Sesquicentenario de la Biblioteca Nacional

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Al cabo de las dilatadas faenas que se requirieron para convertir el expropiado templo de San Agustín, del Distrito Federal, en la flamante Biblioteca Nacional de México (BNM), el 2 de abril de 1884 se realizó su ansiada inauguración. Transfigurar un edificio con vocación religiosa en uno laico requirió la friolera de 17 años, amén de que el primer intento para contar con una biblioteca pública dató de 1833.[1] Semejante empeño, concretado con el decreto expedido por Juárez el 30 de noviembre de 1867, demandó una solemne ceremonia que alabara la cristalización de algo tan trascendente para el país, por ende, no se escatimaron esfuerzos y se desplegó toda la pompa disponible.

Todas las personalidades imaginables concurrieron y para la ocasión se prepararon emocionadas alocuciones. El gabinete entero asistió, sin faltar la presencia de los oradores mejor calificados para el realce de tamaña solemnidad. Guillermo Prieto tomó la palabra, hechizando al auditorio con la entonación de un poema suyo de largo aliento, en el que pudo escucharse: “¿Qué es el libro? ¿Qué expresa? ¿Qué excelencia/representa en el mundo de la mente, flor bella de la humana inteligencia?/Es lámpara radiosa en que la llama/inmortal vive de la humana idea;/es búcaro sagrado que contiene/perfumes del espíritu del hombre/que del tiempo fugaz se enseñorea;/es la nube que encierra silenciosa/el rayo destructor, que cuando truena,/la humanidad se eleva victoriosa/y arranca de su cuello la cadena;/es mágica mansión en que palpamos/triunfantes del olvido/el cálculo sutil, la augusta ciencia,/el delirio, el gozo, y el gemido,/y el grito aterrador de la conciencia./¡Oh! Dios se mira aquí, que aquí radiante/la humanidad encierra su esperanza;/de aquí brota en acento inextinguible/el hosanna inmortal en su alabanza.”

Como podemos dilucidar, y aún asombrarnos ante la relevancia histórica que adquiriría, la música jugó un papel decisivo en el ceremonial, afianzando con su melodiosa andadura la certeza de que nuestra magna BNM iba a ser una de las más ricas del orbe. Dicho sea de paso, la profecía se cumplió a cabalidad, ya que la BNM se formó inicialmente con la magnificente colección del Colegio de San Ildefonso, y con los libros del Ministerio de Relaciones Interiores y Exteriores, a los que se sumarían donaciones de particulares, acervos conventuales y las adquisiciones, dentro y fuera del país, hechas con los recursos que se fueran destinando para tal fin. Hoy, la BNM puede envanecerse de resguardar más de ocho millones de volúmenes, entre los que destacan nada menos que 173 libros incunables[2] ‒uno de ellos, para dar un ejemplo, es una edición de la Divina Comedia de Dante Alighieri, impresa en Venecia en 1493, de la que sólo hay dos ejemplares en el mundo‒, junto a invaluables fondos y reservorios, donde está concentrada la memoria de lo que somos, de lo que hemos querido ser como nación y, naturalmente, del saber universal que también nos pertenece.

Así pues, José María Vigil, primer director de la BNM, creyó que era importante encargarle un himno ‒de hecho, es la única biblioteca en el planeta que pude presumir de disponer de uno propio‒ al músico Gustavo E. Campa, quien a pesar de contar con sólo 21 años de edad, era ya un compositor de renombre Asimismo, Vigil le confió otro segmento de relieve dentro del programa inaugural al joven Ricardo Castro ‒un año menor que Campa pero igualmente distinguido en el arte sonoro nacional‒ y se le dio espacio a una obra del celebrado maestro Melesio Morales, a la sazón el mejor operista que había en el país. El inusual concierto fue ejecutado por la orquesta del Conservatorio y constó de seis composiciones: la obertura La hija del Rey de Morales,[3] una Marcha solemne de Castro ‒compuesta de igual forma ex profeso‒, el mencionado Himno sinfónico para la biblioteca de Campa, junto a una Melodía para violín y orquesta, un Ave María y un Himno patriótico también de Campa.

Ahora que transcurrieron 133 años de la gloriosa inauguración y 150 del decreto juarista, la historia tornó a su cauce y la música volvió a ocupar, en una conmemoración memorable acaecida el pasado 30 de noviembre dentro de la actual sede de la BNM en la UNAM, el sitio de honor que ya se le había conferido. Con este noble propósito ‒impulsado por el Dr. Pablo Mora Pérez Tejada, actual director de la BNM, y encomendado para su realización al titular de esta columna‒ se hurgó en los archivos musicales, logrando rescatarse tres de las seis obras citadas. Lamentablemente las restantes han de darse por extraviadas. Las partituras, localizadas en el Fondo Reservado de la Biblioteca del Conservatorio Nacional de Música, fueron las del Himno sinfónico de Campa, su Melodía para violín y orquesta y la obertura La hija del Rey de Morales.[4]

Es imperativo anotar que aquel concierto de 1884 debe considerarse, hasta donde nos es dado saber, como el primero en nuestro país donde solamente se escucharon obras de músicos mexicanos. Hasta ese momento, la conciencia nacionalista era aún una entelequia, ya que siempre se privilegiaba lo europeo, en demérito endémico de lo propio. Es decir, estamos ante un hito que aún no se aquilata en su verdadero compás histórico…

Para apuntalar los detalles de los hallazgos, es necesario anotar que las tres obras exhumadas ‒después de aquel año no volvieron a ejecutarse, salvo la Melodía para violín de Campa que entro gradualmente a formar parte del repertorio nacional‒ aparecieron incompletas y que fue imperativo realizar una labor musicológica que las actualizara volviéndolas aptas para su ejecución moderna, amén de elaborar las partituras correspondientes (el himno de Campa, por ejemplo, carecía de partitura general y a la obertura de Morales le faltaban las partes instrumentales por separado).

Tocante al resto del programa sesquicentenario, hay que decir que se redondeó con otras cuatro obras inéditas que embonaron con el espíritu que alentó la creación de la Biblioteca, es decir, son tres obras señeras ‒aunque olvidadas‒ de la misma época y una cuarta que se compuso ex profeso para que el Siglo XXI imprimiera su sello en la celebración actual. Las obras referidas son la Marcha tlaxcalteca de la ópera Cuauhtemoctzin y la Marcha Republicana, ambas de Aniceto Ortega, la Marche mexicaine para arpa de Charles Nicolas Bochsa y el recién creado Ex libris sonoro para la Biblioteca Nacional de Jesús Echevarría.

Con respecto a las obras del Dr. Ortega, conviene señalar que son piedras miliares del nacionalismo musical mexicano; la Danza y Marcha tlaxcalteca (Proceso 2144) es aquella que se considera como la primera composición orquestal que incorpora temas y ritmos autóctonos y la segunda es una de las marchas que Juárez habría querido para sustituir, en el afán de refundación de la República, al himno compuesto por Jaime Nunó sobre la letra del potosino Francisco González Bocanegra (Proceso 2132).

Sobre la Marche mexicaine del arpista francés Bochsa, baste con asentar que fue compuesta y estrenada en 1850, cuatro años antes de que Antonio López de Santa Anna lanzara la convocatoria para el concurso del que surgiría el himno patrio. Bochsa estuvo en México en aquella época y dada su fama de ser el mejor arpista del mundo creyó que, sin dificultad, su creación habría de dotarle al país el himno que necesitaba (hubo otros ocho compositores ‒casi todos extranjeros‒ que también hicieron propuestas para Himno Nacional, a cual más oportunista y fallida) (Proceso 2122). La Marche de Bochsa volvió a escucharse después de 167 años de silencio. Se sabe que, curiosamente, llegó a ponérsele letra y que ésta fue concebida por el poeta cubano Juan Manuel Lozada.

La obra que cerró el programa es creación del eminente compositor mexicano Jesús Echevarría y se planteó, no sólo como homenaje a la Biblioteca, sino como un paseo virtual por los libros más significativos que ella contiene. Cada quien es libre de adjudicar la audición de los diferentes pasajes musicales ‒intitulados dentro de la partitura como “libros”‒ que el Exlibris sonoro entrelaza, a las obras literarias que más huella han dejado en su vida y nadie podría negar que el sortilegio de su lectura va de la mano de la evocación que la música suscita…[5] De ahí la magia de las artes que se ligan y el milagro de contar con un maravilloso recinto donde los libros están reunidos en espera de que se los consulte y se les siga amando. ¡Larga vida a la Biblioteca Nacional de México!

[1] El decreto original surgió en ese año, pero fue hasta 1846 que José María Lafragua recibió otro decreto emitido por José María Salas, el presidente en turno, donde se expresaba la exigencia de crear una biblioteca que hiciera “honor a la cultura de los habitantes” de la nación. Por inestabilidad política y carencia de recursos tampoco logró fraguarse la citada voluntad presidencial, sino hasta la restauración republicana emprendida por Juárez.

[2] Son los libros producidos entre 1453 –fecha de la creación de la imprenta con caracteres móviles fundidos, por obra de Gutenberg- y 1500.

[3] La obertura de Morales fue la única obra que no fue estreno. Fue compuesta en 1876 como prólogo sonoro del drama homónimo en tres actos del Dr. José Peón Contreras.

[4] Audio 1: Gustavo E. Campa – Himno sinfónico a la Biblioteca Nacional. (Orquesta Sinfónica de la Escuela Nacional Preparatoria. Luis Samuel Saloma. Director. LIVE RECORDING del Estreno mundial contemporáneo. 30/XI/17, Patio Central de la BNM.)

Audio 2: Melesio Morales – Obertura La hija del Rey. (Orquesta Sinfónica de la Escuela Nacional Preparatoria. Luis Samuel Saloma. Director. LIVE RECORDING del Estreno mundial contemporáneo. 30/XI/17, Patio Central de la BNM.)

[5] Véase el video del estreno mundial. Orquesta Sinfónica de la Escuela Nacional Preparatoria. Luis Samuel Saloma. Director. LIVE RECORDING del Estreno mundial contemporáneo. 30/XI/17, Patio Central de la BNM.)

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