Líbano, el tablero de Medio Oriente

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Líbano es un país artificialmente creado por las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial, como casi todos los países del Medio Oriente que se desgajaron del derrotado Imperio Otomano. Nació bajo el eufemismo de “protectorado francés” para cubrir las necesidades geoestratégicas de Francia. Y en sus exiguas siete décadas de vida independiente ha sido el tablero sobre el que se juegan los intereses de la región.

La más reciente jugada está en curso con la dimisión del primer ministro libanés, Saad Hariri, a través de la cadena televisiva saudita Al Arabiya, desde Riad. El premier acusó a Irán y a su lugarteniente en Líbano, la milicia chiita Hezbolá, de obstaculizar su gobierno, y dijo que había abandonado Beirut porque en los primeros días de noviembre apenas si había logrado escapar de un atentado fallido.

Saad describió un clima político muy similar al que antecedió al atentado con coche bomba que mató a su padre y también exprimer ministro, Rafik Hariri, en 2005. La investigación posterior apuntó hacia “agentes de Damasco”, entre los que muchos creyeron ver a milicianos de Hezbolá. En todo caso, la indignación social que provocó el magnicidio obligó a Siria a retirar de suelo libanés las tropas que tenía estacionadas ahí desde la guerra civil (1975-1990).

Pero en esta ocasión, los servicios de seguridad libaneses dijeron no tener ningún conocimiento del presunto atentado. Y el exgeneral y presidente del país, Michel Aoun, declaró que esperaba el pronto retorno de Hariri a Beirut para que explicara los verdaderos motivos de su renuncia y si había sido presionado por Arabia Saudita.

Para Hasán Nasralá, secretario general de Hezbolá, señalada como la principal sospechosa, no hubo duda. Se trató de una decisión impuesta al primer ministro libanés por la monarquía saudí, a la que además acusó de tenerlo retenido bajo arresto domiciliario. Teherán, por su parte, rechazó cualquier intromisión y su Ministerio de Exteriores sostuvo que Hariri sólo repetía “las absurdas e infundadas acusaciones de sionistas, saudíes y estadunidenses contra Irán, para crear tensiones en Líbano y en la región”.

Ante el silencio de Hariri y la creciente tensión, empezaron a escucharse también voces internacionales. El secretario estadunidense de Estado, Rex Tillerson, llamó a las potencias regionales a “no utilizar Líbano como lugar de conflicto de los intereses de terceros”. Y el ministro de Exteriores de Francia, Jean-Yves Le Drian, expresó el deseo de que Hariri “tenga libertad de movimiento y pueda jugar el papel que le corresponde en Líbano”. El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, alertó que abrir un nuevo conflicto en Líbano tendría consecuencias devastadoras.

Y es que ante la que parece ya una derrota inminente del Estado Islámico en Irak y Siria, lo que abriría también la posibilidad de una salida negociada al conflicto sirio, los actores regionales están tomando previsiones para no ver debilitadas sus áreas de influencia. Y en este caso, ante el innegable avance de Irán y Hezbolá en Siria y Líbano, Arabia Saudita ha decidido adelantarse.

Con una población de apenas 4.5 millones, pero en la que conviven 18 confesiones diferentes, Líbano siempre ha tenido problemas para organizar su vida política, como lo evidenciaron 15 años de sangrienta guerra civil. Finalmente, al signar la paz en 1989 en Taef, se acordó que el presidente del país debe ser un cristiano maronita, el primer ministro un musulmán sunita y el representante del parlamento un musulmán chiita.

Estos acuerdos proporcionaron una estabilidad mínima, que le permitió al llamado “país de los cedros” seguir una formalidad institucional, aunque no exenta de conflictos internos y choques externos. Como el asesinato de Hariri padre en 2005 o, al año siguiente, el ataque militar de Israel, que acusó a Hezbolá de lanzar cohetes contra su territorio desde el sur de Líbano. Cabe mencionar que en 33 días de combates el poderoso ejército isralí no logró derrotar a la milicia chiita. Desde entonces, una fuerza especial de Naciones Unidas en esa zona supervisa el cese del fuego.

Pero lo que vino a tensar otra vez las diferencias confesionales fue la guerra en Siria. Inevitablemente las fuerzas tomaron partido por los dos grandes bandos enfrentados en el vecino país: Damasco-Moscú-Teherán (y Hezbolá) y Washington-Tel Aviv-Riad (y otras fuerzas suníes).

Esto desembocó en una parálisis gubernamental en Líbano. En los más recientes comicios parlamentarios celebrados en 2009, el actual presidente maronita Aoun, líder del Movimiento Patriótico Libre, se alió con Hezbolá, el partido chiita Amal, el cristiano Movimiento Marada y los drusos del Partido Socialista Progresista. Este bloque se denominó como 8 de Marzo.

En el otro bloque, bautizado como 14 de Marzo, el partido El Futuro, encabezado por Saad Hariri, se unió con las fuerzas suníes y los partidos cristianos Fuerzas Libanesas y Falange Libanesa. Hariri, suní como lo dispone la Constitución, fue nombrado primer ministro; pero no culminó su periodo (2009-2011) porque dimitió cuando el bloque opositor boicoteó su gobierno.

Para evitar un impasse, en los dos periodos siguientes los bloques acordaron sendos primeros ministros “de compromiso”, pero sin capacidad ejecutiva real; mientras, en el legislativo, los parlamentarios “prorrogaban” su mandato. Finalmente, en marzo de 2014 se llegó a la parálisis total. El gobierno quedó acéfalo y ni una sola ley fue aprobada en los siguientes 33 meses.

Paradójicamente, dos factores derivados de la guerra en Siria fueron también los que obligaron a los dos bloques a llegar a acuerdos mínimos, aunque por debajo de la mesa.

Uno fue el flujo masivo de refugiados sirios a territorio libanés. Se calcula que en estos años de guerra han llegado 1.5 millones, aumentando de golpe la población de Líbano en 25%. Sobra decir que para un país con desarrollo precario, no hay infraestructura ni presupuesto que aguanten. El crecimiento anual de Líbano cayó del 8% al 1%, y el Banco Mundial calcula las pérdidas en unos 20 mil millones de dólares. La ONU además redujo su ayuda humanitaria, y la falta de empleo y la sobredemanda de servicios ha generado crecientes tensiones con la población local.

El segundo, y tal vez más importante, fue la entrada en agosto de 2014 de cientos de yihadistas de Al Qaeda y el Estado Islámico a la provincia de Arsal, en la frontera este con Siria. Estos no sólo se establecieron en esa zona, sino ampliaron su accionar a otros espacios libaneses, incluido Beirut, donde empezaron a proliferar ataques contra los refugiados y la población civil.

Ante este escenario, sin importar su filiación, en diciembre de 2016 todas las fuerzas acordaron ungir como presidente a Michel Aoun, reponer como primer ministro a Saad Hariri y mantener como representante del parlamento a Nabih Berri.

Pronto, Hariri emprendió una frenética actividad diplomática para solicitar ayuda humanitaria e invitar a invertir en el país, con el fin de reflotar su economía. Y en junio de este año anunció la celebración de elecciones parlamentarias para mayo de 2018, una prerrogativa que sólo tiene el primer ministro.

Entretanto, con la experiencia y el arsenal adquiridos en la guerra de Siria, los milicianos de Hezbolá emprendieron el combate contra Al Qaeda en Líbano, y ganaron. Luego, las Fuerzas Armadas Libanesas empezaron a recibir pertrechos de Washington, y derrotaron a los combatientes del EI. En agosto pasado, la provincia de Arsal había sido totalmente recuperada.

Pero cuando todo parecía ir sobre rieles, justo al año de haber asumido por segunda vez, Hariri renunció de manera sorpresiva. El meollo parece ser una vez más la milicia Hezbolá, que dados sus éxitos militares en Siria y Líbano se ha fortalecido y permite suponer una mayor presencia de su protector, Irán, en la región. Algo que ni Arabia Saudita ni Israel ni Estados Unidos están dispuestos a tolerar.

Riad, sin hablar de la dimisión, sólo comentó que Saad, quien tiene doble nacionalidad libanesa-saudita, contaba con protección, pero era libre de moverse a donde él quisiera. Extrañamente, sin embargo, conminó a sus ciudadanos a abandonar Líbano “de inmediato”. Por otra parte, la monarquía wahabita recibió por primera vez a un dignatario cristiano, el patriarca de la Iglesia maronita de Líbano. Interpretada como un signo de apertura del príncipe heredero Mohamed bin Salmán, la visita, sin embargo, no puede dejar de verse como un acercamiento a los maronitas libaneses aliados con los chiitas.

Israel, por su parte, previendo un nuevo escenario emprendió en septiembre las mayores maniobras militares en la frontera con Líbano desde la guerra de 2006. Los reservistas entrenaron en tareas de combate y protección de la población israelí, ante una hipotética incursión de las milicias de Hezbolá, que es lo que Tel Aviv teme una vez que se apague el frente sirio.

Washington, aparte de las declaraciones de Tillerson, definió a Hariri como “un aliado sólido”. Pero el que llevó al máximo su actividad diplomática fue el gobierno francés. El presidente Emmanuel Macron invitó a Hariri y a su familia a ir a París, y el ministro de Exteriores Le Drian visitó al heredero saudí en Riad. “Necesitamos un Líbano unido y fuerte”, dijo. La vieja metrópolis preocupada por su antiguo protectorado. Otra vez las piezas se están moviendo.

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