Meade tiene razón

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Aunque anecdótico, el llamado del precandidato del PRI y aliados a que sus adversarios se sometan a exámenes de salud y toxicológicos cumple un propósito: abre paso a la conjetura sobre lo que puede o no saber José Antonio Meade, propicia la sospecha sobre Ricardo Anaya, remite al infarto de Andrés Manuel López Obrador. Puros rumores y declaraciones.

Las campañas, son plenas de banalidades –como dijo el de Morena sobre el emplazamiento. Y sí, las campañas son megáfono de ocurrencias que por instantes saturan el debate, ocupan a los periodistas en frivolidades sólo para ser reemplazadas por deslices discursivos o denuncias intrascendentes, en medio del espectáculo carnavalesco que son, literal y simbólicamente, los procesos electorales.

Pero la palabra tiene un peso específico y memoria. Por eso es que los estrategas del campañeo se angustian tanto por mantener los ambientes controlados, por el mensaje preciso, calculado en su trascendencia, inserto en la inmensa cascada verbal de sutilezas y buenos propósitos mayoritariamente irrealizables que un día volverán sobre el que los pronuncia.

El control jamás será absoluto como ya le pasó a Meade. Por ejemplo, llegar a una concentración en un teatro, que encima se llama Circo Renacimiento, con un emplazamiento ideado –aunque bien sabemos que en el PRI lo que se idea nunca estará fuera de guión—por el dirigente campechano, Ernesto Castillo, quien traicionado por su ignorancia o por su subconsciente, dijo días antes que el primero en dar positivo sería José Antonio Meade.

Consciente o no de la dimensión de su emplazamiento, Meade tocó un tema relevante, secreto de Estado, opaco como pocos: la salud del presidente y de quienes aspiran a serlo.

Desde que existe ley de transparencia, algunos periodistas hemos buscado infructuosamente saber del estado de salud física y mental de los presidentes. Con Vicente Fox, las inquietudes eran por su condición mental o emocional, pues había indicios de depresión medicada. Nunca supimos.

Con Felipe Calderón, las interrogantes eran por supuestas inestabilidades y adicciones, así fuera al alcohol, aumentadas especialmente durante los días en que debió aparecer con cabestrillo y renco, oficialmente, lesionado al andar en bicicleta. No pudimos saber.

Con Peña Nieto, las dudas fueron por padecimientos como un supuesto cáncer muy rumorado en el PRI durante la campaña de 2012, las dos intervenciones ya en la Presidencia que oficialmente se comunicaron como la extirpación de un nódulo tiroideo y luego de la vesícula biliar, así como por sus constantes tropiezos discursivos. No hay información.

La reserva se ha mantenido, pues a juicio de las burocracias gubernamental y autónoma de la transparencia, los expedientes médicos son asunto del ámbito personal, esfera de interés protegida. Del otro lado, el interés público es inobjetable: el destino del país y su población está en sus manos. Un padecimiento, que en un ciudadano debe ser confidencial, en un gobernante no.

Así que Meade tiene razón y es preciso tomarle la palabra –López Obrador y Anaya deberían hacerlo—para que pase de lo anecdótico a los hechos, con una propuesta al legislativo de apertura de expedientes médicos de los presidentes, empezando con el de Enrique Peña Nieto y no sólo de candidatos en emplazamiento fatuo.

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