Los olvidados de 1817

Para Jesús Echevarría Román

Sería lamentable permitir que finalice el año sin ocuparnos de los bicentenarios de tres músicos insignes a quienes, paradójicamente, se les ha ido relegando a un nicho de silencio e injusta incomprensión. Dos son europeos y uno es mexicano y, para “consuelo” patrio, en remembranza de los primeros no hubo –excepto por algunas iniciativas de poca trascendencia– celebraciones a la altura de sus méritos y legado.

Con respecto al compatriota, la inobservancia es consecuente con la ola de incultura que zarandea nuestra cotidianidad, aunque es de deplorar que aquello que lo diferencia de los otros dos es que su enorme talento sí se malogró, y de forma trágica.

Iluminemos, entonces, sus sucintos perfiles biográficos, procediendo en un orden cronológico acorde con el día de su nacimiento. Huelga decir que la audición de su música valida la escritura de esta nota de vindicación (como es costumbre, las obras de los aludidos pueden escucharse en la audioteca del semanario, accediéndose a ella a través de la página proceso.com.mx; acción que seguimos recomendando. Pronto se facilitará en la versión impresa, quizá en 2018, mediante el empleo de códigos QR).

22 de febrero. Copenhague, Dinamarca. Su alumbramiento tiene lugar en una derruida morada de un barrio bajo de esta ciudad. Testigo del parto es su padre, quien a duras penas mantiene a la familia fabricando muebles e instrumentos musicales. Los nombres de pila que le escogen son Niels Whilhelm –Nicolás Guillermo para nosotros– y el apellido que le toca en suerte predestina su vocación; en otras palabras, está construido con cuatro letras a las que les corresponde una nota musical: Sol, La, Re, Mi. Obviamente recaen en la denominación anglosajona en uso, es decir: Gade.

La educación que recibe es precaria y sólo admite las clases de música hasta la adolescencia. Tiene quince años cuando inicia sus estudios de violín, teoría musical y composición. Estos últimos le son impartidos por un maestro ejemplar que ama la música y la literatura popular danesa. Gracias a ello, Niels habrá de convertirse, a la vuelta de pocos años, en pionero del nacionalismo musical escandinavo.

Su debut como violinista profesional aviene en 1834, en un atril de la orquesta real danesa, proeza presumible pues la logra con unos cuantos meses de estudio. En esa época comienza a componer, mas se tarda en dar a la imprenta su opus 1: Efterklange af Ossian.1 Es tal el impacto que ésta tiene, que su trayectoria eclosiona. Se transfiere a Leipzig donde, finalmente, su talento es aquilatado. Al frente de la orquesta de la Gewandhaus, Mendelssohn le estrena su primera sinfonía, pero también lo nombra su asistente, lo denomina maestro del Conservatorio de Leipzig y le encomienda la primera ejecución de su famoso Concierto para violín (a su prematura muerte, Gade lo sucede como titular de la Gewandhaus). Schumann tampoco escapa de admitirlo en su círculo íntimo de amigos, dejando por escrito que con él había sentido una “afinidad absoluta”, y le dedica varias obras, una de ellas basada en las notas de su apellido.

El éxito obtenido en Alemania podría haberse prolongado, empero en 1848 estalla la guerra entre Prusia y Dinamarca, no quedándole más opción que regresar a su patria. Lo hace con plena conciencia de que a él le corresponde encargarse de elevar la calidad de la vida musical danesa y de la educación de las nuevas generaciones. El noruego Grieg es uno de aquellos que recibe sus enseñanzas. Gade muere a los 73 años en sosiego consigo mismo. De su amplia producción debemos citar ocho sinfonías, cantatas, cuartetos, tríos, sonatas, canciones sobre el folclor danés, un concierto para violín, piezas para piano y, sobre todo, sugestivos poemas sinfónicos. Como dato curioso, especialmente para colimenses y lectores de Rulfo, su poema sinfónico op. 12 se intitula Comala…2

20 de agosto. Ciudad de México. Ya desde su nacimiento el destino familiar viene marcado por muertes a destiempo. Así aconteció con su padre, quien lo dejó huérfano en los primeros meses de vida y así sucederá también con él mismo. Su nombre es Joaquín Beristáin y su predestinación es convertirse en músico a despecho de la caducidad humana. Su hermano mayor se encarga de proveerle los medios para subsistir y darle ánimos para que se encamine por la difícil senda del oficio musical. Exiguos son los métodos de estudio y mal pagados son los maestros de su tiempo, que no proceden de conservatorio sino de academias particulares; sin embargo, la tenacidad de Joaquín suple deficiencias, catapultándolo hacia el quehacer profesional cuando es todavía un púber.

A los diecisiete años consigue su ingreso como violonchelista en la única orquesta carente de aficionados que había entonces en la capital: la Colegiata de Guadalupe. Dentro de sus filas destaca y en breve obtiene elogios descomunales por parte de sus colegas y entendidos, de tal magnitud que llega a considerársele como el mejor violonchelista del país y como uno de los músicos más completos de su generación.

Nos falta agregar que Joaquín también era diestro tocando el piano, el órgano, cantando, dirigiendo y, casi de manera autodidacta, componiendo. En el lustro que siguió realiza un cúmulo tan notable de actividades y creaciones que bien le quedaría el apelativo de “superdotado”, aunque lo más probable es que haya determinado comerse la vida a tarascadas para exorcizar la cortedad intuida de sus días. Obtiene la dirección de la Colegiata de Guadalupe, echa a andar una escuela de música en colaboración con el padre Agustín Caballero –la renombrada academia Beristáin-Caballero de la que saldrán, tres décadas después, los primeros alumnos de Conservatorio–, contrae nupcias, procrea dos hijos –el vástago es el eminente Lauro Beristáin, quien también brillará en el medio musical mexicano– y, lo sobresaliente, es que cincela varias composiciones de importancia cardinal.

Entres éstas, una imponente misa –calificada de obra maestra por Lauro Rossi ( Proceso, 2126)–, un par de oberturas y una sinfonía para gran orquesta. Con esta última se sitúa como el primer sinfonista del país.3 Por un designio inescrutable, cuando cumple 22 –en octubre de 1839– le es arrebatada la vida, privándonos de esas genialidades que tan escasamente brillan en nuestra caprichosa historia patria.

13 de noviembre. París. Louis-James-Alfred Lefébure-Wély ve la luz en una de las urbes más apropiadas para ello. Su padre es el organista de moda de la iglesia de Saint-Roch y es él quien le transmite los conocimientos necesarios para iniciarse en el codiciado oficio al frente de un órgano monumental. La precocidad de Luis Jaime Alfredo es advertida rápido y es ella la que lo prepara para sustituir a los ochos años de edad a su genitor recientemente hemipléjico en la codiciada titularidad de esa iglesia.

A partir de ahí, los éxitos se encadenan al punto que recibirá las loas más sinceras de boca de conocedores, críticos y público en general. Como es de esperarse, se le admite también en el célebre conservatorio parisino, donde obtiene el Grand Prix en órgano y donde recibe enseñanzas de composición de los preceptores más connotados del momento.

Sus ejecuciones al órgano abarrotan las naves de Saint-Roch, pero pronto es requerido como titular de la Madeleine –en ésta antecede a Camille Saint-Säens– de Notre-Dame-de-Lorette y de Saint-Sulpíce. En la titularidad de estas iglesias es testigo y actor de importantes ceremonias: toca, por ejemplo, las misas donde es bautizado Bizet (1838), donde se vela el cuerpo de Chopin (1849) y donde contrae nupcias el Marqués de Sade (1863).

En cuanto a su faceta de compositor, hemos de anotar que escribió un sólido corpus musical para su instrumento, en el que destaca un Bolero en forma de concierto, precursor en su género, y también una ópera cómica.4 En suma, no es exagerado admitir que estamos hablando del mejor organista francés del decimonónico, más aplaudido incluso que el belga Franck o los galos Pierné y Fauré. Mas por si fuera poco, hemos de agregar que fue consejero de Aristide Cavaillé-Coll, el constructor de órganos más importante de Francia. Las mejorías mecánicas y sonoras de los preciados instrumentos Cavaillé-Coll presuponen su participación y visto bueno (puede ser de interés para los mazatlecos saber que el órgano de su catedral de ahí proviene).

Para redondear su grandilocuente perfil, destacamos que Lefébure-Wély recibe la medalla de la Légion d´honneur y que fallece plácidamente a los 52 años. 

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1 Ossian es el primer poeta celta del que hay noticia. La obra está predispuesta en la versión electrónica del semanario

2 Coincidentemente es el nombre de un personaje femenino de la mitología celta.

3 La obra se estrenó en 1866, a cargo de la naciente orquesta sinfónica del Conservatorio, pero a partir de ahí se le extravió el rastro, dándose irremediablemente por perdida. Asimismo, las otras obras citadas y un par de zarzuelas más se han extraviado.

4 Es igualmente asequible en el sitio web de la revista.

Esta columna se publicó el 31 de diciembre en la edición 2148 de la revista Proceso.

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