Crédito y poder

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La palabra crédito viene del latín credere (creer) y significa confianza, tener o poner la confianza en alguien. Está relacionada con la fe que, dice Giorgio Agamben, “no es más que el crédito que gozamos ante Dios y del crédito que goza la palabra de Dios ante nosotros, a partir del momento en que creemos en ella”. Su sentido, por lo tanto, es religioso.

Por desgracia la puerilidad del mundo moderno lo ha corrompido hasta volverlo un asunto bancario. Desprovisto de sus significaciones evangélicas: creer en Dios, poner la confianza en alguien que no nos defrauda, el crédito no sólo se ha convertido en un asunto comercial, donde el poder bancario sustituye a Dios, sino que –semejante a como lo hizo la Iglesia haciendo del Dios de Jesús un Dios acreedor– agrega a la confianza puesta en el cliente la coerción: te doy crédito, confío en ti, pero si me defraudas te castigaré. El Dios de la bondad, el Dios bueno que nos revela el Evangelio, pasó –en un proceso de corrupción– del Dios de la deuda del cristianismo –“si traicionas mi confianza irás al infierno”– al Dios acreedor y bancario.

La democracia representativa, aquella que nos han hecho creer que es la única vía para tener buenos gobiernos, se basa también en el crédito. Quien se ofrece en la pasarela pública para gobernar se presenta como un sujeto digno de confianza, de credibilidad, como alguien que no traicionará las esperanzas de la gente. Se asume también como alguien que si traiciona debe ser castigado y jurará, de ser electo, la fórmula constitucional del artículo 85 que así lo compromete: “Protesto guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes que de ella emanen, y desempeñar leal y patrióticamente el cargo (…) que el pueblo me ha conferido, mirando en todo por el bien y prosperidad de la Unión; y si así no lo hiciere, que la Nación me lo demande”.

No obstante, cuando alguien en México llega al poder mediante el crédito de los votos, invierte inmediatamente los papeles y se convierte en una especie de deidad mucho más terrible que la bancaria. No sólo es imposible demandarle algo y aplicarle un castigo, sino que transforma a la gente en deudores: usa la contribución pública para hacer negocios familiares, comprar conciencias o construirse una cartera clientelar de deudores personales; si alguien señala su pérdida de credibilidad y lo demanda, usa la ley para perseguirlo –es el caso, por ejemplo, de Enrique Peña Nieto con Carmen Aristegui o de Graco Ramírez con el rector de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, Alejandro Vera Jiménez–. Quien llega al poder en México se transforma, así, en un dios que cobra intereses por haber sido elegido. Nada puede detenerlo, porque el poder es un régimen de complicidades que se traduce en un ritual tan desgastante y terrible como el del crédito bancario, pero de manera más perversa: el crédito que se otorga se transforma en un capital que, a diferencia del préstamo bancario, se vuelve contra el que otorgó el crédito. No importa el partido al que pertenezca o que lleve el sello de independiente, como el caso del Bronco, su proceder es y será siempre el mismo, de maneras brutales o atenuadas.

Lo inquietante de esta realidad es que, pese a que el crédito bancario es brutal en los intereses que cobra por otorgar confianza y el crédito político, aterrador en su forma de destruir y someter a quienes creen en él, la gente sigue empeñando su vida buscando créditos bancarios y asistiendo a las urnas.

Esta relación tan absurda como perversa es parte de lo que está generando la crisis que vivimos. No sólo es el modo normal en que funciona el capitalismo, sino también, en una intrincada simbiosis con él, el modo normal en el que funciona el poder. Tanto el capitalismo financiero como el poder político actúan jugando con el crédito, con la creencia, con la confianza en que habrá un futuro y una vida mejores. La banca con sus grises y afables funcionarios y expertos, y el poder político con sus inanes y vacíos candidatos, ocuparon el lugar que dejó Dios, y luego la Iglesia y sus sacerdotes. Al usar y gobernar el crédito, lo que ambos manipulan es la escasa confianza que le queda a la gente, de formas cada vez más irresponsables y ajenas a cualquier escrúpulo. Utilizando el crédito dominan no sólo al país sino también el futuro de todos, un futuro, dice Agamben, “que la crisis hace más corto y decadente. Si hoy la política no parece ya posible es porque de hecho el poder financiero secuestró por completo la fe, el futuro, el tiempo y la esperanza”.

Mientras sigamos sirviendo a esta degradada y siniestra forma que ha adquirido el crédito, la hermosa dimensión de la fe seguirá en manos de estos seudosacerdotes llamados banqueros, políticos y funcionarios.

Tal vez, como propone Agamben, lo que habría que hacer para rescatarla es dejar de creer en el futuro que nos venden y nos exhortan a adquirir mediante un falso crédito, y volver la vista hacia el pasado, tratando de entender cómo nos hipotecaron el porvenir. Quizá con esa autocrítica, dándole la espalda al crédito que nos ofertan, podamos reencontrar nuestra libertad. “La arqueología –no la futurología– es la vía de acceso al presente”. Sólo en un presente no hipotecado, el futuro puede volver a nuestras vidas.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

Este análisis se publicó el 19 de noviembre de 2017 en la edición 2142 de la revista Proceso.

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