Entonces, primero a coger y luego a comer, así hacen diario

OAXACA, Oax. (Proceso).- Mi abuelo sembró un árbol de tamarindo que daba a la casa de la vecina, recuerdo que de niño nos subíamos para ver lo que pasaba en el patio de la señora porque era una casa de citas.

Entraban mujeres y señores, ese fue tal vez el primer acercamiento que tuve al sexo como un espectáculo, no alcanzábamos a ver muchas cosas, sólo algunas hamacas y catres, ahí estaban las parejas, pero no recuerdo haberlos visto haciendo el amor, a lo mejor sólo estaban esperando a que desocupara un cuarto.

Las mujeres estaban semidesnudas, es una visión que tal vez en mi trabajo tuvo una repercusión, o esta tendencia a dibujar parejas desnudas quizá venga de esos momentos en que subía al árbol de tamarindo a ver la casa de citas.

La viejita y el venado

Una mujer madura encontró un venado; pero no era un venado, sino el diablo que se transformó en venado. La mujer hizo un trato con el venado y se hicieron amantes. Diario iba la mujer a dejarle su comida al venadito, llegaba y le empezaba a gritar:

–Venadito, venadito, ¿vas a comer o vas a coger? –así dice la mujer y  el venado sale y le contesta.

–A coger.

Entonces, primero a coger y luego a comer, así hacen diario.

Pero la mujer tenía dos hijos y como eso no les convenía, buscaron la manera de matar al venado. Lo mataron, le sacaron la piel y la colgaron encima de unos árboles. La carne se la llevaron a su casa y la comieron junto con su mamá. Al otro día, como siempre, fue la señora a dejarle de comer al venado. Llegó al lugar donde siempre se encontraban y comenzó a gritar:

–Venadito, venadito, ¿a coger o a comer?

Y en ese momento cayó una gota de sangre sobre ella; volteó para atrás y no vio nada; alzó la cabeza y vio el cuero del venadito. Pues se quedó triste, el venadito ya se murió y ella ya no tiene confianza en sus hijos.

Pues bien, como ya se murió el venadito, pues ella buscó otra manera; hizo una cosa con cera negra, con cera de abeja silvestre del tamaño del miembro de un hombre y como la viejita se duerme muy noche y se levanta muy de madrugada, con esa cosa se le pasaron las ganas. Y los hijos vieron que la viejita platicaba de madrugada, cuando está haciendo hilo de algodón con su malacate. Habla sola y se ríe sola de madrugada la viejita. Y oían que decía:

–Sebastián, Sebastián.

Y vieron que se estaba metiendo la mano en su parte, que se estaba metiendo la cera y que platicaba con la cera de noche y de madrugada.

Buscaron los hijos y encontraron hasta muy abajo, debajo de su tenate, tapado con el algodón. Lo sacaron y le echaron chile y volvieron a poner todo en su lugar. Cuando lo volvió a usar la viejita, hasta lloraba, porque el chile arde mucho; mucho gritaba, hasta que se fue a lavar con agua. Así se le quitó la maña a la viejita. Así oí hablar.

Del libro El fin de los Montiocs. Tradición oral de los huaves de San Mateo del Mar, Oaxaca, de Elisa Ramírez Castañeda.

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Muxe’ Rieegu’ (Aficionado a los afeminados)

César López nació el 3 de abril de 1946 en La Ventosa, en el Istmo de Tehuantepec. Su madre fue Isabel Orozco “Na Chabé” oriunda de Juchitán y su padre Román López Gómez, originario de La Ventosa. Comenzó a componer a los 16 años y creó cientos de temas en zapoteco.

Murió el 15 de agosto del 2007.

Penoso sacrificio

Otras veces hacían un sucio y penoso sacrificio, juntándose en el templo los que lo que hacían y puestos en rengla se hacían sendos agujeros en los miembros viriles, al soslayo, por el lado y, hechos, pasaban toda la mayor cantidad de hilo que podían, quedando así todos asidos y ensartados; también untaban con la sangre de todas estas partes al Demonio, y el que más hacía era tenido por más valiente y sus hijos, desde pequeños, comenzaban a ocuparse en ello y es cosa espantable cuán aficionados eran a ello.

Las mujeres no usaban de estos derramamientos aunque eran harto santeras; más siempre le embadurnaban el rostro al Demonio con la sangre de las aves del cielo y animales de la tierra o pescados del agua y cosas que haber podían. Y ofrecían otras cosas que tenían.

Del libro Relación de las cosas de Yucatán, de Fray Diego de Landa.

Viejecilla de cabeza cana. Francisco Toledo, 2017

Viejecilla de cabeza cana. Francisco Toledo, 2017

Las viejecillas adúlteras

En tiempo del señor Nezahualcóyotl dos viejecillas de cabeza cana más que la nieve, ya con fibra de maguey su cabeza, fueron llevadas a la cárcel, porque habían sido adulteras e infieles a sus maridos.

Ellos eran viejos ya. Y ellas buscaron unos muchachones servidores del templo para darse gusto, y hacer lo que intentaban.

El rey Nezahualcóyotl les preguntó:

–Abuelitas, ¿qué piensan? ¿Todavía andan en deseos mundanales? ¿No se han saciado sus ansias? Y, ¿qué sería cuando eran jóvenes? Díganlo y luego. Para eso están aquí.

Y respondieron las viejas:

–Señor y amo nuestro: oye y atiende. Vosotros los varones os aflojáis  muy pronto, os cansáis y gastáis. Todo se acaba y ya no hay deseo de nada.

Pero nosotras las mujeres no nos aflojamos: una cueva, un abismo hay en nosotras. Está en espera de su dádiva y quiere su don. Recibe lo que le dan.

Del libro Nezahualcóyotl, vida y obra, de José Luis Martínez.

Muxe’ Rieegu’ (I). Francisco Toledo, 2017

Muxe’ Rieegu’ (I). Francisco Toledo, 2017

AAT

Sólo los genitales masculinos fueron muy “expuestos” en el arte y la escritura maya; esto a consecuencia del dominio masculino en la vida ritual de élite y en los medios de representación. Además, de todas las diferentes formas de sacrificio sanguíneo, la extracción de la sangre del pene era la que tenía más prestigio. El derramamiento de sangre genital le dio al pene una mística que fue reforzada por representaciones pictóricas sutiles, y no tan sutiles, alusivos a este acto. El signo “AAT”, que no tiene una contraparte femenina en la escritura maya, es sintomático de esta actitud androcéntrica. Presenta un testículo y un pene flácido, e incluye ya sea un disco partitivo característico de glifos anatómicos, o un marcador de piel áspera o arrugada.

Muxe’ Rieegu’ (II). Francisco Toledo, 2017

Muxe’ Rieegu’ (II). Francisco Toledo, 2017

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