El tumultuoso adiós a Pedro Infante

El 18 de abril de 1957, hace 60 años, el periódico Excélsior publicó en su primera plana, la crónica del sepelio de Pedro Infante en el Panteón Jardín de la Ciudad de México, realizada por el entonces joven reportero Julio Scherer García. Los restos del ídolo habían arribado esa mañana desde Mérida, en cuyas cercanías ocurrió el accidente de aviación que le quitó la vida.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Con la bendición de la Iglesia Católica, los restos de Pedro Infante fueron sepultados ayer en una fosa, al lado de la que ocupa su padre, frente a la tumba de Blanca Estela Pavón, y a cien metros de la de Jorge Negrete.

Una gigantesca masa humana se reu­nió en el cementerio Jardín para contemplar el sepelio. Y una multitud que se contaba por millares de personas, que hubieron de permanecer más allá del camposanto, sobre las avenidas que desembocan a él, pues no había sitio para más en su interior, adivinó los pormenores y se contentó con ver pasar la carroza mortuoria y la caravana interminable de dolientes.

Encaramados sobre las criptas, asidos a las ramas de los árboles, colgados de las cruces de piedra que se encontraban en puntos altos, posesionados del interior del mausoleo, una muchedumbre que parecía no tener fin, que ocupaba hasta el último milímetro disponible, que empequeñecía todos los espacios, se electrizó cuando escuchó de labios de los mariachis, desde el filo mismo de la fosa, las melodías que en vida cantara Pedro Infante.

El auditorio se estremeció. Los allí congregados sintiéronse poseídos de una emoción desusada, mientras en las voces de los cantores, más que palabras, vibraban lágrimas. Ocurrió entonces que muchas mujeres se desplomaron, casi exánimes; otras se bamboleaban sobre sus tacones; muchas más tenían los rostros contraídos, temblábanles las comisuras de los labios, y se advertía que, de un segundo a otro, estallarían en llanto; algunas más suspendieron el nervioso movimiento de los dedos en torno de las cuentas de su rosario y se limitaron a escuchar, con una expresión de dolorosa, vaga ausencia.

Confundido con gritos y sollozos proferidos en todos los tonos por centenares de mujeres, se oían los agudos llantos de niños pequeños que no se explicaban lo que ocurría en su derredor, que nada sabían de la muerte de Pedro Infante y que sólo percibían algo que les aterraba.

Pero los cantos de los mariachis hicieron llorar no sólo a las mujeres. Hombres maduros, de rostros graves, se enjugaban discretamente los ojos con un pañuelo sacado repetidas veces del bolsillo y, finalmente, retenido en la mano. Los había también que lloraban libremente; no pretendían siquiera contener las lágrimas que fluían incesantes bajo los párpados.

Hubo, finalmente, quienes se arrodillaron y mezclaron sus rezos, pronunciados en voz baja, a esa atmósfera indescriptible que envolvía el cementerio.

Y mientras eso ocurría, no cesaban los mariachis de entonar:

“Amorcito corazón, yo tengo tentación de un beso…”

Al pie de la tumba

Al pie de la tumba, las personas más allegadas a Pedro, rodeadas de actores y amigos íntimos, de periodistas, camarógrafos, fotógrafos y locutores, seguían todos los pormenores con ojos fijos y una expresión de mortal angustia que asomaba a sus rostros.

Ángel Infante permanecía inmóvil, con la cabeza baja. Estaba a unos centímetros del sitio en que iba a ser colocado el féretro. Parecía como si estuviera a punto de arrojarse a la fosa, pues se inclinaba peligrosamente hacia ella. Lloraba sin cesar. No se preocupaba por enjugarse las lágrimas ni por llevarse un pañuelo a la nariz. A veces parecía una criatura.

La madre, doña Refugio, no resistió el momento. Llegó al cementerio acompañada de Irma Dorantes. Demacrada por el sufrimiento, lívida por los desvelos, por las crisis nerviosas, quiso parecer animosa. Suplicó que le permitieran estar a unos pasos “de mi hijo que ahora sí se me va para siempre”. Prometió que resistiría… pero hubo de ser llevada lejos de ahí, al cabo de unos minutos.

Carmen Infante, de ojos verdes, manos blancas, finas, se veía más pequeña de lo que es entre Amanda del Llano y Ana Luis Peluffo. Había llegado minutos antes que su madre. Y mientras ésta no hizo su aparición, soportó la escena. Inclusive adoptó aires de fortaleza y ordenó a sus sobrinas Chayito, Asunción y Sonia que se reunieran con su prima María de la Luz, que, en uniforme de colegio, se encontraba distante.

“Váyanse donde no las atropellen. La gente no se contiene con nada” y señalaba hacia atrás, donde millares y millares de personas, en grupos compactos, luchaban por abatir las débiles defensas con que querían contenerlos los granaderos y que no eran sino una cuerda tensa y las macanas que esgrimían en actitud amenazadora.

Pero en cuanto Carmen vio a su madre, no se contuvo. Se elevó un grito: “¡Es mi madre!, y corrió hacia ella, atropellando a varias personas sin ver lo que hacía, con riesgo de rodar por tierra, pues se había colocado sobre el pequeño montículo formado con la tierra destinada a cubrir la fosa de Pedro Infante.

Carmen se abrazó a su madre, la besó ardientemente y la recargó sobre uno de sus hombros, mientras recibía cariños en la cabeza. Poco después, siguió el camino de doña Refugio, en brazos de varias personas que la sacaron a rastras del lugar, perdido totalmente el conocimiento.

Así ocurrió también con Socorro Infante pero no con Irma Dorantes. Lloraba en silencio, se retorcía las manos, parecía a punto de perder el control, pero no obstante permaneció hasta el final del entierro.

Y a corta distancia de allí, en el interior de un Cadillac azul marino, otra mujer: María Luisa León, viuda de Infante.

En derredor del coche, la gente se apiñaba y hacía comentarios. Y más allá de las filas contiguas al vehículo, muchas personas estiraban los cuellos y se paraban sobre las puntas de los pies para observar mejor.

Cantos y lágrimas

A las doce y media apareció ante los ojos de todos, camino a la fosa, una gran cruz de plata. Se elevaba un metro sobre las cabezas y era llevada por el capellán del cementerio, quien con dificultad se abría paso entre la multitud. Sólo la respetabilidad de su ministerio hizo posible que el gentío se abriera a su paso.

En el momento en que el sacerdote colocaba la cruz a un lado de la fosa, brillaron al sol las cornetas de los mariachis que, hasta esos momentos, las habían mantenido guardadas. Y empezaron las melodías. A “Amorcito corazón”, siguió “Despacito, muy despacito”, y luego aquella canción que hermanó a Jorge Negrete desde el día de su muerte y que ayer se asoció íntimamente a Pedro Infante:

“México lindo y querido, si muero lejos de ti,

que digan que estoy dormido

y que me traigan aquí…”

Cada canción traía consigo renovados llantos y gritos. Por dondequiera que se mirara, en derredor, descubríanse narices enrojecidas, ojos vidriosos, hombros y pechos que temblaban a impulso de sollozos. Una viejecita quería expresar algo, pero no hacía más que emitir sonidos; junto a ella, una joven de rostro apacible acariciaba entre las manos un ramo de pensamientos, al par que decía por lo bajo, en plena abstracción: “A ver si puedo aventarlo y que caiga a la fosa”, y hacía un ademán con los dedos, como si en ese preciso momento estuviese arrojando las flores.

Cuando los mariachis hubieron cantado “México lindo y querido” se abrió una pausa. Le siguió un movimiento de gentes al pie mismo de la tumba. Rodolfo Landa, momentos después, empezó a leer una oración fúnebre.

El murmullo sordo, incesante de la multitud. Los ayes lastimeros de los niños, los gritos de mujeres apretujadas, las amenazas enfurecidas de los granaderos y un concierto de gemidos y lamentaciones, hacía casi imposible seguir las palabras del dirigente de los actores.

De vez en cuando llegaban algunas frases sueltas: “Tú, Pedro, que supiste cantar con el más tierno de los acentos… si a veces no fuiste razonable, es porque amaste mucho, apasionadamente… fuiste limpio, amable, cariñoso, bueno… personaje de leyenda en nuestro cine… tu voz, en la música popular, se identificó con nuestro pueblo y el eco de tus canciones resonará siempre…”

Después habló Raúl Rodriguez. Llamó a Infante hijo modelo, símbolo del pueblo de México. Dijo que sus amigos lo llorarán siempre y que todos, junto con sus deudos, “pronto lo alcanzaremos en el cielo. Nos precediste en el camino de la muerte: pronto estaremos contigo, hermano entrañable”.

Terminada la segunda oración fúnebre, volvieron a escucharse las cornetas de los mariachis. Pero ahora no en una melodía, sino en toque de silencio. Hay algo cuando los instrumentos son tocados por mariachis y no por militares que les hace emitir notas con timbre festivo, aun en casos como este.

Nadie hizo caso del llamado de silencio. Y sobre el vocerío indescriptible que no cesó un segundo, se oyó la voz del comandante de motociclistas del Distrito Federal que pasó lista a su escuadrón:

“Comandante fulano… ¡presente!… Teniente fulano… ¡presente!… Señor comandante Pedro Infante… ¡¡¡Preeesente!!!

Bendice este sepulcro

El capellán Manuel Herrera Murguía levantó los brazos y pidió silencio. Algo disminuyeron las exclamaciones; algo se contuvieron los llantos. En ese momento, sin abandonar un segundo su aire severo y triste, elevó una oración: “Oh, Dios, en cuya piedad descansan las almas de los fieles, dignaos bendecir este sepulcro y desígnale un ángel custodio para que el alma del que aquí descansa, perdonados todos sus pecados, pueda gozar con todos los santos en el cielo”.

Minutos antes, al recibir el cadáver e introducirlo en la capilla del cementerio había ofrendado otras plegarias por el alma del actor y cantante: “Oh, Dios mío, cuya misericordia no tiene número y eres un tesoro inagotable de piedad, te encomendamos a tu vehemencia infinita el alma de nuestro hermano Pedro Infante. Dale, señor, el eterno descanso”.

Respondió la voz grave de los fieles: “Y luzca para él la luz perpetua”.

Y nuevamente la del sacerdote: “Así sea”.

Cuando los oficios religiosos quedando concluidos, cuando el túmulo quedó bendecido por el capellán, se inició el entierro. Trabajadores humildes, vestidos de uniforme color café claro, iniciaron las maniobras que en el transcurso de unos segundos, colocarían la caja mortuoria color gris plomizo a un metro noventa centímetros bajo tierra. Empezó a descender el ataúd. Como alucinados, lo seguían millares de ojos, Irma Dorantes se arrancó del cuello un pequeño crucifijo de oro y lo arrojó sobre el ataúd, al tiempo que gritaba como enajenada y se abrazaba a Rodolfo Landa:

“Adiós, mi vida, adiós…”.

Muchas flores caían de las alturas, mientras los lamentos y los sollozos aumentaban hasta la histeria. Amanda del Llano y Sara Guash se desmayaron; varias jovencitas también se desplomaron. Mientras tanto, los mariachis cantaban “Despacito, muy despacito…”

A las trece horas en punto, treinta minutos después de que el ataúd había sido llevado al cementerio, el sepelio había quedado consumado.

Esta crónica se publicó el 18 de abril de 1957 en el periódico Excélsior y ahora el 19 de noviembre de 2017 en la edición 2142 de la revista Proceso.

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