El viejo PRI

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El ritual del tapado en el PRI que se lo atribuyen a Adolfo Ruiz Cortínez cuando designó en 1957 a su sucesor, Adolfo López Mateos, con una serie de señales que no podían descifrar los exégetas de las sucesiones presidenciales, ya envejeció. Medio siglo después esa liturgia huele a rancio y su cara desgastada y ajada por el uso y el tiempo ya no asombra ni sorprende a nadie.

Enrique Peña Nieto quiso revivir este ritual caduco al destapar a José Antonio Meade en Palacio Nacional, aceptando su renuncia como secretario de Hacienda, dejándolo libre para buscar su registro como candidato presidencial del PRI.

El pasado lunes, mientras la mayoría de los medios de comunicación se volcaban para seguir los pasos de Meade por los tres sectores ya anquilosados del PRI -obrero, campesino y popular- y luego con los jóvenes, mujeres y militares retirados que se sumaron a la famosa “cargada”, la mayoría de la población se mantenía ajena a ese ritual deslavado.

Al PRI de Peña Nieto le cuesta trabajo moverse, carece de cuadros jóvenes y los que son pertenecen a las dinastías familiares de apellidos enquistados en cotos de poder.

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Este PRI, al usar el ritual del tapado con su comparsa la cargada, mostró falta de creatividad y de iniciativa para lanzar a su candidato José Antonio Meade quien, en sus primeros pasos, reveló también falta de oficio político, pues en el acto de la Confederación Nacional de Organizaciones Populares (CNOP) cayó en su primer pecado al decir que deseaba ser candidato del “Partido de la Revolución Institucional” (sic).

Nada novedoso se vio en el día más importante para los priistas. Quizá lo único nuevo fue que, al destaparse Meade como aspirante presidencial, la famosa “cargada” comenzó con las felicitaciones en Twitter de sus compañeros de gabinete.

El ritual priista no sorprendió más que a los propios militantes que fueron convocados de última hora a realizar mítines en las sedes de sus respectivos sectores y gritar consignas carentes de sentido y de efusividad. “¡Pepe popular, Pepe candidato de la esperanza, Pepe candidato!” eran los coros desafinados de los priistas que acompañaron a Meade en su primer día como político del PRI.

Las estructuras rígidas del priismo apenas crujieron al mostrar el músculo flácido de la militancia burocrática del partido. Nada parecido a las riadas de otros sexenios en los que militantes, simpatizantes y hasta curiosos se asomaban a los mítines nutridos de matracas y tambores. En la modernidad de un candidato que no es militante, sino simpatizante, ese ruido no le alegra el oído ni el corazón.

Falta ver si el domingo 3 de diciembre, cuando registre formalmente su candidatura en la sede nacional del PRI, José Antonio Meade, el más panistas de los priistas, el representante de la hibridez política e ideológica del PAN y PRI, sea quien renueve el ritual del elegido priista.

Por cierto… Falta saber quién será el sparring de Meade, quien lo acompañe en la contienda interna, quien se registre también como aspirante a la candidatura presidencial para que el favorito de Peña Nieto pueda usar los recursos públicos y los medios de la precampaña, porque si se registra como candidato único no podría utilizar dichos recursos poniéndose en desventaja frente a sus contrincantes. Lo mismo tendrá que pasar con Andrés Manuel López Obrador en Morena.

Acerca del autor

José Gil Olmos, reportero desde 1998. Colaboró en el periódico El Nacional y en el diario La Jornada. Desde el 2001 es reportero de la revista Proceso. Es autor de Los Brujos del Poder, La Santa Muerte la virgen de los olvidados, Los reporteros mexicanos en la guerra de Chiapas y Batallas de Michoacán.

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