Rubén Ramírez narró a Proceso la noche del crimen “que no cometí”

LIVINGSTON, Texas.- En 2008, Rubén Ramírez Cárdenas llevaba diez años esperando que el estado de Texas programara la fecha de su ejecución.

Entrevistado entonces declaró a Proceso: “A veces se fastidia uno. De a tiro, uno a veces se pone a pensar: mejor que ya se acabe todo. Pero lo dice uno por lo que mira que está pasando en ese momento. Es desesperante”.

De piel blanca y mediana estatura, con el cabello corto, partido por un lado y con algunas canas, Ramírez tenía 38 años cuando concedió la entrevista al reportero Luciano Campos, corresponsal de Proceso en Nuevo León.

Rubén fue acusado de violar y estrangular el 22 de febrero de 1997 a su prima hermana Mayra Azucena Laguna, de 16 años, en la ciudad de Edinburg, Texas, donde los dos eran vecinos.

A continuación, un fragmento de aquella conversación:

En su español texano, cuenta que se casó en 1989, que tiene dos hijos gemelos que ese año cumplieron la mayoría de edad, pero también dice que no quería hablar más de ellos. Está casado pero ya no ve a su esposa. Se separó de ella antes del encierro.

No puede tener contacto físico con nadie. “Está duro, de perdido que lo dejaran a uno tener contacto con la familia, abrazar al papá, a la mamá, a la esposa, pero ni eso”. La última vez que el reo pudo abrazar a su padre y a su madre fue en el año 2000, en una audiencia en la corte del condado de Hidalgo. Poco después su padre falleció.

Rubén dice que no asesinó a su prima. Reconoce que la noche del 27 de febrero de 1997 tomó pastillas, cocaína y alcohol, pero afirma que se durmió en el coche luego de una larga parranda con su amigo Antonio Castillo, a quien señala como el autor del crimen.

Pero las autoridades no quieren escucharlo. Castillo fue sentenciado a más de 20 años de prisión por el mismo homicidio.

Asegura que los agentes que lo detuvieron cometieron abusos: lo interrogaron durante dos días sin dejarlo descansar y lo amenazaron con hacerle daño a su familia. Así terminaron por romper su voluntad y él firmó los documentos que le pusieron enfrente.

“Lo que yo quiero es un juicio nuevo, porque el abogado que me dieron no me ayudó para nada. Hubo muchas irregularidades en mi caso (…). La única razón por la que me hallaron culpable fue porque firmé una confesión que no hice, fue lo único por lo que me hicieron convicto”, argumenta.

Dicha confesión no coincide con la declaración inicial, y él confía en que si se revisan las evidencias se demostrará que no participó en el asesinato. “¿Por qué voy a pagar por algo en que ellos (las autoridades judiciales) fallaron?”, cuestiona.

Relata que su madre, doña Juanita, alguna vez se entrevistó con el presidente Vicente Fox, quien le habría prometido interceder por él, pero nada ocurrió. La señora también ha buscado a las actuales autoridades mexicanas, a periodistas y a defensores de los derechos humanos para que intercedan por su hijo.

Nunca ha sido notificado de alguna fecha para su ejecución. “A veces uno ni se da cuenta hasta el último minuto. Ni el abogado. Se enteran primero (los que dan) las noticias”.

Para no perder la razón, trata de no pensar en su encierro:

“Trato de que no me afecte. Uno platica a veces con otras personas sobre lo que hacía tiempo atrás, cuando andaba afuera, o te pones a oír en el radio qué pasa afuera, o te pones a leer, porque si nomás te la pasas pensando, hay muchos internos aquí que de repente se les va la onda, que la mente les empieza a fallar.

“Es desesperante, pero no puede hacer uno nada. En veces grito, y los vecinos me preguntan: ‘Hey, ¿qué te pasa?’ Y yo les digo que nomás estoy soltando un poquito de estrés. Si lo retiene uno adentro todo, está canijo.”

La trampa

Rubén tiene dos hermanos y dos hermanas; ellos y su madre creen en su inocencia. No así su tía, la madre de la joven asesinada, quien le retiró el saludo a toda la familia desde el día del crimen.

Cuando era niño, la familia se mudó de Irapuato a Reynosa, Tamaulipas. A la primera oportunidad cruzó a Edinburg, donde se estableció, y ahí Ramírez Cárdenas fue a la escuela. Abandonó la preparatoria cuando le faltaba un año para terminarla.

Cuando se cometió el asesinato, él tenía 27 años y trabajaba en un taller de reparación de máquinas pulidoras de pisos. Esa noche doña Juanita le dijo que del trabajo se fuera directo a su casa. “Yo, de terco, me fui con los amigos y nos pusimos a pistear… y mira dónde ando ahora”, dice con una sonrisa triste.

Recuerda que, a las 5:00 o 6:00 de la madrugada, Antonio Castillo le dio unas pastillas para que se “sintiera bien” y se quedó dormido.

Despertó más tarde en su coche y volvió a su casa.

Cuando llegó había un alboroto. Le dijeron que su mamá había ido a la casa de su tía. Se enteró de que el cadáver de Mayra Azucena había aparecido en un canal de un área despoblada de Edinburg, cerca de la frontera con Reynosa.

La policía interrogó a Rubén y él contó sus andanzas de la noche anterior. Unos agentes le tomaron fotografías y lo presentaron ante testigos. Fue liberado en seguida, pero horas después lo detuvieron. Le preguntaron entonces si había ido a buscar drogas en casa de su prima y él respondió que sí.

“De ahí se agarraron y trajeron al amigo mío ese que me dio las pastillas, y dijo todo lo que había sucedido y que yo lo había hecho. Pero si yo estaba dormido, no sé ni qué pasó. Todo, bueno, no todo, apuntaba a mí, pero hubo un testigo que lo señaló a él, a Antonio Castillo”, dice.

Como parte de las inconsistencias de la investigación, Ramírez Cárdenas enfatiza una contradicción: la policía dice que Mayra Azucena murió estrangulada, pero cuando la encontraron tenía heridas y rastros de sangre en todo el cuerpo. La policía lo acusó de haberla asesinado en su coche, pero si hubiera sido así -argumenta- el auto tendría manchas de sangre. Y los exámenes del interior demostraron lo contrario.

Quienes lo obligaron a firmar la confesión falsa, dice, fueron los sargentos Palomo y Sáenz, de la policía de Edinburg.

La vida en gris

El prolongado encierro angustia a Rubén Ramírez, quien ocupa el tiempo en distraerse cuanto puede. Lee libros de vaqueros y la Biblia, escucha a los integrantes de grupos religiosos que van al presidio a predicar y dice que sí siente paz, aunque no cree ser un buen católico.

Como única actividad manual se le permite dibujar, ya que nadie trabaja en Polunsky. También dibuja retratos de personas a partir de fotos publicadas en el periódico, que llega ocasionalmente, y envía sus obras por correo a familiares y amigos.

En su celda hay una máquina de escribir; la usa para responder cartas que le envían parientes y desconocidos que se enteran de su caso. Ha pensado en escribir sus memorias, pero no se ha decidido.

De todas maneras, dice, “aquí todo es rutina. Te preguntan por la mañana si vas a querer recreo y te dan dos horas. Es como una jaula grande, frente a la celda. A uno lo llevan a la regadera a bañarse, le pasan el plato de la comida. Uno se espera todo el resto del día encerrado, oyendo el radio, leyendo un libro”…

En esta prisión no hay televisión ni computadoras. Los lujos de Rubén son una cafetera, un abanico y un radio. Escucha música en español a través de una estación que conoce como La Raza. No le interesan las noticias sobre la política mexicana.

Claro que ha pensado en la muerte: “Sí lo piensa uno, pero no me da miedo, yo estoy consciente de que no hice nada. Si llega a matarme esta gente, tengo la conciencia limpia porque sé que no lo hice”.

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