Mi padre no delató al Che: Laurence Debray

El intelectual Regis Debray y su compañera Elizabeth Burgos siempre ocultaron a su hija Laurence los secretos de sus acciones revolucionarias. Ante ese silencio, la joven se sumergió en lo opuesto de aquello por lo que sus padres lucharon. Fue trader de bancos estadunidenses y escribió sobre la realeza española… hasta que decidió ajustar cuentas con el pasado. Así nació Hija de revolucionarios, libro que hurga en el papel de sus padres en el movimiento revolucionario de América Latina y que rebate el estigma que persigue al filósofo y escritor francés: ¿Regis delató al Che Guevara en Bolivia? No, no lo hizo ni estando bajo tortura, responde.

PARÍS (Proceso).- Un día un niño agredió a Laurence Debray en el patio de su escuela. Le gritó que era hija de un preso político y… quizás de un terrorista.

“Pedí explicaciones a mis padres, pero me topé con un muro de silencio”, confía.

Otro día, esta vez en un campo de pioneros en Cuba, se enteró de que su padre era “un héroe de la Revolución”.

“De regreso a Francia volví a interrogar a mis padres. En vano.”

Más recientemente, un periodista español le preguntó sin rodeos: “¿Es usted la hija del intelectual francés que delató al Che?”

“Exigí de mi padre que me dijera la verdad de una vez por todas. Mismo mutismo.”

Sentada en Le Select, uno de los cafés “míticos” del barrio de Montparnasse, la hija de Regis Debray y Elizabeth Burgos habla con gran sinceridad de la génesis de su libro Fille de révolutionnaires (Hija de revolucionarios). Publicada a principios de este mes, la obra hace correr mucha tinta en Francia.

“Me interesa mucho saber cómo el libro será recibido en América Latina”, comenta la escritora, quien acaba de firmar un contrato con la editorial Anagrama para su publicación en español.

Ojos azules de su padre, delgadez elegante de su madre, inteligencia, espontaneidad y frescura propias, Laurence dista de aparentar sus 43 años.

No es fácil encontrar su lugar en la sombra de dos personajes que llevan 50 años siendo, para bien o para mal, referencias en Francia y que “aún hoy se obstinan en excluirme de su juventud revolucionaria”, admite esbozando una sonrisa.

Arreglo de cuentas

Detenido y encarcelado en Bolivia en abril de 1967, después de haber pasado un mes en la guerrilla con el Che, Regis Debray se convirtió en el arquetipo del intelectual comprometido con las luchas revolucionarias de América Latina antes de tomar, progresivamente, distancia de Cuba y luego de Latinoamérica.

Estrecho colaborador de François Mitte­rrand entre 1981 y 1985, acabó apartándose del ejercicio del poder para dedicarse a la literatura, la filosofía y la “mediología”, nueva ciencia que él mismo define como “el análisis de las interacciones pasadas y presentes entre técnica y cultura”. Autor de unos 70 libros, Debray erigió su propio pedestal desde el que observa a Francia y al mundo con una mezcla de desapego y desdén.

Escritora, antropóloga y especialista en etnopsiquiatría, Elizabeth Burgos nació en Venezuela en una familia de terratenientes venidos a menos. Involucrada con la guerrilla venezolana en los sesenta, tomó distancia de Cuba pero, a diferencia de Debray, mantiene lazos estrechos y solidarios con “su” continente latinoamericano. Su libro, Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, publicado en 1983 y traducido a numerosos idiomas, dio a conocer internacionalmente la situación de los pueblos indígenas de Guatemala y permitió que la joven activista quiché Rigoberta Menchú se convirtiera en Premio Nobel de la Paz en 1992.

El impacto de Fille de révolutionnaires parece asombrar a Laurence Debray. La sorprende también que críticos y lectores consideren su libro, antes que todo, un arreglo de cuentas con sus padres.

“Ese libro es mi respuesta al silencio de mis padres que nunca aceptaron hablarme de sus compromisos revolucionarios”, enfatiza. “Que lo quieran o no, soy heredera de su historia y necesito conocerla. Fue tan fuerte su silencio, que acabé apartándome de su mundo. Pero, finalmente, graves motivos personales me llevaron a excavar su pasado”.

–La expresión “apartarse de su mundo” es un eufemismo. Usted inició su carrera profesional siendo trader en importantes bancos estadunidenses. Me imagino que no les hizo mayor gracia a sus padres.

–Pues no –dice riéndose–. Trabajé 10 años en el mundo de las finanzas: tres en Nueva York y siete en Francia.

–Y por si eso fuera poco, en 2013 publicó La forja de un rey: Juan Carlos I, de sucesor de Franco a rey de España.

Otra risa.

–Me interesó el proceso de transición democrática español y el papel que en ella jugó el rey. No me molesta confesar que me gusta ese personaje. También participé en la realización de un documental que parte de mi investigación.

–Usted alude a razones personales que la llevaron a interrogarse de nuevo sobre la juventud revolucionaria de sus padres.

–Sufrí un grave accidente de coche y viví intensamente la última batalla de mi cuñado contra el cáncer. Estos dos acontecimientos me ayudaron a volver a lo esencial. Dejé las finanzas y me sumergí en la vida de mis padres. Busqué entender a estos dos seres que siempre me parecieron extraterrestres.

Enlace con la guerrilla

Fille de révolutionnaires es un libro de construcción compleja que consta de dos partes muy distintas. La primera es una investigación histórica sobre la década 1963-1973 que fue determinante en la existencia de Regis Debray y Elizabeth Burgos.

La segunda es autobiográfica y empieza en 1976, con el nacimiento de Laurence Debray. En ella, la autora se muestra a veces cáustica, a menudo implacable con sus progenitores, mucho más absorbidos por sus múltiples actividades políticas e intelectuales que por su hija.

Ese momento de conmemoración de la muerte del Che Guevara es la primera parte de Filles de Révolutionnaires la que más destaca.

Para escribirla, Laurence entrevistó a testigos e hijos de testigos de la época. Y le arrancó, a pesar de todo, una que otra confidencia a su madre. Exploró los archivos de los medios franceses que durante casi cuatro años cubrieron ampliamente “El caso Debray”. Descubrió elementos jamás explotados en los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores. El resultado de estas investigaciones es un relato vivo y mordaz que nada tiene que envidiar a los mejores guiones de series políticas.

En 1961 Regis Debray tenía 21 años. Hijo rebelde, culto e inteligente de una familia de la alta burguesía parisina. Vacila entre estudiar cine o filosofía. Y de repente lo deja todo para recorrer Estados Unidos en camión. Luego viaja a Cuba, donde participa en la campaña de alfabetización.

“Es difícil saber cómo logró enseñar a leer y a escribir a los cubanos –comenta, divertida, Laurence– porque en ese entonces apenas chapurreaba­ español”, comenta.­

Ese viaje consolida el sentimiento antiestadunidense que Debray sigue profesando hasta la fecha, y da nacimiento a su pasión por América Latina, que hoy tiene olvidada.

En 1963 llega a Caracas con la intención de realizar un documental sobre la guerrilla venezolana. Conoce a Elizabeth Burgos, una revolucionaria convencida.

“Es gracias a mi madre que mi padre descubre lo que significa un compromiso político real que nada tiene que ver con el de sus amigos de Saint Germain (barrio favorito de la inteligentsia parisina)”, afirma Laurence.

Debray y Burgos no tardan en pasar a la clandestinidad, sirviendo de enlace con la guerrilla y consiguiendo armas.

En 1964 el gobierno de Raúl Leoni desata­ una represión sin merced contra los “subversivos”. La pareja huye a Colombia y luego, gracias a una red de contactos con organizaciones de izquierda, varias de ellas ligadas a la lucha armada, emprenden un viaje de 18 meses por América Latina.

Acaban detenidos en Perú. La madre de Debray, dinámica política de derecha, ligada a Charles de Gaulle, mueve sus contactos y logra la liberación de la oveja negra de la familia. No lo sabe todavía, pero tres años después le tocará hacer lo mismo en Bolivia.

Las autoridades peruanas expulsan a Debray y a Burgos hacia Chile.

“Radicales y prepotentes, mis padres miran con cierto desprecio a Salvador Allende. Para ellos es un demócrata burgués que rehúsa someterse al diktat de Fidel Castro”, subraya hoy su hija en tono exasperado. Y agrega: “Siguen su camino hasta Bolivia, donde establecen contactos con la poderosa Central Obrera Boliviana, que les abre todas las puertas. Se separan unos meses y se vuelven a encontrar en París”.

En enero de 1965 Regis Debray publica el artículo “El castrismo: la larga marcha de América Latina” en la revista Les Temps Modernes, dirigida por Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. La traducción al español llega a manos de Fidel Castro.

Debray no lo sabe y se asombra cuando el líder cubano lo invita a integrar el jurado del Premio Casa de las Américas, al tiempo que solicita la presencia de Elizabeth Burgos en la Tricontinental, la “cumbre de los oprimidos del mundo que se propone fomentar la revolución mundial y desestabilizar el imperialismo estadunidense”, sintetiza Laurence.

Ese viaje a Cuba cambia el destino de Debray y Burgos. Cuando Fidel Castro les propone quedarse en Cuba, ambos aceptan, entusiasmados.­

Una noche, el comandante irrumpe en la habitación del hotel donde están hospedados y se queda hablando de política hasta la madrugada. Seguirán muchas otras conversaciones nocturnas.

“Mis padres acaban viviendo en un departamento modesto y se integran a una escuela especial para revolucionarios profesionales –precisa Laurence–. Les toca de todo: entrenamiento militar, manejo de armas, técnicas de espionaje, marchas en la sierra… Y de noche siguen las pláticas políticas con el ‘líder máximo’. En realidad, Fidel habla. Mi padre apunta, teoriza su pensamiento, organiza sus intuiciones y sintetiza sus análisis. Mi padre escribe en francés, mi madre traduce al español, Fidel vuelve a leer y corrige. Es así como nace Revolución en la Revolución, breviario del foquismo, esa teoría que no tardará en encarnar el Che.”

Laurence comenta: “Por supuesto, mis padres estaban en la mira de la CIA. Sobran documentos que lo demuestran hoy; hace 50 años no era difícil imaginarlo. ¿Por qué en esas condiciones Castro envía a mi padre a Bolivia como agente de enlace con el Che?”.

Debray sale a Bolivia en febrero de 1967, dos meses antes de un viaje oficial de sus padres a La Habana. La madre de Debray preside el Festival Internacional de la Danza que acaba de condecorar a la gran bailarina Alicia Alonso. Por supuesto, la pareja no estaba enterada de las actividades secretas de su hijo y no entiende por qué no los viene a buscar al aeropuerto.

Dos días después de su llegada a la isla caribeña, el embajador de Francia en Cuba les enseña un cable de la agencia AFP. Se habla de la muerte de un francés de apellido Debray o Lebrey en un enfrentamiento entre militares y guerrilleros bolivianos procastristas. Es el 24 abril de 1967.

Janine Alexandre Debray es una mujer de armas tomar que ocupa un puesto relevante en la administración parisina. Le bastan sólo unas horas para concertar una cita con Fidel Castro. Elizabeth Burgos es su intérprete. Castro y Burgos están convencidos de que Debray está vivo y preso en algún lugar secreto.

“Mis abuelos nada tenían en común con Castro, pero el encuentro fue cordial y directo. Al día siguiente salieron para Francia con la firme intención de mover cielo y tierra para salvar a su hijo y así lo hicieron. Solicitaron (ayuda) hasta a Paulo VI y a De Gaulle. Ambos se movilizaron.”

“Mi padre no habló”

Laurence Debray reproduce en su libro telegramas que intercambiaron el general De Gaulle, quien presidía Francia, y el general René Barrientos, quien dirigía Bolivia. Son de antología.

De Gaulle escribe: “Quisiera señalar a su atención la importancia que otorgo a su vida (la de Debray) que, en última instancia depende de usted. Es posible que ese universitario joven y brillante se haya dejado llevar por sus prejuicios excesivos y su espíritu de aventura. Pero sería lamentable que por un error de juventud se pusiera fin a una existencia llena de promesas y a una posibilidad de enmienda sincera”.

Lapidario, Barrientos contesta: “Es posible que en Francia, y según su generoso concepto, se lo considere como ‘un universitario joven y brillante’. Desafortunadamente, aquí en Bolivia sólo conocemos a un intruso subversivo gravemente involucrado en el asesinato de 27 soldados, civiles y oficiales de nuestras fuerzas armadas, que es, además, un teórico de la violencia puesta al servicio de la destrucción del orden institucional”.

Laurence también señala el papel capital jugado por el comandante Rubén Sánchez, quien se encuentra en la guarnición de Camiri, donde está encarcelado Debray. El militar, hermano de Gustavo Sánchez, periodista y activista de izquierda, muy amigo de Debray y de Burgos, se rehúsa a cumplir la orden de “ejecutar al francés” y convence a su jerarquía de que, por ser detentor de informaciones importantes, Debray resulta más útil vivo que muerto.

Bajo presión de París, Washington también intenta salvar la cabeza del compañero de ruta de Fidel Castro y enemigo declarado del “imperialismo yanqui”. Prueba de ello, un télex que Laurence Debray saca de los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores. Lo envía el Departamento de Estado al embajador de Estados Unidos en Francia.

Dice: “La misión US en La Paz aprovecha todas las oportunidades para dar a entender al gobierno boliviano que el preso tiene que ser tratado con humanidad. Usted puede transmitir esa información a la familia”.

Laurence Debray nunca logró saber qué tuvo que aguantar su padre durante los interrogatorios a los que fue sometido. “Sólo pude ver las secuelas de la tortura en las uñas de sus pies”, confía.

¿Habló o no Debray bajo tortura? ¿Delató o no al Che? Su hija no elude las preguntas que hasta la fecha surgen esporádicamente. Analiza los argumentos de unos y otros. Consulta archivos inéditos. Al igual que numerosos historiadores y biógrafos del Che, llega a la conclusión de que su padre no habló.

Menciona los planos y los retratos de los compañeros del Che, dibujados por Ciro Bustos, sin jamás juzgar ni condenar a su autor.

“¿Quiénes somos para juzgar a alguien que se derrumba bajo tortura? ¿Qué haría yo? No lo sé. Nadie puede contestar esa pregunta. Entonces, mejor callarse”, recalca pensativa.

La autora de Filles de révolutionnaires insiste sobre el papel preponderante de la CIA en el caso Debray que, junto con los servicios de inteligencia de Bolivia, llegó al extremo de intervenir todas las comunicaciones telefónicas entre ese país y Francia. Recuerda, además, el pacto que los servicios secretos estadunidenses proponen a Debray: su liberación rápida y discreta, si acepta abjurar de sus convicciones.

“Los bolivianos proponen el mismo pacto a mi abuelo, que califica públicamente su actitud de medieval y exclama ante los reporteros: ‘Están rehaciendo el juicio de Juana de Arco’.”

Mientras más se intensifica la campaña internacional de solidaridad con Debray, más cunde el nerviosismo en La Paz y Washington. Periodistas arrancan a las autoridades permisos para entrevistar a Debray en la cárcel y su caso se comenta en el mundo entero.

“Las declaraciones públicas de mi padre, sin embargo, son de un radicalismo y de una arrogancia impresionantes”, se asombra Laurence. “Si bien confiesa su emoción ante la solidaridad de la que es objeto, se apresura en denunciar ‘el circo en el que se me hace jugar el papel de payaso’. También condena ‘la exhibición de buenos sentimientos generada por mi detención que opaca el problema de la lucha de clases y la situación que afecta a Bolivia’.”

El Che, en cambio, se muestra más pragmático. Acota en su diario: “Todo el ruido que se hace alrededor del caso Debray le da mucho más valor a nuestro movimiento de guerrilla que 10 combates victoriosos”.

“Se le olvidó agradecer”

Empieza el juicio militar de Debray en un tribunal improvisado en la muy rústica biblioteca del sindicato de petroleros de Camiri.

“Es una farsa de juicio”, dice su hija antes de seguir el relato. “El 10 de octubre de 1967, en plena audiencia del tribunal, un oficial anuncia la muerte del Che. Mi padre se queda postrado. Volví a ver las imágenes de la época. Son impresionantes. Al día siguiente cambia radicalmente de estrategia de defensa. Deja de presentarse como periodista independiente que viajó a Bolivia para entrevistar al Che. Y declara: ‘Hoy mi dolor más grande es no haber muerto a su lado’.”

El 18 de noviembre de 1967 cae el veredicto: 30 años de cárcel que el condenado tendrá que cumplir en Camiri, a mil 200 kilómetros de La Paz, sin esperanza de traslado a la capital. La embajada francesa moviliza personal y presupuesto para apoyarlo.

“Después de su liberación, a mi padre se ‘le olvido’ agradecer a estos diplomáticos que hicieron lo máximo por él. Tampoco manifestó mayor reconocimiento para sus padres y mi madre, quienes le dedicaron cuatro años de su vida con gran abnegación, visitándolo en condiciones muy difíciles y manteniendo en forma admirable una campaña de solidaridad muy dinámica”, señala, molesta, Laurence Debray.

En cambio, se nota más divertida cuando evoca la “boda forzada” de Elizabeth Burgos y Regis Debray. “El gobierno boliviano le negaba a mi madre la autorización de visitar a mi padre, so pretexto de que no eran una pareja legítima. Lo hacía adrede, convencido de que estos dos revolucionarios no iban a someterse a la moral burguesa”.

Según cuenta su hija, Elizabeth Burgos se fue a Cuba para consultar a Fidel Castro, quien se rio de ese seudodilema y le citó el ejemplo del tren blindado que Lenin logró negociar con el káiser Guillermo II en marzo de 1917. Cruzar Alemania en guerra con Rusia era, para Lenin, la única manera de viajar de Zúrich, donde estaba exiliado, a San Petersburgo.

Finalmente, Regis Debray fue liberado en vísperas de la Navidad de 1970, después de 43 meses de encarcelamiento. No salió para Francia, sino que se fue a Chile, donde “se dio el lujo de volver a criticar a Salvador Allende y al ‘callejón sin salida’ de la vía electoral que privilegiaba”, se indigna Laurence.

En su libro, ella escribe tajante: “Mi padre era el profeta del pensamiento castrista (…) Estaba encerrado en su imagen de revolucionario. Había adquirido nombre y fama sin haber escrito su propia obra, sin haber elaborado una reflexión política personal. Había frecuentado la aristocracia de los guerrilleros sin jamás pertenecer a ella, lo que fue para él, si no una herida, por lo menos una vejación”.

Insiste: “Mi padre se comprometió, fue al lugar de los hechos, tomó riesgos, caminó kilómetros en la jungla, dialogó mucho con el Che, creyó sinceramente que podían cambiar el mundo, fue detenido saliendo de la guerrilla antes siquiera de haber cumplido la misión que le había confiado el Che”.

Y concluye: “André Malraux dice: ‘Entre los 18 y los 20 años la vida es un mercado en el que se compran valores, no con dinero, sino con actos’. Mi padre actuó al lado de un héroe y fue así como entró en la historia”.

Cuando la corresponsal le pregunta si Filles de révolutionnaires le permitió, por fin, entablar el dialogo tan añorado con sus padres, Laurence esboza una sonrisa un tanto desencantada: “Les di a leer el texto antes de entregarlo al editor. Mi madre se mostró más abierta . Mi padre no hizo mayores comentarios. Ambos me pidieron quitar algunas cosas. Mi padre más que mi madre. Fue todo. Así es”.

Este texto se publicó el 5 de noviembre de 2017 en la edición 2140 de la revista Proceso.

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