La decisión final

Hace dos años, la noche del 23 de diciembre de 2015, falleció Enrique Maza, cofundador y pilar en la larga vida de Proceso. Se encontró con lo que él llamaba una de las realidades insoslayables de la vida: la muerte. Para él se resolvió ya el enigma del más allá. De este lado quedamos quienes conservamos perenne el recuerdo del sacerdote periodista, que inculcó en sus compañeros del semanario, como nadie, la ética como centro rector de esta profesión. Esperamos seguir haciendo honor a ese legado. En memoria suya, reproducimos un fragmento de uno de sus libros esenciales: “El amor, el sufrimiento y la muerte”, publicado en 1989. Y qué mejor que sea una reflexión precisamente sobre la desaparición física del ser humano.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Todo el proceso del ser, del conocimiento, de la voluntad, de la conciencia, del amor, de la vida, del envejecimiento, del crecer interno hacia la sabiduría, de la libertad, nos orienta y nos conduce a la muerte, donde culmina. Por ella pasa el hombre a la realización total de sí mismo.

Pero si allí y sólo allí se realiza el hombre en plenitud y lleva a su culminación todo el proceso de su vida, entonces la ida del hombre tiene que continuar al lograr su plenitud. En la muerte se anuda toda la existencia y se crean una nueva vida y un nuevo mundo de relaciones. Allí es el lugar de la luz y del sentido, donde se acaban la noche y la sinrazón.

Lo que esto implica es que el hombre tiene que seguir viviendo en su integridad y en su personalidad acabada, sin interrumpir su vida.

La muerte es el encuentro pleno de nosotros mismos, la total autoposesión, con todo lo que reclamaba nuestra nostalgia y barruntaba nuestro conocimiento, con todo lo que ansiaba nuestro amor y exigía nuestra libertad. La muerte es el primer acto plenamente personal del hombre y, por tanto, es el lugar del encuentro con Dios.

Allí se sella la opción del hombre. Allí entabla el hombre el juicio sobre sí mismo y sobre su vida, y pronuncia su propia sentencia. La muerte le da al hombre su forma definitiva y su destino irrevocable.

Hay quienes se rebelan ante la muerte. Supongamos que no tenemos que morir, que nadie muere. Tendríamos entonces una vida ilimitada en estado transitorio, en inacabamiento perpetuo, en precariedad sin término.

No acabarían nunca el frío y el sudor, el sufrimiento y la enfermedad, la lucha y la impotencia, el egoísmo y la pequeñez, la violencia y la decepción, el cansancio y el aburrimiento. Perderíamos la capacidad de asombro, nos arrastraríamos en la indiferencia, se mutilaría nuestra libertad. La vida se hundiría en el desgaste y acabaría por aburrir. Nos perderíamos en la sinrazón, en el hastío y en la vaciedad.

Si el hombre no muriera nunca, nos dominaría la locura. Nuestra libertad no opera sino en la posibilidad de que lo inconstante y lo revocable sean superados por la libre activación de lo definitivo. Porque lo definitivo –que se alcanza por la muerte– es sólo fruto maduro de la libertad que, de otro modo, siempre quedaría inmadura y mutilada.

En cambio, en la muerte, por la decisión libre, tenemos acceso a lo definitivo. Es obvio que esta decisión final está condicionada por todas las decisiones previas de la vida. Cabe, por supuesto, la posibilidad de rectificar en la muerte todas esas decisiones previas. Pero esta retractación de lo que se ha afianzado largamente en la vida, aunque fuera posible, en un caso extremo, no es común. La decisión final, normalmente, supone, confirma y consuma las decisiones de la vida. Resulta de ellas, es un fruto, es su conclusión lógica. La decisión final nace de las demás decisiones, no brota contradictoriamente fuera de contexto y de paternidad, está por encima de ellas y dicta sentencia sobre ellas. Está en íntima conexión con las opciones previas y con la vida anterior, que no puede dar lo que no tiene ni producir lo que no ha sido. La decisión final es la coronación exacta de lo que fue la vida.

No se puede quitar importancia a las opciones y decisiones que llenaron la vida. Al contrario. Cada decisión previa fue un entrenamiento de la decisión final, para bien o para mal. Cada acto de la vida prepara la última postura del hombre, precisamente porque vamos a morir, porque hay muerte, porque somos seres para la muerte.

La determinación esencial de nuestra existencia, la opción central de nuestra vida que le dio sentido para un lado o para el otro –sobre la que vamos a entablar juicio y a pronunciar sentencia en la muerte– es la base para esa decisión final frente a lo definitivo. Porque sólo la orientación total de la persona califica moralmente la actuación del hombre.

Cada decisión previa tiene esa importancia, porque cada una es un martillazo que va modelando el estilo, la orientación y la cualidad de nuestra vida y afianzando lo que es nuestra persona. Cada acto de nuestra vida apunta al amor o al desamor, a la comunión o al aislamiento, a la justicia o a la injusticia, al plan de Dios o a la soberbia del hombre.

La vida o la muerte definitivas se labran en un proceso, no de un golpe único al final. Por eso la vida es un riesgo fascinante en la medida en que hay muerte. De otro modo, este mundo sería invivible. La muerte, y sólo la muerte, nos hace ineludible el enfrentamiento con nosotros mismos, con los demás, con la tarea humana y con Dios. Y nos hace indispensable una opción personal.

Este texto se publicó el 24 de diciembre de 2017 en la edición 2147 de la revista Proceso.

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