Los Modernos, “juego de espejos” entre México y Francia

Las escenas artísticas predominantes en Francia y México entre 1900 y 1960 se encuentran en una exposición que los organizadores del Museo de Bellas Artes de Lyon han querido ofrecer como un diálogo. Recién inaugurada por su directora y curadora, Sylvie Ramond, quien guio el recorrido al que asistió Proceso, se titula “Los Modernos” y fue presentada ya en las ciudades de México y Guadalajara en 2015 y 2016, respectivamente, pero con menor acervo. La acompañan dos exhibiciones de fotografía, una en el mismo museo y otra en la galería Le Rebérvère, reseñadas en nota adjunta.

LYON, Francia (Proceso).- «¡Cuidado!», advierte Sylvie Ramond, directora del Museo de Bellas Artes de Lyon (MBAL), al medio centenar de periodistas  franceses que se aprestan a visitar con ella la muestra Los Modernos. Diálogo Francia/México:

«No les invito a descubrir una exposición más sobre el arte mexicano de la primera mitad del siglo XX, sino a asistir a un ‘juego de espejos’ entre dos escenas artisticas, la mexicana y la francesa, que fueron tan efervescentes la una como la otra entre los años 1900 y 1960. Existen entre ambas influencias recíprocas y convergencias apasionantes así como profundas diferencias de igual forma interesantes.»

Y explica que acoge la exhibición hasta el proximo 5 de marzo pues «tiene una larga historia»:

«Partió de la muestra Les Modernes que monté en 2009 con los artistas  de la primera mitad del siglo XX de nuestro rico  acervo. El Museo Nacional de Arte (Munal) del entonces D.F. manifestó su interés por llevarla a México, pero  tensiones diplomáticas (en alusion a la crisis franco-mexicana  generada por el caso de Florence Cassez) interrumpieron el proyecto.»

Fue hasta que el 12 de noviembre de 2015 cuando Augustín Arteaga y Sylvie Ramond pudieron inaugurar Los Modernos en el Munal. Luego fue exhibida en el Museo de las Artes de Guadalajara del 21 de abril al 10 de julio de 2016.

La exposición lyonesa, inaugurada el 30 de noviembre en presencia de Juan Manuel Gómez Robledo, embajador de México en Francia, y de Lidia Camacho, directora general del Instituto Nacional de Bellas Artes, es más amplia que su homónima mexicana, ya que cuenta con 380 obras –a diferencia de las 140 del Munal y el Musa–

Predominan los préstamos mexicanos, esencialmente del Munal, pero también de coleccionistas privados. Las obras francesas y europeas pertenecen en su mayoría al acervo del MBAL, algunas fueron facilitadas por  coleccionistas privados y otras por distintos museos como el Beaubourg-Georges Pompidou.

Ramond, quien se desempeña asimismo como curadora de la muestra, contó con la aseseoria de Serge Fauchereau, historiador del arte y destacado experto francés del arte mexicano; Philippe Dagen afamado crítico de arte del vespertino Le Monde; y Jacques Damez, que fundó y dirige la galería de arte fotográfico lyonesa Réverbère, considerada hoy como referencia  importante en Francia.

Desplegada en una decena de salas repartidas en dos pisos, la exhibición impresiona por la variedad de los temas abordados: las primeras manifestaciones de la «modernidad» en ambos países; los distintos enfoques del cubismo y del  surrealismo, entre los que destacan el futurismo en Europa y el estridentismo en México; el muralismo, expresión artística esencial en México sin equivalente en Francia que Sylvie Ramond señala como «una de las grandes diferencias entre ambas escenas artísticas»; la «ruptura» con el dogmatismo de los muralistas por una nueva generacion de artistas que comparte interrogaciones y respuestas formales con sus homólogos europeos…

También atrae fuertemente la diversidad de los géneros artísticos que optaron por exponer Sylvie Ramond y Serge Fauchereau –pintura, dibujos, grabados, marionetas, máscaras–, y sobre todo la atención muy particular que ambos prestan a la convivencia entre fotógrafos mexicanos y europeos.

Impacta finalmente la pléyade de artistas respresentados: Pierre Bonnard, Henri Matisse, André Derain, Maria Blanchard, Gino Severini, Fernand Léger, Albert Gleizes, Georges Braque, Pablo Picasso, Robert Delaunay, Francis Bacon, Olivier Debré, Pierre Soulages, que entablan un diálogo fluido con el Dr. Atl, Roberto Montenegro, Jean Charlot, Ramón Alva de la Canal, José Clemente Orozco, Diego Rivera, Carlos Mérida, Germán Cueto, David Alfaro Siqueiros, Rufino Tamayo, Mathias Goeritz y –hecho que deja atónitos a los periodistas y críticos de arte franceses– con  numerosas pintoras mexicanas y europeas exiliadas en México.

«Descubrir que Frida Kahlo no fue la única pintora de México en esa primera mitad del siglo XX parece soprenderlos», se divierte Serge Fauchereau, a quien la fridomanía europea no deja de exasperar.

De hecho es obvia la intención de éste y Ramond de otorgar a pintoras tan talentuosas como Leonora Carrington, Remedios Varo, Alice Rahon o María Izquierdo el lugar que merecen.

Para lograrlo «aislaron» a Kahlo –cuya obra fue presentada últimamente en numerosas exposiciones en Francia– en una salita apartada en la que destacan dos obras: The Frame, un autoretrato pintado con óleo sobre aluminio que André Breton expuso en la Galeria Renou et  Colle en 1939 –ese cuadro que hoy forma parte del acervo del Museo Beaubourg-Georges Pompidou es el que la artista vendió durante su estadia en París en aquel entonces–, y el interesante Autoretrato  en la frontera entre México y Estados Unidos (1932), perteneciente a la colección de María y Manuel Reyero. Sólo esta concesión se hizo a la fridomanía gala, pues es la portada del catálogo de la muestra…

Sylvie Ramond es inagotable cuando habla de María Izquierdo, cuyo «espléndido cuadro Mi tía, mi amiguito y yo  (1942) dialoga con la no menos espléndida obra de Gino Severini La familia del pintor, realizada en 1936, una de las joyas  de nuestro acervo», confía entusiasta. Ambas pinturas se encuentran en una de las primeras salas e ilustran perfectamente «el juego de espejos» que crea la curadora en Los Modernos.

«María Izquierdo fue una de las primeras artistas de su época en atreverse a  mezclar elementos formales de las vanguardias europeas y mexicanas y otros inspirados por el arte prehispánico. Y esa osadía ejerció una verdadera fascinación sobre Antonin Artaud, que descubrió a la pintora durante su estadía  en México en 1936», recalca la directora del Museo de Bellas Artes, que sigue contando:

«Fue María Izquierdo una mujer muy comprometida políticamente. Creó la sección de las Artes Plásticas de la Liga de los Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) y fue también solicitada para pintar murales. Desafortunadamente Rivera y Siqueiros la vetaron…»

Las correspondencias

Muy logrado resulta además otro «juego de espejos», esta vez entre el  austero retrato cubista L’editeur Eugème Figuière realizado por Albert Gleizes en 1913 y el retrato El arquitecto Jesús T. Acevedo  de Diego Rivera (1915 y 1916), no menos cubista pero mucho más audaz en su gama cromática.

Los tres «grandes» –Rivera, Orozco y Siqueiros– están dignamente representados en Los Modernos: lucen el Sacrificio Humano de José Clemente Orozco (1947), el Boceto para el mural exterior «el Cristo» (1965) de David Alfaro Siqueiros, y la serie de fotos tomadas por Tina Modotti de los murales de la capilla de Chapingo.

Sin embargo, los «maestros» distan de ser omnipresentes. Por el contrario, Sylvie Ramond y Serge Fauchereau abrieron las salas del museo a otros numerosos talentos mexicanos, provocando diálogos inéditos entre estos artistas menos conocidos en Francia y relevantes pintores europeos.

Seduce la conversación artística entre Figure de Joan Miró (1934) y tres obras de Carlos Mérida: Angelitos de la serie Cielo de Tejas» (1936),  Proyeccion de una cacería (1938) y Creación (1939). La corriente pasa fácilmente entre Paysage blond de Jean Dubuffet y Piedra sobre piedra de Vicente Rojo (1961) o entre Dos personajes y un Pájaro (1960) de Rufino Tamayo y Totem de Gaston Chaissac. Sin hablar de las resonancias que se imponen entre Presencia III (1973) de Fernando García Ponce y Composition (1958) de Geer Von Velde, entre Pintura VII de Manuel Felguérez (1961) y La Cathédrale de Nicolas de Stäel (1955), entre Le buffet du Catalan (1943) de Pablo Picasso y Naturaleza muerta (1956) de Alfonso Michel o Femme au chevalet (1936) de Georges Braque y, de Germán Cueto, Cabeza cubista (1948).

«El muralismo no es el único punto de diferencia entre las escenas plásticas mexicana y francesa», insiste Fauchereau al tiempo que observa, irónico, la perplejidad de los críticos ante las másacaras estridentistas del mismo Germán Cueto y las marionetas realizadas por su esposa Lola Cueto.

«No tenemos máscaras en Francia, en cambio en México las máscaras existen desde la noche de los tiempos y siguen existiendo tanto en la tradición del arte popular como en expresiones artísticas más contemporáneas», enfatiza.

Las de Germán Cueto ilustran mejor que cualquier otro el encuentro insólito y plásticamente apasionante entre la vanguadria más extrema, que fue el efímero estridentismo, y la artesanía tradicional.

En cuanto a las marionetas, el especialista es categórico:

«No podíamos prescindir de las marionetas en la ciudad de Lyon, capital gala de ese género artístico desde el alba del siglo XIX, y cuna de los célebres personajes de guignol, Gnafron y Madelon. En el siglo XX Francia se olvidó por completo de ese género teatral mientras que fue adquiriendo una gran importancia en el México post-revolucionario. Todos los grandes artistas de la época crearon marionetas, y tropas de marionetistas consideraban como su misión recorrer los pueblos más alejadas del país para divertir e instruir al pueblo mexicano.»

Sophie Ramond insiste, por su parte, sobre el papel capital que jugó el grabado en México.

«Su amplio desarollo, sin equivalente en Francia, parte también del deseo de poner obras de arte al alcance de todos los mexicanos», recalca, al tiempo que invita al grupo compacto de periodistas a descubrir un auténtico festival de grabados con obras icónicas de José Guadalupe Posada, y otras de Julio Prieto, Leopoldo Méndez y Roberto Montenegro, reunidas en una sala exclusivamente dedicada al género.

Otra original es la reservada a José Luis Cuevas, en la cual la mayoría de las litografías expuestas pertenecen a la colección de Mariana Cuevas, menos un dibujo a lápiz y tinta, extraño, que representa a un hombre jorobado vestido con ropa campesina y cuyo rostro refleja sufrimiento y crueldad. La obra se llama Campesino mexicano, fue realizada en 1955 y tiene una historia muy particular que Faucherau se complace en contar:

«En 1955 Philippe Soupault y Jean Cassou publican un folleto titulado La personalidad de Cuevas, en el que elogian el talento de ese artista de escasos 21 años que acaba de exponer en la famosa galería parisina de Edouard Loeb. Ambos advierten que irá muy lejos…»

«No se equivocaron», ríe Fauchereau.

En ese entonces Soupault –que fue dadaísta, surrealista, amigo de Breton, y luego poeta, novelista, dramaturgo, periodista, y Cassou, también poeta y novelista, crítico de arte y director del Museo de Arte Moderno, eran dos eminencias de la vida artística francesa. Su homenaje a un pintor tan joven fue inédito–.

Y remata:

«No es descabellado pensar que Cuevas agradeció su apoyo obsequiándoles una obra. Fue lo que sugerí a Sylvie Ramond cuando me comentó, encantada, que había descubierto en el acervo del Museo de Bellas Artes el dibujo que hoy se expone en la muestra con el título aleatorio de Campesino mexicano. La obra no estaba registrada en ninguna parte. Nadie sabía de ella ni de su origen, pero corresponde el año: 1955. Aún nos falta descubrir cómo salió de las manos de Soupault o Cassou y llegó al museo.»

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