“Still Life (2013)”: Italia en el Cervantino

GUANAJUATO, Gto. (Proceso).- Naturaleza muerta (2013) refleja en sí la paradoja de la vida que plantea la compañía italiana ricci/forte (Steffano Ricci y Gianni Forte), que presentó esta puesta en escena en la última jornada del Festival Cervantino. Estamos vivos, sí, pero también muertos, siendo el sistema social imperante el que mata cualquier diferencia que, al ser condenada, conlleva a la muerte.

El punto de partida es pues la muerte de un adolescente que se colgó de su bufanda en 2013, siendo alumno del Liceo Cavour de Roma, pues sufría acoso a través de las redes sociales por ser homosexual y vestir ropa color de rosa. El hecho impactó a la sociedad italiana y puso en la mesa de la discusión el acoso escolar que, como sabemos, se extiende a nuestra sociedad mexicana.

Naturaleza muerta (2013) –Still Life (2013)– utiliza la palabra y la acción para jugar con múltiples sentimientos y realidades alrededor de la preferencia sexual del individuo y su castigo. Es una denuncia, pero los recursos que se utilizan no son directos ni rígidos. Las imágenes aleatorias y el desarrollo de temas son trabajados a través del performance, el baile, escenas provocadoras y actos que involucran directamente al público. Es una propuesta subversiva y crítica sin caer en el panfleto. Un canto a la vida evidenciando la violencia. El abordaje no es lineal sino curvilíneo, que rompe con lo esperado y con las formas clásicas de denuncia.

Los actores utilizan principalmente su cuerpo como medio de expresión, y las imágenes en movimiento se salen de lo previsible y nos llevan al mundo del inconsciente, de la espontaneidad y la asociación libre. Sus acciones son violentas y en muchos casos molestas para algunos espectadores. Tenemos por ejemplo el momento en que, con música estridente de fondo, un joven con walkmans al oído se desnuda y camina al proscenio para ser paulatinamente golpeado con botas lodosas que dejan huellas en su cuerpo y sangre entre sus labios.

Las acciones que nos muestran son poderosas, a veces con un mensaje explícito, como la anterior, y otras evocativo, como cuando los actores se convierten en patos y las plumas vuelan por todos lados, o cuando se mojan felices con regaderas, como si fueran plantas, y bailan y abrazan festejando la amistad. También tocan los sentimientos y nos hacen reflexionar, como cuando dos mujeres, empapadas, se sientan en el suelo y llorando y riendo al mismo tiempo enumeran las cosas que no le enseñarán a su hijo y que tienen que ver con simplezas de la vida: “y no te enseñaré a echar a andar el limpiaparabrisas cuando se acerque un chico que lo quiere hacer por unas monedas”, “ni decir que a tu amiguito lo vinieron a recoger dos amigos sino te diré que son sus dos padres”.

El público en Guanajuato se quedó estupefacto cuando los actores se bajaron a besar en la boca a gente de su mismo sexo; algunos se negaron, otros guardaron silencio apenados, y otros, azorados, sintieron en sus entrañas lo que estaban viendo y escuchando en la obra.

Naturaleza muerta (2013) fue un gran espectáculo, que además de la fuerza de sus imágenes y los juegos constantes en los que sus intérpretes se involucraban, nos hacían sentir esa contradicción que experimentamos en nuestra sociedad: la felicidad y la alegría de vivir y el drama que significa la libertad coartada.

Este texto se publicó el 5 de noviembre de 2017 en la edición 2140 de la revista Proceso.

Comentarios