La “Ópera de Daniel”

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Puesto que, estrictamente, todo es convención en la denominación de géneros y presentación de creaciones musicales, éstas, de acuerdo a sus creadores y difusores, pueden ser colocadas en tal o cual casillero sin mayor problema, siempre y cuando no se salgan muy notoriamente de, justamente, lo convenido.

De esta suerte es difícil que alguien se atreva a aseverar contundente que, por ejemplo, “Cantata” es exactamente “abc+mnl”, y si una composición no completa esos requisitos, o si tantito se sale de ellos, entonces “no es cantata”.

La reflexión viene a cuento porque el muy creativo conjunto Solistas Ensamble, que tiene la buena costumbre de no limitarse a sólo cantar, sino presentar escenificaciones de obras de muy diferentes géneros, estilos y épocas, acaba de ofrecernos el estreno de la Ópera de Daniel que, estrictamente y según los cánones, no es una ópera.

Consciente de esto aunque así la hayan bautizado, Solistas Ensamble y sus cómplices en esta aventura explican que este “drama litúrgico” (otra denominación que habría que diseccionar) es justamente esto, drama litúrgico, cualquier cosa que convengamos en que esto sea, creado en el siglo XIII y, por lo tanto, “sólo” 400 años antes de lo que hoy convenimos que es ópera.

Como quiera que sea, la cuestión es que, respetando la denominación de origen, la Ópera de Daniel está basada en el Libro de Daniel. El profeta anunció la llegada del Mesías y, claro, como todo profeta que se respete, vivió y sufrió mil vicisitudes más, tres de las cuales son el pretexto para la grata escenificación que hoy comentamos.

Con la base ya dicha, los integrantes de la parroquia de Beauvais, pequeña población del norte de Francia, escribieron –sin que se atribuya a alguien en particular la autoría–, el Ludus Daniel que, a su vez, sirvió al compositor británico contemporáneo Edward Lambert para hacer el buen y económico arreglo musical que necesita únicamente un oboe, un contrabajo, percusiones y piano. Y que fue el que nos dio a conocer, en únicamente tres funciones efectuadas en el Teatro de las Artes del Centro Nacional de las Artes el fin de semana pasado, este Ensamble que estuvo bajo la dirección huésped de Rodrigo Cadet.

La sencilla pero funcional dirección escénica corrió a cuenta de Valeria Palomino, quien contó con la igualmente sencilla pero adecuada y ágil escenografía de Antonio Solares y Juliana Vanscoit, quien también se encargó del vestuario.

Tres partes del “ludus” integran esta “ópera”: Daniel interpretando la escritura que sorpresivamente apareció en una pared durante un banquete del rey Baltasar; Daniel salvado del foso de los leones; y Daniel profetizando la venida del Salvador.

Sin aspavientos, Palomino movió bien sus piezas y narró acertadamente los tres pasajes perfectamente enmarcados por la música de Lambert, quien con gran economía de medios y buen manejo de las voces, con las que no es muy exigente, logra crear las atmósferas adecuadas en cada pasaje, situación que la responsable del montaje supo aprovechar muy bien para darnos un estreno que, una vez más, demuestra que cuando hay talento y entrega por parte de los artistas, no es necesario despilfarrar millones.

Bienvenida, pues, la Ópera de Daniel, independientemente de en qué casilla queramos colocarla.

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