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China: El nuevo “Timonel”

Si bien el título de “Gran Timonel” le pertenecerá siempre a Mao, el actual presidente chino, Xi Jinping, sí puede usar el de “Timonel”, como de hecho ya lo propuso un dirigente provincial del Partido Comunista de China. Y no es para menos. Xi pasó a la historia durante el XIX Congreso partidista: el jefe del país, de su Ejército y del partido hegemónico coló su nombre en la Constitución como autor de un plan de modernización que alcanzó el grado de “pensamiento” –sus antecesores inmediatos sólo llegaron a la categoría de “tesis”–. Su proyecto: lograr en 2050 una nación “próspera, fuerte, democrática, de cultura avanzada, armoniosa y bella”, aunque su mandato acabe en 2022.

BEIJING (Proceso).- El XIX Congreso del Partido Comunista de China –que concluyó el pasado martes 24– le otorgó al presidente Xi Jinping un poder que no se había visto en las últimas tres décadas, para que dirija la transformación del país sin las trabas que tuvieron sus predecesores.

El mandatario llenó con sus allegados la cúpula de la organización política y se aseguró así de que su influencia perdure más allá de su mandato. China se dirige hacia la cúspide global con la conducción de Xi, alfa y omega de la política nacional desde que irrumpiera en la escena hace apenas un lustro.

La coreografía de la clausura del cónclave subrayó la autoridad de Xi. En la solemne sala principal del Gran Palacio del Pueblo, a las propuestas seguía la pregunta: “¿Hay objeciones?”. “Mei you” (ninguna), respondían los presentes. Los delegados aprobaron la inclusión del pensamiento y nombre de Xi en la Constitución, antes de que sonaran los acordes de “La Internacional”.

La enmienda en la Carta Magna empuja a Xi al olimpo del partido, junto a Mao Zedong y Deng Xiaoping, artífices de la China moderna. Aunque las aportaciones del clarividente arquitecto de las reformas económicas (Deng) no entraron en la Constitución hasta después de su muerte.

La tradición de la política china, además, valora su concepto de “teoría” por debajo del “pensamiento” de Xi y Mao. Los idearios de los anteriores presidentes, Hu Jintao y Jiang Zemin, fueron incorporados a la Constitución sin sus nombres. Sólo Mao, pues, resiste sobre el papel el empuje de Xi.

“Hexin”

El presidente ha acaparado títulos desde su nombramiento. Recibió la jefatura de la Comisión Central Militar de inmediato, cuando Hu hubo de esperar tres años. Hoy preside el país, el partido y el Ejército. A su lista de cargos oficiales sumó en el último plenario el título simbólico de “hexin” o “núcleo” del partido, acuñado en 1990 para definir a los líderes incuestionables. Con la enmienda constitucional alcanza la meta y asegura su posteridad.

Algunos chinos se preguntaron quién era Xi cuando fue elegido para presidir el país. “El esposo de Peng Liyuan”, respondieron otros, en referencia a su esposa, una célebre cantante de ópera. Los historiadores tendrán que explicar cómo un ignoto político ha concentrado en un solo lustro ese poder omnímodo en el seno de una organización que cocinaba a fuego lento las carreras políticas y expulsaba sin piedad a los que mostraban demasiadas prisas. Bo Xilai, exjefe del partido de Chongqing, es un ejemplo paradigmático.

La medida unge a Xi como líder vitalicio, estrecha los márgenes del sano debate interno del partido, dinamita los sistemas de equilibrio y lo blinda de los ataques, porque cuestionarlo supondrá cuestionar al partido. Sus 89 millones de afiliados, los estudiantes o los obreros, tendrán que añadir a sus estudios el “pensamiento de Xi Jinping sobre una nueva era de socialismo con características chinas”.

Es un sistema más “centralizado, vertical y leninista”, describe Scott Kennedy, sinólogo del Centro de Estudios Internacionales Estratégicos, de Washington. “Eleva los riesgos de retar abiertamente las políticas de Xi, especialmente después de que se hayan hecho públicas, pero seguirán los debates internos y actividades de cabildeo antes de que las decisiones sean aprobadas”, señala. Las ventajas y los inconvenientes son claros: agilizará la actuación de un gobierno anteriormente lastrado por la pugna de clanes, por un lado, e impedirá la oposición a decisiones perjudiciales de Xi, por el otro.

Los ditirambos de la prensa nacional e internacional sobre el auge de Xi aconsejan una matización. El presidente no es comparable en brillantez, logros ni relevancia histórica con Deng Xiaoping, artífice de la transformación –de un país mohoso, aislado y con una economía planificada que condenaba al hambre– en lo que hoy es China.

A Deng, con la nutrida oposición de los defensores de las esencias maoístas, le bastó su título de presidente de la Asociación Nacional de Bridge para hacerse obedecer. Impuso a su sucesor, Jiang Zemin, y al sucesor de su sucesor, Hu Jintao, una gesta inédita en la historia, que extendió su legado dos décadas. Pero el desaforado culto a la personalidad y la acumulación de medallas en la pechera que ha impuesto Xi podría ser, según algunos expertos, indicio de que no concentra la autoridad que reclama.

“El régimen no es tan poderoso y estable como aparenta en la superficie”, confirma Perry Link, profesor de estudios asiáticos de la Universidad de Princeton. “Existen rivalidades personales en la cúspide y la sociedad no está serenamente satisfecha. Eso explica que tenga que emplear tanto tiempo en purgas y represión o en atizar el nacionalismo. Pero Xi acumula ya un gran poder y su campaña de dominación puede triunfar”, añade.

La nueva era del pensamiento de Xi alude al contexto actual. Mao levantó un país arrodillado, Deng diseñó la apertura económica y Xi lo empujará a una prometida grandeza, cuyos detalles de fondo se desconocen. Su ideario no resiste un análisis minucioso. Son 14 puntos que alternan conceptos ampulosos y vagos, como la “vida armoniosa entre el hombre y la naturaleza” con órdenes sobre la “absoluta autoridad del partido” en todos los órdenes.

Los panegíricos de las vísperas ya sugerían el desenlace triunfante. El pensamiento de Xi es “intelectualmente incisivo, visionario y magnífico”, apuntó Chen Quanguo, jefe del partido de Xinjiang. Bayanqolu, responsable de la provincia de Jilin, describió a Xi como el “Timonel” del partido, en un guiño a Mao. Chen Miner, desde la ciudad de Chongqing, había revelado que, cuanto más leía sus escritos, más profundos y acertados le parecían. Y la agencia Xinhua anunciaba que “China está preparada para recuperar su poder y regresar a la cúspide del mundo” bajo la dirección del presidente.

“Hoy, más de mil 300 millones de chinos viven con júbilo y dignidad. Nuestra tierra irradia un enorme dinamismo. Nuestra civilización china brilla con perdurable esplendor y glamur”, dijo el presidente en el discurso de clausura.

De él se espera que acometa una reforma tan delicada como imprescindible cuando el viejo patrón de las manufacturas ha caducado y el mundo espera que Beijing tome un rol más protagonista. El presidente persigue un plan de modernización bañado en optimismo y confianza que posibilitará en 2035 una “sociedad moderadamente acomodada” y germinará en 2050 en una nación “próspera, fuerte, democrática, de cultura avanzada, armoniosa y bella”. Esos horizontes desbordan su final del mandato, previsto para 2022.

Comité a modo

El paseíllo ante la prensa del nuevo Comité Permanente del Politburó, el órgano que dirige el rumbo del país, es el acto final y más esperado de los congresos.

De la puerta lateral de la Sala Oriental del Gran Palacio del Pueblo emergió Xi con su tranco seguro. En fila india y con rigor castrense lo siguieron Li Keqiang, vicepresidente, y los cinco nuevos miembros del Comité. La rumorología había apuntado durante meses que Xi pretendía reventar las costuras que confabulaban contra sus ínfulas mesiánicas y prolongar su Presidencia más allá de los dos mandatos quinquenales que prevé la Constitución.

El paseíllo apuntaló esa teoría: en el equipo que dirigirá no se atisba heredero, porque todos son sexagenarios y la casuística exige la jubilación a los 68 años. Xi entró al Comité a los 54 años y cinco después sucedió a Hu, siguiendo la tradición que exigía al candidato foguearse bajo el paraguas del mandatario en turno.

La composición del Comité permite los matices. Wang Yang, afiliado a la Liga Juvenil Comunista que auspicia Hu, es la única concesión a otros clanes. En el conjunto hay acólitos y leales durante décadas a Xi y otros, sin más contacto con él que el del último mandato.

No se adivinan rivales que puedan llevarle la contra, pero Xi también podría haber diseñado una lista aún más favorable. No figura Wang Qishan, el poderoso zar anticorrupción que ha limpiado de enemigos su camino y con el que trabó amistad en su juventud. Muchos pensaban que lo impondría en el Comité pese a que su edad lo empujaba al retiro. Tampoco está Chen Miner, lo más parecido a su delfín, cuya inclusión se esperaba.

Es previsible que todos los miembros apoyen sin fisuras a Xi, asegura Stanley Rosen, profesor de ciencia política del Instituto Estados Unidos-China de la Universidad del Sur de California.

“En el anterior Comité Permanente había tres que no le debían la lealtad absoluta. Es interesante que las convenciones no escritas fueran respetadas con la exclusión de Wang Qishan. ¿Fue una concesión de Xi para colocar a cambio a todos los que quisiera? Nadie conoce las discusiones detrás del escenario en estos asuntos”, afirma Rosen.

“Hay suficientes hombres de Xi ahí. Es difícil saber si ha habido concesiones, pero sabemos que su posición es suficientemente sólida para mostrar magnanimidad”, afirma Jonathan Sullivan, director del Instituto de Políticas Chinas de la Universidad de Notthingham. El experto describe a los integrantes como poderosos y capaces de ejecutar las acciones de gobierno, pero cree que su obediencia a Xi los hace más débiles que sus predecesores en el Comité.

La importancia es relativa. La gestión colegiada que impuso Deng Xiaoping para evitar las tropelías del maoísmo quedó sepultada bajo el tsunami de Xi. El Comité Permanente perdió buena parte de su influencia pasada y todo indica que Xi, ya sea desde el Gran Palacio del Pueblo o desde el sofá de su casa, seguirá imponiendo el camino de China mientras viva.

Este reportaje se publicó el 29 de octubre de 2017 en la edición 2139 de la revista Proceso.

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