Vitra Campus, prodigio multicultural

En la esquina del encuentro de tres países europeos que baña el río Rhin (Francia, Suiza y Alemania), los terrenos germanos del Vitra Campus conjugan una insólita fusión entre arquitectura, diseño y arte con el sello de excelencia que ha hecho destellar a la empresa de la familia Fehlbaum, una de las más sobresalientes fábricas de muebles en el mundo. Y en uno de cuyos edificios se aloja el archivo del arquitecto Luis Barragán.

WEIL AM RHEIN, Alemania (Proceso).- Arquitectura, diseño e industria mobiliaria alientan la trilogía cultural del Vitra Campus, insólito asentamiento enmarcado entre arboledas y jardines recreativos de esta villa alemana, limítrofe con las aguas del río Rhin que la une por el sur a Basilea, Suiza, y por el occidente a Huningue.

No existe tal vez en el planeta sitio alguno que haya reunido de manera similar tanta riqueza arquitectónica en un espacio ceñido, como ofrecen aquí los edificios destacados que crearon casi azarosamente una veintena de arquitectos notables a partir de 1981 (cuando las instalaciones de la empresa Vitra se incendiaron y el fuego las redujo a cenizas). Por ejemplo:

Jean Pouvé, con su Gasolinera (1953/2003); Nicholas Grimshaw para dos construcciones manufactureras (de 1981 a 1983); Frank O. Gehry (Premio Pritzker de Arquitectura 1989) con la fábrica de muebles, y el emblemático Museo de Diseño Vitra (1989) con su galería (2003); el japonés Tadao Ando (Pritzker 1995) para el austero Pabellón de Conferencias (1993), y la inglesa Zaha Hadid (Pritzker 2004) con  expresiva Estación de Bomberos (1993).

También Álvaro Siza de Portugal para el Paseo de 500 metros que conecta la entrada norte (1994), R. Buckminster Fuller y T. C. Howard con un Domo Geodésico (2000), la nipona SANAA y su circular Bodega Logística (2012), los basilienses Jacques Herzog y Pierre de Meuron (Pritzker 2001) para los bloques de exposición y venta de accesorios VitraHaus (2010), más la Vitra Schaudepot (2016). De ladrillos anaranjados, esta última expone materiales de laboratorio y una colección de 400 muebles modernos del director emérito y miembro activo de la directiva Vitra, Rolf Felhbaum (Basilea, abril 6 de 1941), exhibiéndose cronológicamente al público.

Una de las sillas ahí presentadas la diseñó Luis Barragán Morfín, el único mexicano que ha recibido el Premio Pritzker (1980).

Clásicos de lujo

Marido de la arquitecta veneciana Federica Zanco, quien cataloga con un equipo profesional de investigadores el archivo de Luis Barragán en la Fundación Barragán de Suiza, Felhbaum es copropietario de Vitra, hoy conducida por su sobrina Nora, joven perteneciente a la tercera generación de un linaje con orígenes ebanistas en Basilea y Friburgo.

Con modales finos y mirada profunda, Felhbaum expresa a Proceso:

“Probablemente lo que me hace sentir más orgulloso de todo el negocio familiar es el Vitra Campus y las acciones culturales que se llevan allí a cabo; lo visitan 350 mil personas al año, tanto niños y adultos pueden aprender acerca de arquitectura, diseño y fabricación de mobiliario. O también ir a comer bonito y comprar souvenirs, correr libremente, contemplar y entender más acerca de la arquitectura, eso brinda un enorme universo de satisfacciones.”

Hombre optimista, desde mediados del siglo pasado acompaña la estafeta de la compañía Vitra de sus padres Willi y Érica; confrontado por la necesidad de crear nuevos edificios fabriles en terrenos de Weil am Rhein, llamó a constructores que le otorgasen una identidad arquitectónica al lugar.

Desde el VitraHaus Cafè o el restorán Depot Deli de Schaudepot, amén de la degustación de joyas culinarias, se observan algunas instalaciones: las gigantescas Herramientas en Balance (1964) de los pioneros del pop art Claes Oldenburg y Coosje van Bruggen, aparte de la vivienda minimalista Diógenes (2013) de Renzo Piano, y los 30 metros de alto de la Torre Tobogán Vitra (2014) de Carsten Höller, hasta la parada de camión por Jasper Morrison al oriente (2006) que cumple los preceptos Vitra de arte para uso cotidiano.

El pasado 30 de septiembre, el Museo de Diseño (cuyo trabajo primordial se basa en una colección de 7 mil muebles y mil lámparas) inauguró An Eames Celebration, cuatro exposiciones paralelas que despliegan famosas piezas de Charles y Ray Eames, pareja californiana clave para el arte del diseño producido en el siglo XX. Charles & Ray Eames. The Power of Design (La fuerza del diseño) estará hasta el 25 de febrero de 2018 dentro del impresionante conjunto.

Dicen Mateo Kries y Narc Zehntner, al frente del museo:

“En el Campus Vitra una nueva definición de cultura industrial surgió desde comienzos de los años 1980. A diferencia de la arquitectura corporativa uniforme y típica hasta esa época, un ensamble de edificios varios ha tomado forma. Esta diversidad arquitectónica es reflejo de un amplio rango definido por firmas distintivas de diseñadores diferentes, con héroes de la centuria anterior como los Eames, y los de hoy.” (https://www.vitra.com/es-es/campus)

A lo largo de la ruta 24 Pasos, el artista contemporáneo Tobias Rehberger trazó un recorrido con igual número de “estaciones”, la vía Rehberger-Weg, formada por objetos de arte que gozan los caminantes cuya senda natural arranca en la campana del Vitra Campus y verdea a cinco kilómetros, unificando Alemania y Suiza; cruza el Rhin y desemboca en la campana de la Fundación Beyeler (museo concebido por el genovés Renzo Piano) en Riehen. Vitra Campus abre al público los 365 días del año.

Dice pausadamente Rolf Fehlbaum en las oficinas del Vitra Center, construidas hacia 1994 por Gehry en Birsfelden, al oriente de Basilea:

“Si bien nuestro producto principal es fabricar muebles, no hay que olvidar aquellas colecciones que con el tiempo hemos adquirido, estudiamos y exhibimos, con los catálogos y libros en Vitra; me refiero a los bienes de Alexander Girard que nos fueron confiados en 1961; los de George Nelson, Charles y Ray Eames o del dinamarqués Verner Panton, todos magníficos diseñadores”.

–¿Su arquitecto preferido?

–Todos los que han trabajado con nosotros… Aunque hay uno en especial del cual hemos hecho exposiciones y cuyo legado tenemos aquí, que me parece excelente: el arquitecto mexicano Luis Barragán. La arquitectura no es mi fuerte; sin embargo, llevamos estudiando su archivo más de 20 años.

–¿De qué manera afectó a Vitra el escándalo armado por la neoyorquina Jill Magid al abrir la tumba de Luis Barragán y convertir sus cenizas en un anillo de compromiso, mismo que le ofreció a usted y a Federica Zanco supuestamente si devolvían los archivos del arquitecto jalisciense a México?

Gentil, el hombre sencillo de lentes, camisa pulcra, chaleco, saco, pantalones y zapatos negros, responde veloz:

–En nada. Es algo totalmente ajeno a nosotros. No es algo que particularmente nos quite el sueño en Vitra. Feliz a sus 76 años, el emprendedor del diseño ríe. Quizá por su mente cavila el fracaso de la muestra de Jill Magid, The Proposal, que cerró el domingo 8 de octubre en el Museo de Arte Contemporáneo (MUAC) de la UNAM, con apenas 50 mil curiosos en cinco meses y una semana (Proceso, 2076, 2079 y 2111).

–¿Desearía manifestar algo para los lectores mexicanos de Proceso?

–En especial, el archivo de Barragán es uno de los más grandiosos de la arquitectura. Lo llevamos catalogando desde hace más de dos décadas, de ahí que me parezca absurdo pensar que está aquí por haber sido un regalo de bodas [a su mujer Federica Zanco], aparte de que ese no es por ningún motivo lo que pensaba yo al comprarlo en Nueva York.

“Si quisiera darle un regalo personal a mi esposa, lo haría privadamente. Este archivo no es propiedad privada, sino parte de nuestro trabajo. Es nuestra misión cultural invertir en archivos, en colecciones, y en este sentido asumir que el archivo Barragán ha sido un regalo de bodas es una presunción absurda. De verdad, me parece ridícula. Y todo ese cuento de que al archivo lo hemos venido explotando económicamente es completamente irrisorio, porque durante 20 años invertimos para organizarlo, y trabajar un catálogo no brinda ganancias monetarias. Una pequeña cantidad sale de los derechos de autor que de ningún modo cubre el enorme costo de la operación, es disparatado suponer que nuestro sueño sea monopolizar para obtener un dineral.

“Lo nuestro son los muebles. Y las acciones culturales de Vitra agregan beneficios extra al negocio que nada tienen que ver con el mercantilismo; no creemos en sacarle jugo al arte con fines de lucro, aspiramos solamente a un resultado cultural. Eso es lo más importante.”

Este reportaje se publicó el 29 de octubre de 2017 en la edición 2139 de la revista Proceso.

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