De Ruiz Cortines a López Mateos: Una sucesión entre “fintas e insinuaciones”

Once años después del destape de Adolfo López Mateos, Julio Scherer García habló con Gilberto Flores Muñoz, quien siempre había parecido ser el favorito para suceder en la Presidencia a Ruiz Cortines. En la entrevista –publicada en Excélsior el 14 de mayo de 1975–, quien fuera secretario de Agricultura desmenuzó el proceso del “dedazo”, ese juego de fintas y despistes que no ha perdido vigencia. Este texto se publica a propósito del tercer aniversario de la muerte de Julio Scherer García.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Gilberto Flores Muñoz, personaje de la sucesión presidencial que culminó con la postulación de Adolfo López Mateos en tiempos de Ruiz Cortines, se convirtió ayer en el primer político mexicano que se atreve a hablar de ese mundo en que se hilan las madejas del destapamiento sexenal.

Acerca del carácter del presidente de la República, de su vinculación con él, de las entrevistas en Palacio, del lenguaje de insinuaciones y medias palabras que ni los iniciados descifraban, pero que algunos creían entender, habló el exsecretario de Agricultura.

“Pollo”, le decía Ruiz Cortines. “Gran Gilberto”, lo llamaba Antonio Carrillo Flores. Cuatro meses antes del desenlace, al rojo las pasiones, este último habría apostado su cabeza en favor de Flores Muñoz como el ungido para el sexenio 1958-64.

Dice Flores Muñoz:

“La sucesión presidencial se desenvolvió en una atmósfera de fintas e insinuaciones. El presidente Ruiz Cortines no soltó prenda, pero hizo posible que se pusiera en movimiento la imaginación de quienes pudieron creerse los llamados. En ese rincón oscuro de la política no era saludable sentirse el señalado por ciertas actitudes públicas o algunas deferencias personales del jefe de la Nación.

“Ruiz Cortines no engañó a sus colaboradores. Se movió en ese terreno como nadie. Si algún ministro perdió el paso o se le nubló la vista, si interpretó alguna insinuación como indicio de que él sería, fue su culpa.”

Flores Muñoz se conserva vigoroso, aunque ligeramente encorvado. Los restos de la juventud se abren paso, no obstante su aire de viejo atleta retirado. El gusto por la vida es real en su ir y venir, en su actividad nerviosa, en las risas y sonrisas que animan su cara aún redonda. Muchos temas lo mueven al buen humor a sus 68 años de edad, casi blanco y ya escaso el cabello.

Fragmento del reportaje especial publicado en Proceso 2149, ya en circulación.

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