Incertidumbres al finalizar 2017

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Un año difícil de olvidar. Hechos inesperados tuvieron lugar en el ámbito internacional y en la relación de México con el mundo. Existe una enorme incertidumbre sobre lo que puede esperarse de la situación mundial el próximo año. Nuestros problemas más serios están vinculados con Estados Unidos. Todos los temas de la agenda en la relación con ese país se encuentran en puntos suspensivos.

Entre otros asuntos, hay enormes dudas sobre el destino de las negociaciones sobre el TLCAN, hay opacidad y confusión en torno a la cooperación en temas de seguridad, han surgido interrogantes sobre el eventual papel de Estados Unidos ante una descomposición, aún mayor, de las situaciones de violencia que se viven en México.

El cambio político en Estados Unidos tomó por sorpresa a los gobernantes mexicanos. Acorde con la filosofía neoliberal que los inspira, confiaban en que las fuerzas del mercado decidieran con éxito la buena marcha de la relación económica con el país del norte. Una relación multifacética en la que participan sectores muy diversos, con intereses compartidos en ambos lados de la frontera.

Los tecnócratas más reconocidos de la administración pública mexicana veían al gobierno sólo como un actor más en esa intricada red de vínculos económicos que se ha establecido entre los dos países. De allí la ausencia de verdaderos expertos sobre la situación política y económica estadunidense, así como la inexistencia de proyectos para evitar una excesiva dependencia del mercado y los inversionistas de aquel país.

La vulnerabilidad mexicana a lo que allá se decida, por ejemplo en materia energética, es muy alta. En ese y otros rubros manejar con cautela la relación con Estados Unidos exige pensar en contrapesos, tener visiones y estrategias de largo plazo que sólo pueden provenir de grupos de estudio con una visión de Estado. Hoy por hoy no existen.

Desde mediados de 2015, a medida que se definía el avance de Trump y su profundo antimexicanismo, la situación anterior comenzó a cambiar. Sin embargo, como era de esperarse después de años de descuido en la relación gubernamental con Estados Unidos, las acciones tomadas fueron esencialmente erráticas. Basta recordar la todavía incomprensible visita de Trump a México, los cambios de embajadores enviados a Washington, los primeros encuentros desafortunados con la nueva administración en la Casa Blanca, los titubeos sobre a quién privilegiar como el interlocutor para dialogar con el gobierno de Trump.

Otras medidas adoptadas en los últimos tiempos han sido más estructuradas. Como dar nuevas directivas para ampliar funciones y elevar presupuestos a la amplia red de consulados que México tiene en Estados Unidos. De tener éxito, ello permitirá conducir la relación con ese país a fin de tomar en cuenta la variedad de posiciones a nivel local, de importancia para nosotros cuando son contrarias, o bien simpatizantes de la hostilidad que proviene del Poder Ejecutivo.

Los ámbitos que ilustran bien el camino incierto en que se encuentra la relación con Estados Unidos son, en primer lugar, el avance tortuoso de las negociaciones sobre el TLCAN. Cinco rondas han servido para poner en evidencia cuáles son los puntos que obstaculizan los resultados. Ante todo, la posición tan irracional de Trump al poner como objetivo central la reducción del déficit en la relación comercial.

A partir de allí, hay demandas casi imposibles de aceptar, como las relativas a las reglas de origen del sector automotriz. Estados Unidos propone un incremento de 62.5% a 85% de componentes de la región, de los cuales 50% sería estadunidense. Para nuestro país significaría poner en riesgo la pieza central de su actividad exportadora. Igualmente difícil es la posición, compartida por Canadá y Estados Unidos que pide elevación de salarios en México. En suma, pueden pasar muchos meses y hasta años para que tales puntos se resuelvan. Ha surgido entonces una preocupación un tanto tardía por apresurar la diversificación –poco probable a corto plazo– de las relaciones exteriores mexicanas.

El segundo punto importante es la cooperación en asuntos de seguridad. Se trata de un tema en el que reinan la opacidad y el desconocimiento sobre quiénes son los verdaderos interlocutores en México: ¿Cienfuegos, Osorio o Videgaray? En todo caso, lo que sí se conoce es la asimetría entre la fortaleza de las instituciones estadunidenses para combatir la delincuencia y la pobreza o franca inexistencia de las instituciones mexicanas para hacerlo.

Esto lleva a matizar afirmaciones oficiales en el sentido de que avanza muy bien dicha colaboración. Se requiere de cooperación en materia de inteligencia, claro, pero los que tienen la información sobre quiénes y dónde están los narcotraficantes mexicanos y qué tipo de complicidad tienen, o no, con agencias del Estado son ellos. Largas son las conversaciones que deben tener con los delincuentes que han sido extraditados.

Se trata pues de un tema en el que el campo de maniobra mexicano es limitado. Encuentro inexplicable la posición de formadores de opinión en México según los cuales la importancia de nuestra colaboración para la seguridad de Estados Unidos es lo suficientemente alta para utilizarla como moneda de cambio para avanzar en asuntos comerciales. La realidad es que se trata de un campo en que somos particularmente vulnerables.

Por lo que toca a la militarización de México –ilustrada por la reciente Ley de Seguridad Interior–, sería extraño que no hubiese una opinión al respecto entre personalidades interesadas en cuestiones de seguridad en Estados Unidos, como el general Kelly o su sucesora en el Departamento de Seguridad Nacional. El tema ha sido muy mediático a nivel internacional, con opiniones muy explícitas por parte de personalidades encargadas de la defensa de los derechos humanos. Al gobierno de Peña Nieto –que ha promovido lo que se percibe mundialmente como un paso condenable hacia la militarización– le interesa recibir una reacción por parte de los dirigentes estadunidenses.

El futuro turbulento que se espera en México el año entrante, con motivo de una jornada electoral altamente competitiva, inquieta aún más cuando va precedida de una decisión que profundiza el papel del Ejército en detrimento de funciones que corresponden a fuerzas civiles. Por lo cual lo que haga o no haga Estados Unidos será un factor a tomar en cuenta. Un motivo adicional para alimentar la incertidumbre.

Este análisis se publicó el 24 de diciembre de 2017 en la edición 2147 de la revista Proceso.

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