El futuro

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Este año contiene, por razones electorales, la pregunta por el futuro. De un lado, el carácter enigmático del 2018 y su rasgo inaugural. Son dos formas de concebir un mismo año que se desenrollará frente a nuestros ojos.

Pensar en un enigma es hacerlo en torno a una idea del pasado que se hace futuro. Piénsese en ese artefacto que es el género policiaco: algo de lo que ha sucedido en el presente (un crimen) tiene su causa en un motivo (el pasado) y esperamos resolverlo en el futuro, es decir, al final, en el desenlace. Ese peso del pasado sobre el futuro está también presente en el psicoanálisis que cuenta con la narrativa de la propia familia para ubicar el momento en que el acontecimiento se hace síntoma. Hasta que no se desenlaza una historia pasada en el futuro, vivimos en suspenso, en ese “suspense” del género policiaco. Tenemos el placer de la pura expectativa, mucho más intenso que el del desenlace. Éste contiene otro placer único: el momento en que surge del pasado, el propio futuro. Y es más emocionante el desenlace entre más inesperada la lectura del pasado: “Ah, claro, ella lo había dicho desde el principio”.

Anclar el futuro en el pasado puede solidificarlo en una especie de inamovilidad: la situación es la que es, por culpa de lo que ya sucedió, la continuidad, la costumbre. El pasado no admite su transformación, por lo que el futuro debe actuar con lo que se tiene, se le hereda. Piénsese en nuestra forma de hacer política, la cultura priista, las reformas constitucionales que ya se hicieron y están en vigor. Aquí el futuro no sería jamás porvenir, sino un presente mejorado, es decir, un no-futuro, una administración más eficiente de lo mismo. De ahí parten los que, desde la orgullosa certeza del descrédito de todo y todos –partidos, políticos, medios de comunicación, profesionistas médicos, maestros o ingenieros– niegan las posibilidades de lo inaugural: la intuición, la creación, la voluntad, el encuentro. Para ellos, para los que sólo pueden pensar y ansiar un presente mejorado, el “arte de gobernar” se convierte en ese neologismo terrible, la “gobernanza”, es decir, el mirar lo que puede una sociedad lograr sólo como un resultado de la gerencia, de la administración más o menos eficiente, más o menos corrupta, de lo que hay, del pasado solidificado. Esta “gobernanza” del CEO del Estado se completa con el otro neologismo que se le aplica a los gobernados: “la resiliencia”. Aunque suene parecido a “resistencia” es su opuesto: en física, un metal “resiliente” es el que, después de aplicarle calor o electricidad, regresa a su forma habitual, anterior. Se nos pide a los gobernados que vivamos la expectativa del futuro como una tormenta, una inundación, una crisis financiera que borra nuestros ahorros, un despojo de la rapiña de las empresas, un desastre natural, la inflación y la devaluación de la moneda, y que aguantemos hasta volver a nuestra normalidad anterior. Lo que el futuro como enigma quiere no es el porvenir, sino que vivamos inquietos por el futuro inmediato: ¿qué va a pasar este año? ¿quién va a ganar las elecciones? ¿Me afectará mi bolsillo, la seguridad de mi casa?

El antropólogo francés Marc Augé ubica en todas las ideas de esa inquietud, dos posibilidades. A una la llama “ambivalencia”, es decir, cuando el futuro puede ser esto y aquello. Y la “ambigüedad”, que son dos negaciones: no quiero esto y tampoco aquello. Los dueños de la gerencia nos dicen que esperar esto y aquello es irracional, mágico, milagroso: ¿cómo esperan que haya trabajo para todos sin aumentar su productividad? O: ¿Cómo esperan que haya derecho a la educación universal sin aumentar los impuestos? Ellos apuestan más a la idea de la doble negación: nada parece avizorar un cambio para mejor; todo parece igual de lamentable, no hay mucho qué hacer con lo dado. Quizás esa “ambigüedad” sea la que perviva este año. Como decían los punks: “No sé lo que quiero, pero sí lo que no quiero”. Es un tipo de decisión, pero no construye ninguna idea de porvenir, sino un apego ciego a “la vida tranquila”, es decir, a la promesa de un presente mejorado, mejor administrado. Es curioso cómo el determinismo, el pasado que no puede cambiarse, las variables macroeconómicas que no pueden tocarse, los estilos que perviven, sean ahora la dimensión intelectual de los gerentes. “Determinista” era el insulto que se les asestaba a los marxistas.

La otra forma que me interesa destacar para comenzar con este año es lo inaugural. Como escribe el mismo Augé: “Toda reflexión sobre lo nuevo es tributaria de una interrogación sobre la libertad”. En el sentido sartreano, lo inaugural sería la posibilidad de aceptar o rechazar aquellas ideas y formas de vidas concebidas por el entendimiento. De hecho, poner en duda ese tipo de entendimiento. Es, si se quiere, una huida pero, como dice Sartre, “toda huida es un proyecto”. Tiene que ver con nuestra condición de seres en el tiempo. No es lo mismo para un viejo que para un joven. El tiempo es un bien escaso y, hasta el último hallazgo científico, también irrevocable. Las esperanzas, anhelos, deseos, temores e impaciencias, dependen de nuestro camino recorrido y lo que imaginamos que nos falta por andar. Lo nuevo es la posibilidad de un comienzo. Está menos ligado al pasado que la intriga del enigma. Si se quiere, el pasado funciona como un atenuante de la angustia por el sentido. El futuro, como un paliativo de las ansias de libertad. Ambos, sentido y libertad, estarán presentes en este año que hemos pensado como definitivo. Pero me temo que el pasado persistirá sobre el porvenir, hasta borrarlo.

Sólo podrían suceder dos cosas con este futuro inmediato: que se nos convierta en el enigma donde vemos hasta qué punto el pasado –el priismo– es una cuenta pendiente, pesado lastre, o en una inauguración, es decir, en una huida. Vemos ya signos de ambivalencia –lo que parece nuevo se alimenta con las torpezas de nuestro pasado– y de la ambigüedad de negar lo que se propone. Hasta aquí, hemos extraviado el porvenir. El presente mejorado de la gerencia es administrar de una u otra forma lo dado. No interrogar, criticar, poner en duda las bases del entendimiento que nos arrojan “lo dado”. Hasta aquí, estamos más preocupados por no cambiar el sentido, que por el acto de libertad que implica huir de lo que nos han dicho que somos.

Por supuesto no creo estar hablando sólo de las opciones que hemos puesto como decisivas, como torales: las de la boleta en las urnas. Hay una forma de pensar el futuro como una posibilidad de comienzo y a eso llamamos descubrimiento. Tropezarnos con algo nuevo es un hallazgo colectivo que contraviene el legado, la costumbre, el destino. Es saber abrirse al tiempo y a sus posibilidades colectivas, no centradas en los dichos de los líderes de los partidos o en los infumables “independientes”, es decir, los que no lograron candidaturas dentro de sus ex-partidos. No. Hablo del encuentro que debemos propiciarnos como sociedad, como red de relaciones y compromisos. Es abrirnos a lo “otro”, a la diferencia en el propio centro de la ciudadanía, a sus inclusiones y exclusiones. Sólo hay que recordar que los descubrimientos mutuos pueden comenzar de cualquiera de dos maneras: en empatía pero, también, en enfrentamiento. México jamás ha querido verse a la cara a sí mismo. Se esconde en el silencio del polvo. Este año es una oportunidad para hacerlo. Sólo hay que considerar que, quizás, no nos guste lo que se desarolla ante nuestros ojos.

Del porvenir, quizás haya que construirlo otro año.

Esta columna se publicó el 31 de diciembre de 2017 en la edición 2148 de la revista Proceso.

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