Rosario Green: caminos trazados

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Hace unos días falleció una de mis mejores amigas y al mismo tiempo una de las figuras con mayor presencia en la política nacional: Rosario Green. Un comentario sobre su vida me obliga a mirarla desde diversas perspectivas: la amiga que tanto quise, la académica que formó a varias generaciones, la diplomática y la mujer política. Son facetas distintas que me despiertan reflexiones diversas, envueltas todas por el gran afecto que nos unió.

La conocí hace muchos años, cuando casualmente fui suplente de un maestro en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Distinguí entre los alumnos a una muchacha alta, reservada, enormemente inteligente. Yo le llevaba pocos años. Conversamos después de la clase y comenzamos a tejer una amistad que se consolidó pocos años después cuando coincidimos como profesoras e investigadoras en El Colegio de México.

Me es difícil evocar aquellos años sin sentir una enorme añoranza por las numerosas experiencias compartidas. Las pláticas interminables, los enamoramientos logrados, los que se frustraron. Los hijos que adorábamos pero a veces nos pedían más tiempo del que podíamos darles. La culpabilidad por dejarlos cuando asistíamos a diversos seminarios internacionales.

Nuestras ambiciones intelectuales eran muchas. Queríamos escribir varios libros y participar en el diseño de la política exterior del país. Nos interesaba, naturalmente, acercarnos a quienes tomaban decisiones. Pero era una tarea difícil porque entonces, como ahora, era un ámbito dominado por los hombres.

En su paso por El Colegio de México, Rosario se distinguió por su interés en dos grandes temas: el estudio de América Latina y los problemas de la deuda externa de México. A nadie como a ella le escuché con tanta claridad el proceso que llevó al endeudamiento de México a comienzos de los ochenta y la crisis tan aguda en que desembocó. A nadie, como a ella, la vi poner tanta pasión en el estudio de los problemas internacionales de América Latina y en imaginar propuestas para que se llevaran a cabo acciones conjuntas en la región.

Como maestra era excepcional. Al conocimiento riguroso unía la elocuencia y un enorme carisma que podía mantener hechizados a los alumnos durante varias horas. Difícil evitar que se enamoraran de ella.

Ambas dejamos El Colegio al mismo tiempo. Ambas ingresamos a la Secretaría de Relaciones Exteriores, encabezada entonces por nuestro amigo y colega Bernardo Sepúlveda. Ella, como directora del Instituto Matías Romero. Yo, como embajadora en Grecia. Luego nuestras vidas siguieron su curso. Pero la amistad no se interrumpió nunca. Nos veíamos cuando coincidíamos en México. Nos dábamos cita en lugares inesperados a través del mundo, sea porque estaban relativamente cerca, sea porque asistíamos al mismo evento. Budapest, Berlín, Washington, Nueva York me vienen rápidamente a la memoria. Y entonces las conversaciones duraban muchas horas. Discutíamos sobre múltiples temas; unos personales, otros relativos a la política nacional e internacional. No siempre estábamos de acuerdo. Por lo contrario, diferir era parte de nuestra amistad.

De su gran legado como diplomática quiero destacar tres temas. Primero, la atención que siempre concedió a América Latina. A través de su labor como subsecretaria para la región ejerció un importante contrapeso al entusiasmo, quizá exagerado, con que las élites políticas y económicas del país decidieron a favor de la mayor integración con América del Norte. Mucho contribuyó su trabajo a disminuir la animosidad que tal decisión despertó en diversos países latinoamericanos.

En segundo lugar quiero referirme a su apoyo a la participación de la sociedad civil en problemas de derechos humanos. No en balde fue secretaria ejecutiva de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos donde apreció el valor de las ONG para la defensa efectiva de tales derechos. Por último, Rosario Green fue quien institucionalizó y elevó el nivel de la cooperación internacional para el desarrollo como instrumento fundamental para una política exterior. A su labor desde el Senado se debe la creación de la Agencia Mexicana de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Amexcid), actualmente pieza importante para los trabajos de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

La vida mostró su lado más amargo con el deterioro de su salud en los últimos tiempos. Recuerdo un encuentro reciente. Su aspecto ya era muy frágil. Alguien la reconoció y quiso tomarle una foto. No lo haga, le pidió, recuérdenme como era: alguien que proyectaba fuerza, decisión y deseos de actuar. En efecto, así fue su personalidad arrolladora.

Una nota especial merece su paso como secretaria general del PRI. Fue uno de los temas en que diferimos. Su historial como académica y diplomática no incluía la familiaridad con temas partidistas. Ella tenía muchos elementos valiosos que ofrecerle a ese partido. Entre otros, sus conocimientos, elegancia, cultura, estilo para negociar. A cambio, el PRI tenía poco que ofrecerle en términos de pensamiento, reflexión o proyecto de política exterior. Podía, sin embargo, ofrecerle un espacio para la acción a través de la labor legislativa.

En su papel como senadora, Rosario Green logró uno de sus viejos anhelos: crear la Amexcid que, convertida en ley, no depende ahora de vaivenes sexenales. Fue un logro valioso, pero no suficiente. Otros proyectos se quedaron en la burocracia de las comisiones del Senado, útiles para enterrar iniciativas de ley o para mantener vivas las inercias que tanto limitan el papel del Legislativo en la política nacional.

Hoy que las voces oficiales la celebran, es también el momento de preguntarnos sobre el destino de las causas por las que luchó. ¿Hasta dónde ha avanzado la defensa de los derechos humanos? ¿Dónde se encuentra el proyecto para ejercer contrapeso a la vulnerabilidad frente a Estados Unidos? ¿Qué tan significativos son los presupuestos asignados a la cooperación internacional para el desarrollo? Recordar a Rosario Green es también tomar conciencia de los numerosos obstáculos que se interponen para avanzar sobre caminos que ella trazó.

Este análisis se publicó el 10 de diciembre de 2017 en la edición 2145 de la revista Proceso.

Comentarios