Una odisea a través de América*

La ruta de quienes huyen de África ya cambió. De los precarios botes que zarpaban del norte de ese continente –muchos de los cuales naufragaban en el Mediterráneo, con un alto costo en vidas– se pasó a los vuelos a naciones sudamericanas, desde donde los migrantes inician una travesía por tierra en su afán de llegar a Estados Unidos o Canadá. El problema es que son víctimas de coyotes que los exprimen –les cobran decenas de miles de dólares– y los engañan: los abandonan a su suerte en la inhóspita selva centroamericana y les hacen creer que están a pocos kilómetros de su sueño americano.

Abdul Majeed estaba a 8 mil kilómetros y un océano de su natal Ghana cuando atravesó la Depresión del Darién, la zona selvática que separa a Colombia de Panamá. Con él iban muchos otros migrantes: “Somalíes, indios, senegaleses, nepaleses, ghaneses, bengalíes, cubanos, haitianos y nigerianos”, recuerda. Aunque la mayoría eran hombres y mujeres de entre 20 y 30 años, algunos habían traído a sus hijos. Su “guía” señaló hacia un sendero que serpenteaba por la selva. “Sigan por este camino. No está muy lejos”, les dijo.

Lo que siguió fue una caminata de una semana a través de una densa e inhóspita selva llena de animales salvajes, narcotraficantes armados y traficantes de personas, en la que cada paso estuvo marcado por el miedo. En cierto punto el grupo se tropezó con el cadáver de una embarazada. “Yo estaba preparado para esto”, dice. “Para morir. Todos sabíamos que de no tener éxito, nos convertiríamos en víctimas”.

En lugar de enfilarse desde África al norte, hacia Europa, donde la crisis ha causado miles de muertes en el Mediterráneo, numerosos migrantes como Majeed­ han decidido dirigirse al oeste, volando a través del Atlántico en una ruta que los lleva, primero, a Sudamérica y, luego, a través de México, a Estados Unidos y Canadá.

Aunque esta ruta no obliga a los migrantes a cruzar el Sáhara o a atiborrar botes no aptos para cruzar el mar, una investigación de Journalists for Transparency (Periodistas por la Transparencia, rama de Transparencia Internacional) y 100Reporters encontró que este nuevo trayecto está plagado de corrupción y peligros.

Un equipo de periodistas de América y África, que observó en ambos lados del Atlántico los factores de la emigración africana y su nueva ruta a través de América Latina, encontró que, para cruzar las fronteras, los migrantes se apoyan en traficantes y coyotes que muchas veces los estafan.

Una familia iraquí, por ejemplo, le pagó a un traficante para obtener un vuelo a Ecuador, sólo para descubrir en el aeropuerto de Dubai que sus pasajes eran falsos. Funcionarios de muchas partes exigen “mordidas” para facilitar boletos y visas. Y en Brasil, guardias fronterizos corruptos sellan simultáneamente cientos de documentos de entrada… por la tarifa correcta, se queja un declarante.

Migrantes de Ghana, Camerún, Senegal, Siria y Afganistán dicen que han viajado decenas de miles de kilómetros, yendo y viniendo por continentes, y algunas veces caminando a través de selvas y valles, para llegar a sus destinos.

Refugiados piden abrir las fronteras en Belgrado, Serbia. Foto: AP / Darko Vojinovic

Refugiados piden abrir las fronteras en Belgrado, Serbia. Foto: AP / Darko Vojinovic

Una senda mortal

Para muchos el periplo se inicia con un vuelo sin contratiempos hasta Brasil o Ecuador. Pero luego el viaje se torna más difícil. La mayoría de quienes se encaminan al norte lo hacen por tierra, a través de países centro y sudamericanos agobiados por grupos criminales armados, rateros comunes y traficantes sin escrúpulos.

En tanto que algunos migrantes y refugiados permanecen en América Latina –100Reporters y Journalists for Transparency detectaron un incremento de las solicitudes de asilo en Brasil y México, impulsado por un flujo reciente de migrantes de África, Asia y Medio Oriente– otros nada más utilizan la región como una etapa de su viaje al norte.

En el Darién las autoridades migratorias de Panamá administran un refugio para migrantes, donde muchos de los que logran cruzar la selva llegan desesperados y enfermos. Somalíes, congoleños, ghaneses y asiáticos de diferentes nacionalidades, incluidos nepaleses, estaban recientemente entre sus ocupantes, informa Javier Rudas, un representante gubernamental en la región.

En 2016, dice, las autoridades vieron a 22 mil migrantes “extrarregionales” atravesar la frontera hacia Panamá, mientras que las cifras muestran que el número total de quienes cruzan irregularmente la frontera colombo-panameña pasó de 2 mil en 2013 a 30 mil el año pasado. “Somos un país de tránsito que une al norte con el sur. Tratamos de ayudar”, explica Rudas.

El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) reconoce esta nueva dinámica en la migración internacional, al observar en 2011 que “la región está recibiendo un creciente número de solicitantes de asilo, frecuentemente mezclados con migrantes económicos, sobre todo del Cuerno de África y Medio Oriente”.

Las rutas del norte de Ecuador hacia Estados Unidos y Canadá ya eran familiares para los migrantes, pero su uso era “un fenómeno local”, afirma la doctora Thania Moreno Romero, fiscal en jefe de la región de Pichincha. Eso cambió hace algunos años, cuando Ecuador abrió sus fronteras a migrantes extranjeros. “Empezamos a ver gente de Paquistán, de India, de Afganistán que llegaba a nuestro país. De aquí continuaba su ruta por tierra a través de América Central”, agrega.

Los nuevos arribos incluyen a diversas categorías socioeconómicas, señala Giovanna Tipán Barrera, directora del Departamento de Movilidad Humana de la región de Pichincha, con sede en Quito. Ella ha trabajado con migrantes de Afganistán, Siria, Congo, Ghana e Irán y afirma que mientras unos llegan sin nada, otros son “de clase media o media alta” y acaban aquí porque “no quieren tomar los botes” para ir a Europa.

De clase media o pobres, refugiados y migrantes gastan entre 10 mil y 20 mil dólares para viajar de Ecuador a Estados Unidos, la mayor parte por tierra, dice Tipán Barrera. Lo que le preocupa del uso de Ecuador como “trampolín” para llegar a territorio estadunidense, es que el trayecto hacia el norte puede ser tan arriesgado como una travesía en bote por el Mediterráneo.

Migrantes rescatados por activistas en el Mediterráneo. Foto: AP / Emilio Morenatti

Migrantes rescatados por activistas en el Mediterráneo. Foto: AP / Emilio Morenatti

Trabajo duro, corrupción y amenazas­

Las historias de explotación sobre esta ruta a lo largo de América son comunes.

César Mesa, quien trabaja para la oficina del ACNUR en Turbo –localidad colombiana que es punto de partida hacia la Depresión del Darién–, recuerda haberse topado con dos ghaneses a quienes les habían dicho que estaban a dos días de la frontera estadunidense. “Tenían dos o tres meses frente a ellos. Pero la mayoría de los migrantes llega a Turbo creyendo que está muy cerca de Estados Unidos… No se percata de la magnitud del viaje”.

Aunque es prácticamente imposible verificar el número de personas que realiza esta travesía –dado que los migrantes tienden a desplazarse con coyotes y de manera irregular a través de fronteras pobremente custodiadas–, Mesa dice que tienen conocimiento de gente del Caribe, Bangladesh, Nepal, Eritrea y Etiopía que la ha llevado a cabo.

Basándose en lo que ha visto, Mesa afirma que “hay personas que han muerto sobre esta ruta, casos de mujeres que han sufrido violencia sexual, migrantes que han sido abandonados. Es complejo”, lamenta.

El proyecto de migrantes desaparecidos de la Organización Internacional de Migraciones (OIM) recaba el número de quienes han muerto o desaparecido al intentar migrar de un país a otro.

Sus datos muestran que 2016 fue el año más mortífero para quienes intentaron cruzar el Mediterráneo, pero también revela los peligros que hay sobre la ruta que atraviesa el Continente Americano. De todas las muertes en la zona fronteriza entre Colombia y Panamá, y sus océanos adyacentes, 89% ocurrió en la “notoriamente inaccesible y peligrosa” región del Darién, documenta la OIM.

Los traficantes

Un informe de la OIM, “Tendencias migratorias en América del Sur”, publicado este año, sostiene que la migración sur-sur entre África, Asia y América Latina se incrementó de manera “significativa” durante el primer decenio del siglo XXI, “en el contexto de políticas cada vez más estrictas en Europa y América del Norte, combinadas con la flexibilización de los requerimientos de visa en algunos países de Sudamérica”.

“Las medidas son cada día más restrictivas en la mayor parte del mundo”, explica Juan Pablo Terminiello, de la oficina del ACNUR en Quito, punto de aterrizaje para un sinnúmero de migrantes que se dirigen a la región. “Muchos de ellos son de países para los que casi en cualquier parte les pedirían una visa, pero aquí no”, completa.

Los migrantes entrevistados para este proyecto informativo aceptaron que las reglas flexibles para obtener visa –o ni siquiera necesitarla– fueron clave para elegir esta ruta. Podían entrar a un país como Ecuador sin muchas preguntas.

“Un pasaporte sirio tiene muchas restricciones”, sostiene un artista que buscaba asilo en Ecuador. “No podemos hacer nada, porque tenemos pasaporte de Irak; nadie respeta este país”, se queja otro solicitante. Y uno más dice que había llegado con la idea de dirigirse al occidente de Ecuador, luego de una búsqueda online sobre “países que aceptan a musulmanes árabes sin visa”.

Ahora, sin embargo, los migrantes se han percatado de que las rutas hacia el oeste son controladas por traficantes de personas y contrabandistas, y están plagadas de agentes que ofrecen facilitar una visa o un boleto de autobús a cambio de una cuota. Y quienes buscan sacar ventaja de este flujo también venden “ayudas de viaje”, para que los migrantes puedan atravesar por países que de otro modo serían prácticamente infranqueables.

La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDC), que monitorea el tráfico humano, reporta que los migrantes de África Oriental con frecuencia “son transportados por rutas terrestres a Sudáfrica y luego contrabandeados por aire a Brasil. Una vez en Sudamérica viajan por mar o tierra hasta Costa Rica o Panamá, o por aire directamente de Brasil a México”.

Lo que está claro es que este contrabando –desde África a través del Mediterráneo o del Continente Americano– aporta grandes ganancias a grupos del crimen organizado: a lo largo de las dos rutas, la ONUDC calcula que los criminales recaban por este negocio alrededor de 6 mil 750 millones de dólares al año.

Pedro Piedrahita Bustamante, un académico de la ciudad colombiana de Medellín y experto en el tema de crimen organizado internacional, explica que los traficantes latinoamericanos de personas están aprovechando las mismas rutas clandestinas que antes se usaban para traficar oro, drogas y armas. Estas rutas se hicieron populares, primero, con migrantes locales y, luego, extracontinentales.

Sólo en Colombia –uno de los países clave de esta senda transcontinental– Piedrahita estima que este negocio genera anualmente unos 5 millones de dólares. “Y es en este contexto en el que vemos la aparición del crimen organizado trasnacional… grupos que se especializan en el tráfico de personas, en el alquiler de transporte para los contrabandistas, y los que crean documentación falsa”, refiere.

O tal como lo plantea Josef Merkx, jefe de la oficina del ACNUR en Colombia, en el contexto nacional: “Es un negocio y siempre que hay un negocio están involucrados grupos armados”.

Pecadores y santos

Sin embargo, Mauricio Burbano, subdirector de la Misión Jesuita de Migrantes y profesor de la Pontificia Universidad Católica de Ecuador, afirma que con frecuencia los migrantes acaban estableciendo una relación de amor y odio con los coyotes: aunque está claro que el crimen organizado está involucrado en el contrabando y el tráfico, sin éste los migrantes serían incapaces de realizar este viaje. “Son ambas cosas, alguien que necesitan y que ofrece ayuda”, apunta.

En cuánto a cómo operan los contrabandistas, las propias redes son muy complejas y las dinámicas cambian constantemente. Muchos coyotes trabajan como en una carrera de relevos, pasando a grupos de migrantes de un lugar a otro, dice Soledad Álvarez, investigadora que ha estudiado las redes de tráfico que parten de Ecuador.

Un migrante somalí que logró llegar hasta la frontera de México con Estados Unidos, dice que los contrabandistas con quienes se encontró tenían su fotografía, para saber que podían confiar en él, y le cobraban cuotas sólo para cubrir cada tramo del trayecto. Otro cuenta que le habían ofrecido un “paquete” para llegar directamente a Estados Unidos desde Quito, por el cual le cobraban un total de 10 mil dólares por él y su hija.

Las sumas son altas y las distancias que los migrantes tienen que recorrer son con frecuencia extremas. El problema con ello, tanto en el trayecto hacia el oeste como hacia Europa, es que les confiere poder a quienes están dispuestos a ofrecer el tránsito por un precio, sin importar cuán peligroso pueda ser. “Lo que ellos llaman tráfico humano es un negocio”, nos dice un contrabandista en Níger (Traducción: Lucía Luna).

* Investigación a cargo de Laura Dixon /Pedro Noel /Andrea Arzaba /Sally Hayden /Mauro Pimentel /Selase Kove-Seyram y patrocinada por Transparency International y 100Reporters

Este reportaje se publicó el 31 de diciembre de 2017 en la edición 2148 de la revista Proceso.

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