Proceso

Destacan que la organización, y no las armas, fue lo que salvó a Tancítaro del crimen organizado

Autodefensas mantienen barricadas en Tancítaro, Michoacán. Foto: Miguel Dimayuga

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La construcción de la paz en Tancítaro, Michoacán, no ha tenido que ver con las armas, sino con la capacidad organizativa de la gente que por casi una década sufrió las amenazas de los cárteles del narcotráfico.

Así lo señaló Adrián de Jesús Ramírez, coordinador del Programa de Reconstrucción del Tejido Social en Reconciliación Familiar, durante su participación en el ciclo Construcción de paz con perspectiva de género, organizado por el Programa de Asuntos de Género de la Universidad Iberoamericana (Ibero).

Tras destacar que el próximo jueves 16 se cumplen cuatro años de que los grupos de autodefensa tomaron el control de la seguridad de Tancítaro, Ramírez aseguró que los pobladores del municipio tienen presente que fue la organización, y no las armas, lo que los salvó.

Este tiempo ha implicado un proceso de aprendizaje comunitario, de relatar el dolor que no fue expresado durante el tiempo que estuvo el crimen organizado, subrayó.

“Es un pueblo armado, pero no es violento ni agresivo. La comunidad tiene sus reglas para decidir en qué momento se usan las armas. Están en las barricadas, pero no se utilizan en otro momento. Sin embargo, ellos se preguntan hasta cuándo van a tener que estar armados, hasta cuándo van a tener que desvelarse dos días a la semana, pues no sienten seguridad estatal ni del gobierno mexicano”, señaló el maestro en terapia familiar.

De acuerdo con un comunicado difundido por la Ibero, entre 2004 y 2013, cárteles del narcotráfico como “La Familia Michoacana”, Los Zetas y “Los Caballeros Templarios” sometieron a la comunidad de Tancítaro.

“Los pobladores perdieron su libertad y la esperanza de una organización comunitaria, pues cada que intentaban hacer algo, se incrementaban los secuestros y asesinatos, el miedo se los impedía”, refiere el texto.

Destacó que en 2013 el doctor José Manuel Mireles llegó a la zona con un grupo de personas armadas de comunidades cercanas (La Ruana y Apatzingán) y ahí empezó un proceso de liberación. Este factor animó a la población de Tancítaro a revertir su situación de vivir como esclavos del crimen.

Así, el 16 de noviembre fue declarado el “Día de la Comunidad”, porque el pueblo se organizó y expulsó a los cárteles. Cuando Mireles se fue del municipio quedó la organización social denominada “Los Comunitarios”.

El pueblo se organizó, instaló barricadas o casetas de vigilancia que están en la entrada y salida de 70 comunidades de un total de 83. Esto generó un proceso en el que, a partir de los 18 años, los pobladores deben sumarse a las barricadas.

“El dolor por sus muertos fue lo que animó a la comunidad a tomar conciencia de que hay posibilidades y deseos; a mantener esta organización que celebrará su cuarto año. De mantener un proceso de paz a través de la organización comunitaria”, enfatizó Ramírez.

Señaló que durante muchos meses le tocó escuchar el dolor y el enojo en contra del gobierno, el Ejército y los policías por guardar silencio ante el reclamo social que hubo. “Incluso nosotros éramos vistos con enojo”, dijo.

De acuerdo con el terapeuta, después de vivir una situación de violencia, los sufrimientos no hablados se convierten en problemas emocionales, dificultades para comer, dormir o encontrar la paz.

Otra de las situaciones que dejó el crimen fue un alto consumo de drogas, añadió, por lo que implementaron un programa de tratamiento de adicciones con enfoque comunitario.

También se empezó trabajar en programas de reconstrucción de otras áreas, como la educación por la paz en las escuelas, la economía social y solidaria, un modelo menos agresivo en el territorio y más compartido.

Fue repensar en otro modelo de organización: que el poder estaba en la comunidad, y empezar a utilizarlo para la construcción de la paz y del tejido social, a través de un enfoque de espiritualidad comunitaria y de un proceso de reflexión.

“Reconstruir la confianza es un proceso que lleva mucho tiempo, pero también es reconstruir desde adentro de las personas algo que se fracturó, que se fragmentó. Empezar a reunirnos fue difícil porque la gente no quería hablar. Con el tiempo se reconstruyó. Abrimos espacios de dialogo”, resaltó Ramírez, quien tenía la misión de facilitar procesos a través de un análisis de la comunidad.

Según el facilitador de procesos de psicoterapia grupal para víctimas de violencia, así como personas con estrés postraumático, el crimen empezó a entrar “porque la gente estaba separada. La sensación de autonomía, riqueza y autosuficiencia permitió que la comunidad se fragmentara, se rompió el tejido social, y para reconstruirlo tiene que ser a partir del encuentro y revinculación con la gente y con la tierra”.