significa: la autonomía de sus ciudadanos –la capacidad de razonar el ámbito público sin someterse a autoridad, prejuicio o tradición alguna–, el laicismo –el origen humano de todo poder–, la libertad –que es liberación de los pueblos y, al mismo tiempo, de los individuos–, la verdad –someter el mundo al libre examen– y la universalidad, que hace a todos libres e iguales por el sólo hecho de haber nacido y cuyo origen “mexicano” a veces es una mera casualidad.

Patria es la lucha de un puñado de hombres que a veces son poetas, otras soldados, periodistas y científicos, abogados y contadores y hasta sastres y panaderos, que intervienen en la esfera pública y al hacerlo, la crean. Sus lidias ocurren en un país que durante tres siglos tuvo un Estado que antecedía a su sociedad –la corona española– y que al independizarse, se pregunta: si la legitimidad proviene de la violencia que usurpa, ¿cómo construir con la acción política, necesariamente plagada de antagonismos, una Patria que sea consentimiento libre de los ciudadanos? Es un país al que le ocurre todo: pierde territorio, se deshace de una dictadura santanista, se lía en una guerra contra el clero y el agiotismo rentista; debe combatir, con Juárez –que va emergiendo desde la humildad en el relato de Taibo–, un imperio invasor y a sus apoyadores que creen que existe algo externo –un monarca de fuera– al conflicto y a “lo partidista” de toda acción política. Sabemos que esta arena de combate que fue el liberalismo “rojo” acaba por cansarse de crear, cada vez, una opinión pública que es un espacio de deliberación y da paso al porfirismo, con el orden como única ideología. México fue de una república de debates conflictivos a ser una dictadura pedagógica. En una, la sociedad civil se constituía mientras deliberara, actuara, y experimentara socialmente. En la otra, el Estado impone una serie de instituciones disciplinarias para crear el sometimiento voluntario. La idea de la política como litigio de abogados del inicio del liberalismo, pasó a ser la de la política como una relación médico-paciente. La política liberal había llegado a su conclusión positivista: la voluntad es irrepresentable, por lo que se necesita más un Concilio que un Congreso. El Estado positivista debía crear a la sociedad civil –decidir quién merecía ser ciudadano– para, algún día, evaluar si estaba “lista para la democracia”. De este declive, Taibo sentencia: “A la muerte de Juárez, el liberalismo envejeció con rapidez. Su patriotismo romántico se volvió retórico, su liberalismo se quedó sólo en lo económico, su clasemediero urbanismo se volvió anti-indigenista, su universalidad, nacionalismo ramplón, su afecto por el progreso se tornó en culto hueco a la modernidad, su amor por las libertades se volvió desprecio por las colectivas, su pasión por la libertad de prensa se volvió vocación por la censura”. El porfirismo no es atribuible al liberalismo autonomista, libertario y plebeyo de Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto. El ágora que habían creado se apagó en las dos ideas del porfirismo que el PRI utilizó para crear su legitimidad: la “estabilidad” como inmovilismo y la de que toda disidencia es un intento por “dividir” a la nación.

Estas ideas atormentarán a cualquier lector atento del memorial (no en su sentido de estatua, sino de recopilación de agravios previos a la Revolución Francesa) de Taibo. Hay mucho de heroico en su recuento, porque al final, el tema taibiano siempre será el héroe, no el de la estatua grafiteada ni el de la frase para la historia –“si yo tuviera parque, usted no estaría aquí” o “la Patria es primero” o “la tierra es de quien la trabaja”–, sino de un héroe consciente de su propia futilidad, en un mundo en que cualquier pensamiento y cualquier acción están sujetos al vaivén del conflicto, los intereses y la buena o mala fortuna. El héroe liberal de Patria se mide por su nivel de frenesí –conocer, opinar y actuar no están nunca separados–, por lo absurdo que le resultarán sus propios empeños y, porque, al ser consciente de ello, insiste en el capricho de ser justo.

Los escritores vivimos cada cosa dos veces: una vez en el silencio del mundo y la otra en ese arreglo de equivalencias y disonancias que llamamos literatura, es decir, cuando ya tienen un lector. En el caso de Paco Taibo ese doble es una confianza en que la cultura, la narración, la crónica, compensa las injusticias y horrores de la vida y de la Historia. Sus detectives o sus liberales, que comparten oficinas con carpinteros o lo son, que se clavan pins del Hombre Araña como insignias o enarbolan el talento de “quien habla con los muertos” (nigromante), tratan de devolverle el sentido de justicia a un mundo indiferente. Sus biografiados tratan de restituirle el absurdo a la manía de ser rectos, incorruptibles, preocupados por el destino de los demás. Nomás hay que leer Héroes convocados para que el 2 de octubre de 1968 quede juzgado, vengado y jamás olvidado. Todas las obras de Paco Taibo aspiran a sentenciar la muerte de una experiencia evocada y su multiplicación en el mundo vivo de sus lectores. Sus personajes siempre serán los príncipes del pensamiento humillado, es decir, no los hombres de simples ideas, sino los de las miradas al mundo, seguros de lo absurdo de sus aventuras, de que lo que vale la pena no es alcanzar una cumbre, sino el laborioso y gratuito esfuerzo de subir una montaña que no existe, que ellos mismos se la construyen, imaginan, y escalan. En el universo taibiano no hay victorias ni derrotas absolutas, no hay desilusión ni esperanza, sólo una curiosa libertad, un deseo tan fuerte que abarca hasta el deseo de que los demás no sufran. Como diría Claudio Magris de los héroes de Kipling y de Salgari: “Saben tratar del mismo modo la impostura del triunfo y del desastre, saben jugar de un sólo golpe a cara o cruz todas sus victorias o derrotas y volver a comenzar desde el principio; saben escuchar su verdad más íntima distorsionada por los sinvergüenzas”. Y yo agregaría para el caso de la generación de los liberales “rojos” de Taibo: de todas las glorias posibles, la mejor es la que se vive.

Hay un dejo de proeza al cerrar el tercer tomo de Patria. Somos un país que logró, en 14 años de guerras, amoldar lo mejor de Las Luces a una idea de opinión pública y acción política. La comparación con el presente deja a los neoliberales arrinconados en el obtuso culto al éxito de lo monopólico y el dinero sucio del pillaje global. La herencia del liberalismo como una ideología de combate y disidencia se resume en un diálogo imaginario de Patria entre Prieto y El Nigromante, cuya conclusión podría ser que lo malo de las revoluciones intelectuales –y la liberal fue una de ellas, profunda, porque abarcó lo escrito y lo actuado– es que se agotan. Lo bueno es que pueden volver a ocurrir.

Esta columna se publicó el 29 de octubre de 2017 en la edición 2139 de la revista Proceso.

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