De la vida profunda de Enrique Maza

En un archivero de la sala de juntas de Proceso, entre carpetas con viejos documentos que evocan a personas desaparecidas o ausentes desde tiempos lejanos, inesperadamente un fólder llama la atención. En su pestaña, un escueto letrero: “Maza Enrique”. Dentro yacen, amarillentos sus márgenes, unas cuartillas escritas con la inconfundible tipografía de la máquina de escribir de Julio Scherer García. Igualmente inconfundibles, las severas correcciones, de su puño y letra, al fondo y al estilo de algunas frases. Sin firma y sin fecha, es fácil concluir que es el borrador original de un relato dedicado por el fundador de Proceso a su amigo entrañable y compañero en los avatares de la profesión periodística. Compuesto por estampas personales de Enrique Maza, algunas de intimidad estremecedora, el texto, inédito, es un viaje a las profundidades del sacerdote jesuita y su transcripción es un noble homenaje a Julio Scherer en el tercer aniversario de su muerte.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Blanco era el vestido de las niñas, blancos sus calcetines, blancos sus zapatos, blancos los pequeños lazos que adornaban sus cabezas rubias. Improvisada como altar, una mesa sencilla lucía en sus extremos dos ramos de rosas blancas. No había en la sala un tiesto ni un jarrón sin su corona de flores y hasta el candil de la estancia había sido encendido esa mañana llena de luz. Enrique Maza daría la primera comunión a Adriana y Susana, dos de mis hijas, y aun mi madre, pálida y delgada como un lirio, estaría entre nosotros en cuanto aflojara el dolor de un mal incurable.

–¿Vas a comulgar? –me preguntó Enrique en voz baja, vestido del cuello a los pies con sus ornamentos, del amarillo al violeta, del verde al azul la estola, blancos el cíngulo y el alba.

–No, Enrique.

–Comulga.

–No creo en Dios.

–¿Y por qué habías de creer? No hay mente que pueda describirlo, menos comprenderlo.

–Soy un pecador satisfecho, te consta.

–Y qué.

–¿Me absolverías sin arrepentimiento de mi parte?

–El problema no es pecar o no pecar. Pecamos todos, incesantemente. El problema es amar o no amar.

–Me presionas.

–No es mi intención.

–¿Entonces?

–La comunión es una mesa dispuesta para recibir a comensales que se quieren y la hostia es el pan. Comamos juntos, es todo.

–Rompería las reglas de la Iglesia. Aún tengo el sabor del desayuno en la boca.

–Súmate a la felicidad de tu familia.

–¿Es acaso posible la felicidad?

–Pienso que sí, pero sólo si amas.

Horas después, a punto de separarnos, le pregunté sin malicia:

–¿Crees en Dios?

–Mi Dios no es el Dios que hoy
celebramos.

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Educado desde la infancia en el fervor y la obediencia al Señor, Enrique se ordenó sacer­dote el 5 de noviembre de 1960, a los 31 años de edad. Pesaba 80 kilos, sin un gramo de grasa, los músculos apretados por la tensión del ejercicio diario. Nadador incansable, disfrutaba de la sensualidad del agua y el sol bajo el cielo sin límites. Entregado al ir y venir de las olas, acompasada su respiración a la respiración del mar, ahuyentaba la zozobra de sus días y sus noches: ni volcaba su amor a Dios ni vivía bajo su potestad, él, puente entre la realidad cierta del mundo y la idea intangible del más allá.

La sumisión como norma fue la tierra árida de su infancia. A sus padres, a sus maestros, a sus abuelos, a sus tíos, a sus hermanos mayores, a su director espiritual, a cada uno había de rendir cuenta de sus actos. A Dios, sobre todos, debía obediencia. Dueño el Señor del pasado, el presente y el porvenir del hombre desde la eternidad, nunca escaparía Enrique a la justicia divina. Criatura del Creador, del Creador debía ser amantísimo siervo.

En grupo con sus cinco hermanos, cada mañana comulgaba en la iglesia de la Votiva, a la vuelta de su casa en la colonia Roma, y cada domingo asistía a misa en el templo de San Francisco, sobre la avenida Madero, frente a Sanborns. Los sábados por la tarde, hincado en el confesionario, la cabeza baja, unidas las palmas de las manos en actitud de orar, puntualmente se arrepentía de las faltas cometidas durante la semana. “Acúsome, padre, de haber tenido malos pensamientos”. “¿Cuántas veces?”. “No sé, padre”. “¿Cuántas, hijo?”. “Veinte, creo”. Pide perdón a Dios por tus pecados y reza cinco avemarías”, absolvía el cura, piadoso bajo su sotana fúnebre.

A temprana edad conoció el cinturón de cuero en la mano iracunda de su padre y el fuego de los golpes en las caderas y en la espalda. Temprano también supo del acatamiento de su familia al padre José Antonio Romero, de la Compañía de Jesús. A esos niños –decía el director de Buena Prensa–, a esos pequeños delincuentes había que obligarlos a sostenerse sobre un pie hasta que apareciera la llave del piano, escondida quién sabe dónde en un acto de maldad intolerable.

Regulada su existencia por un código inflexible, inadmisible la vida sin orden y disciplina, el mundo de las formas se abrió paso en su mundo. Ceñido a reglas, ignoró su propia intimidad y hasta su conciencia le fue ajena.

Arrebatado por alguna de las mil locuras que ayudan a vivir, una mañana lapidó la vidriera de su salón de clases hasta convertirla en polvo. En el frenesí colectivo, casi todos sus compañeros participaron en la acción, ardorosa como un combate. Informado del estropicio el rector del Instituto Patria, el sacerdote Enrique Torroella, ordenó la inmediata investigación de los hechos. En unas horas caerían los culpables, juró.

“¿Quiénes fueron?”, preguntaron amenazantes los emisarios de Torroella, ocultos sus cuerpos bajo las sotanas, los rostros sin sol, pálidos como verdugos. “¡Quiénes!” No hubo una voz que respondiera en el salón del escándalo. “¡Quiénes!” Enrique y unos cuantos se incorporaron de sus asientos. “¿Alguien más?”. Adheridos a los pupitres, los cobardes permanecieron
inmóviles.

Sin demora fueron citados al colegio los padres de los señalados. Si alguna esperanza tuvo Enrique al descubrir a lo lejos a su padre y a su madre, pronto la perdió. Rumbo a la oficina de Torroella pasaron sin mirarlo ni dirigirle la palabra, tiesos como magistrados. Poco después confirmó la noticia de su expulsión.

Sin amigos, sin el calor ingenuo de alguna muchacha, gobernado por reglas que había quebrantado, brumosa su idea de sí mismo, en la soledad y el aislamiento sufrió el vacío sin medios para enfrentarlo. Un día subió a la azotea de su casa, de tres pisos, y miró hacia abajo. Ajeno a la vida, la muerte nada le dijo. Otro día, zalamero, la piel en la cara fofa, un sacerdote viejo le ofreció comprensión y ayuda. Enrique se apartó con asco y miedo. Tenía 13 años de edad.

Nonagenario ahora, influyente entonces, el padre José Escalante fue el único que levantó la voz en defensa de Enrique y el primero que estremeció su espíritu con emociones desconocidas. Abierto un futuro, volvió Enrique al Instituto Patria y se inscribió en la Escuela Apostólica, semillero de novicios de la Compañía de Jesús. Meses después abrazó a sus padres y a sus hermanos, besó la mano del director espiritual de la familia y se desvaneció en un cautiverio sin más ley que la ley de Dios. Durante 17 años del amor conocería sólo el amor abstracto.

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En el centro de un bosque dominado por eucaliptos que se elevaban al cielo, vírgenes los colores de la naturaleza por la luz cambiante del sol, Enrique creció entre oraciones, letanías, golpes de pecho, flagelaciones, la sagrada comunión, la sagrada misa, el sacramento de la confesión, los estudios y la disciplina. Tema prohibido hasta en el pensamiento era la mitad del género humano. A la Madre de Dios se la invocaba y a las santas se las tomaba como ejemplo de virtud y entereza. La mujer de todos los días era la tentación y el pecado. Convocaba al fuego y su cercanía era la cercanía de la condenación eterna.

San Cayetano se llamaba la casa de los novicios y San Cayetano era el pueblo del Estado de México en que se levantaba la adusta mole construida por la Compañía de Jesús. Llovía en la región tres meses al año y el frío era casi permanente.

Separados en grupos, los novicios se extraviaban por el bosque los días de asueto. Su ánimo era contagioso, pero a uno de ellos la excitación lo desbordaba. De temperamento retraído, extrañaba que desde el amanecer aguardara el momento de la partida en un grado de excitación evidente. De él se decía que era diáfana su respuesta a la voz de Dios, firme como ninguna su vocación sacerdotal. El tiempo libre se aislaba para rezar el rosario y a nadie sorprendía que algún domingo permaneciera hincado de la mañana al anochecer, inmóvil frente al Cristo de la capilla.

Ya en la espesura perseguía tlacuaches con la obsesión de un cazador. Convertidos en plaga, roían los árboles y acababan con los plantíos. Del tamaño de las ratas bien nutridas, repugnantes, los ojillos malévolos, feroces si se les provocaba, se las ingeniaba para tenderles trampas seguras. Abría socavones, improvisaba rejillas y en plena tarea los hacía a unos metros de distancia y a unos minutos de su captura ine­vitable. Cuando caían, rápido iniciaba el ajusticiamiento.

A través de la alambrada les aprisionaba una pata y con una navaja les hacia un corte para desprenderles un trozo de cuero. Provisto de sus instrumentos, ajustaba una pequeña bomba de aire a la herida y comenzaba a inflar al animal. El tlacuache se hinchaba, deforme y monstruoso, chillaba, se revolvía enloquecido y de su caparazón se desprendían pedazos de piel sanguinolenta. En un estallido de vísceras, a veces tronaban.

Al anochecer, agotado su tiempo, el novicio tocado por la gracia pinchaba al tlacuache y lo contemplaba cómo se desan­graba hasta la muerte.

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Ignacio Soriano rezaba como rezaban todos sus compañeros, amaba la vida sin desdén a su novedad incesante y sabía sin saber que los cuerpos se comunican con la misma sabiduría de las almas. Con los años se ordenó sacerdote, con los años dejó el sacerdocio y con el tiempo conoció, amó y se unió a una mujer de origen argentino.

Una tarde disuelta en sombras lo sorprendió enfrascado en un partido de futbol. La refriega era cerrada y ninguno de los contendientes cedía. No era posible continuar el encuentro ni era posible abandonar el desafío. Oscura la terrosa cancha de San Cayetano, uno de los jugadores del equipo rival colocó en posición de penalty una piedra redonda, más o menos como el balón, se situó bajo el marco y entre gritos e ironías retó a Soriano. Soriano tomó su distancia, corrió unos metros y pateó la piedra como si en el gol le fuera la vida. Pulverizado su pie derecho, perdió el conocimiento y ya no escuchó la carcajada que celebró la ocurrencia ni supo de la estampida de los novicios, que en unos minutos volvieron a la disciplina, los ojos fijos en sus libros de oraciones.

Lunes, miércoles y viernes los principiantes se flagelaban, toda la furia contra el cuerpo, cárcel del espíritu. Sin horario, en cualquier momento del día, sujetaban por el mango seis cuerdas de cáñamo y dieciocho nudos bien apretados en las cuerdas, y con ese colgajo, curado en cera líquida, duro y flexible, martirizaban su carne. Violentos contra sí mismos, caían los golpes sobre los hombros, las nalgas, las piernas, sobre la espalda o los brazos, treinta y tres golpes por todos, uno por cada año de la vida de Jesucristo.

Sus aposentos se alineaban a lo largo de corredores profundos. Estrechos como celdas y separados por cortinas, no ahogaban los gritos de dolor que se escuchaban de un cuarto a otro y hasta de un extremo a otro del pasillo. Música lúgubre la de San Cayetano, era la música que al Señor complacía.

Martes, jueves y sábados los novicios perforaban su piel con el fierro del silicio, urdimbre de alambre con las puntas trabadas hacia abajo. Algunos limaban las puntas, otros no pero todos apretaban la trenza en la pierna, casi siempre hasta hacerla sangrar. También tejían silicios para el brazo, más pequeños, o para la cintura, más grandes, y hasta chalecos que enterraban el acero en la espalda.

Un día visitaron Pátzcuaro y los padres superiores les dieron permiso para nadar en el lago. Sus trajes de baño eran de manta y tenían mangas cortas, pero también faldas, pues el sexo no toleraba la curiosidad propia ni ajena. A la vista de las sucias manchas que mostraban en las piernas jóvenes tan excéntricos, temerosos de algún mal desconocido, los lugareños se apartaban en silencio.

–¿Por qué todo esto? –le pregunté a
Enrique.

Me dijo, sin queja ni duelo:

–Cera teníamos que ser entre los dedos de nuestros artífices.

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Mundo hermético el de San Cayetano, la ausencia de algún rostro familiar era seguida por el desasosiego. Los rumores se esparcían por el claustro y los novicios hablaban entre sí, confundidas las voces mundanas con las elevadas voces de sus oraciones. Sometidos a reglas que normaban sus horas y minutos, comprendían que cualquier indagación enfrentaría el mutismo de los padres. El asunto había sido tratado en confesión y sólo a Dios competía.

Pero la germinación de la tierra, o el soplo del viento, o la vida, que sabe más que los hombres, dominaba el silencio. De pronto las noticias traspasaban los muros o se alzaban por encima de las cercas. La última deserción se explicaba por sí sola: una vocación inconsistente, mal interpretado el llamado de Dios, había truncado el camino al sacerdocio. O el caso del buen discípulo de Cristo que no había resistido la disciplina y era atendido en la casa de la orden de Los Juanicos, en Guadalajara, fundada para cuidar a los religiosos que sufrían perturbaciones mentales. O un suceso grave: agobiado por el peso de sus pecados, desatado el mal en su alma, un novicio se había lanzado contra otro, cuchillo en mano.

Había fenómenos de paranoia y ocurrencias que en otras circunstancias tocarían el humor. Movido por su ansia de perfección, temeroso de paladear algún día el desayuno de siempre, frijoles, pan y café con leche y azúcar, uno de los novicios más devotos empezaba con el azúcar, seguía con la leche, luego el café, los frijoles y terminaba con el pan, íntegro el migajón sin una gota de agua.

La capilla y el comedor eran escenarios propicios para las celebraciones fastuosas y los castigos públicos. Jubilosas las fiestas de diciembre, que recordaban el nacimiento del Niño Jesús, a lo largo de todo el año eran temibles las penas en el refectorio. En el centro, hincado y sin levantar los ojos, el infractor confesaba su culpa y asumía la sanción que dictaba el padre María del Valle, maestro de novicios. Encogido y casi arrastrándose entre las patas de las mesas, el pecador besaba los zapatos o las botas de campo de los comensales, unos trescientos por todos. Otras veces recorría las mesas y recibía en un platón las sobras que en él vaciaban los padres y los novicios. Esa tarde comía desperdicios.

A este mundo de San Cayetano llegó Enrique por la influencia de un hombre bueno: José Escalante, su maestro de la Apostólica. Apenas dormía el mentor, pero de punta a punta de la jornada era persistente el tenue brillo de sus ojos, quizá porque nada le agitaba hasta el sobresalto. Creía en Dios como en la perfección inmutable del círculo y aceptaba la existencia del infierno porque no podía contradecir la sabiduría de los doctores de la Iglesia. No cedía un centímetro en la discrepancia, pero no avanzaba a empellones. Su temperamento era como un río manso, inagotable su paciencia.

Impugnaba la violencia y era reaccionario hasta donde un hombre puede anhelar la inmovilidad del mundo. Los ricos acabarían amando a sus hermanos pobres y los pobres acabarían perdonando a sus hermanos ricos, juntos todos, algún día, en la eternidad. No era hombre de su tiempo, porque del tiempo no tenía conciencia. Su afán por el bien era la razón de su vida y se le veía en su elemento rodeado de muchachos alegres, pero de la justicia no hablaba, porque la desconocía. Con los años y todo lo que traen consigo, sabría su discípulo que la bondad sin la justicia es un engaño y que la injusticia marca, como el hierro.

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Cuatro años estudié en Bachilleratos, segundo y tercero de secundaria y los dos años de la Preparatoria. Dirigida la escuela por jesuitas, como el Instituto Patria, sabía de las andanzas de Enrique, mi primo segundo. Robaba monedas a sus padres y una vez se llevó algunos de sus juguetes del Palacio de Hierro para socorrer a una limosnera enjuta que inspiraba lástima con su criatura al lado.

Coincidí con Manuel Buendía en la Preparatoria. Éramos cincuenta en el salón de Bachilleratos y a todos nos llamaban la atención sus conocimientos. Egresado del seminario de Zamora, dominaba el latín y airoso enfrentaba el griego. Rosa, rosa, rosae, rosae, rosam, rosa, declinaba con fruición y se recreaba con Virgilio, musical –decía–, grandilocuente, alado y guerrero en su verso magnífico. Familiarizado con los dramaturgos griegos, memorizaba parlamentos completos de Edipo Rey. Tímido, de su inteligencia mordaz ya daba cuenta.

Mauricio Brehm precedía a Manuel Buendía en la lista de asistencia que materia por materia leían los maestros al iniciar sus clases. Elegante, buen poeta, buen bailarín, suelto y alegre con la guitarra, un día nos sorprendió con su decisión irrenunciable: llamado por Dios, abandonaba el mundo. A nuestra incredulidad siguió la pesadumbre. Volveríamos a verlo, si acaso, pero de otra manera. Los amigos comparten la vida o no son amigos, sabíamos con certeza.

Sin que sobrara o faltara un día, exacto al año de su ausencia, un grupo de sus adictos pudimos visitarlo en San Cayetano. Lo recuerdo con el mismo sentimiento de abandono que me dejaban algunas películas de la posguerra. Observé cómo lo disminuía su saco de manta, corto y apretado, descolorido, sin algunos botones, y cómo lo ridiculizaban sus pantalones muy por arriba de los tobillos y los zapatos negros que no hacían juego con sus calcetines color café. Casi rapado, mantenía los ojos bajos y hablaba sin brío, las manos juntas y en movimiento, como si tuviera frío. Muerto su pasado, nos despidió con atroz indiferencia.

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Don Carlos Maza Flores Alatorre falleció el 14 de septiembre de 1945. Al amanecer del día siguiente, somnoliento en la capilla, Enrique recibió la noticia de uno de los sacerdotes que afanoso prendía velas en el altar y dejaba a punto los jarrones apretados de flores:

–Atienda, hermano Maza: vamos a ofrecer la misa por el descanso eterno del alma de su padre.

Terminada la hora de la meditación, a las seis y media de la mañana, asistió a misa, comulgó y ofreció los sacramentos por la intención anunciada. No hubo quien se le aproximara para expresarle sus condolencias. La muerte es sólo la muerte del cuerpo y al cuerpo no se le llora.

Después del almuerzo se retiró a su cuarto en espera de algún aviso del maestro de novicios, la autoridad en San Cayetano. Llegó al fin la orden para que se presentara en su oficina, sin más adorno que un Cristo sangrante.

–Entérese, hermano Maza –le dijo. Y le extendió una carta, rasgado el sobre.

La letra de la carta era desigual, escrita bajo el temblor angustioso que la fiebre causaba al moribundo, incoherente en algunos pasajes y difícilmente legible de principio a fin. Perturbado por sentimientos en conflicto, Enrique supo que fue amado por su padre con el único amor que pudo ofrecerle: un amor silencioso y distante, reprimido.

–Deme la carta, hermano Maza.

–Me gustaría conservarla, padre.

–Démela.

–Es de mi padre. Me da consejos.

–Démela.

–Le ruego, padre.

–Revela un amor concupiscente.

–Padre, por favor.

–Obedezca.

En casa de su madre y siempre al lado del padre José María del Valle, oró frente al ataúd abierto. Allí se encontraban sus hermanos, sus tíos, sus amigos de otra época, el director espiritual de la familia. Allí no estaba uno solo de sus compañeros de San Cayetano. El duelo mundano no alteraba en el claustro, anhelantes los novicios de la presencia eterna del Salvador.

Ya en la puerta, besó a su madre y recibió la bendición como un adiós. A sus hermanos los vio de lejos, contenido cualquier impulso por avanzar hacia ellos. En el camino de San Cayetano a la Ciudad de México, el padre Del Valle le había advertido: “Sólo el pésame, hermano Maza, y
regresamos”.

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Si se les canta como se les canta y se las describe como se las describe, es porque abrasan como el sol y alivian como el agua. Despiertan la fiebre y la adormecen, provocan la angustia y la mitigan. Son ineludibles las ondulaciones de su naturaleza, formada por bosques y lomeríos, valles y cañadas. Brota de ellas la vida como no brota del hombre. Son el misterio y el éxtasis.

En el pueblo mediterráneo de Sestri Levante, aún más hermoso que sus playas blancas y su mar azul, así conversaba el sacerdote jesuita Ángelo Arpa. Organizador por los sesenta de los festivales cinematográficos que año tras año reunían a los artistas, directores, productores, cinéfilos y periodistas de buena parte del mundo, de él se contaba todo lo noble y todo lo ruin que suele contarse acerca de los hombres sobresalientes. Mirarlo era ya un prodigio: señorial en su sotana negra, avanzaba como si fuera llevado por la brisa.

No condenaba al amante, lo comprendía y suspiraba. Abolir los sentidos frente a la presencia de una mujer, rechazarla por bella, temerle a su piel como al fuego, le parecía que muy pocos podían lograrlo. Por eso opinaba que el mal llamado pecado de la carne debería llamarse pecado humilde. ¿Quién –se preguntaba–, quién no ha deseado alguna vez la caricia profunda de una mujer? ¿Por qué despreciar al débil, si débiles somos todos? Decía el padre Arpa que el hombre peca cuando abusa y somete, cuando a otro le cierra el futuro, cuando a su hermano le niega la esperanza, no cuando sueña con el abrazo de la pareja inevitable.

Otro era el pensamiento en los centros de formación de los futuros sacerdotes. Jesucristo se hizo seguir por los apóstoles, hombres todos, y rechazó la compañía de la mujer, por abnegada que fuera, por pecadora y redimida que hubiera sido. Amadísimo por su madre, sin pecado concebido, de su padre aprendió el oficio de la carpintería y de su experiencia no supo más, porque hasta allí llegó la sabiduría de José.

Poblada de acechanzas la vida, el rostro, las piernas, el busto, los labios, la voz, los brazos, la cintura, la nuca, el cabello, los ojos, la mujer entera se levantaba como un obstáculo en el camino de salvación de las criaturas de Dios. Mundo, demonio y carne son el peligro del hombre y la carne ardiente es la mujer, adoctrinaban los maestros a los novicios.

–¿Y tú, Enrique? ¿Las mujeres?

–El laberinto. Había que evitarlo para no extraviarse.

–¿Pudiste?

–Aún sueño.

–¿Evocas?

–Sueño.

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Como a muchos de sus compañeros, lo cohibía la implacable rectitud del maestro de novicios. Velaba en San Cayetano el padre Del Valle, pendiente del orden de las cosas y del orden de las almas. Adherido a la intimidad de sus discípulos, no tenían éstos manera de apartarlo. Sombra de sus sombras, estaba con ellos día y noche.

Para ser buen novicio –los amonestaba– era necesario disolver el contacto del mundo, desprender el alma del cuerpo, perder el sentido común. Debían entender por la razón y la fe que la gracia de Dios no es compatible con los criterios ordinarios de la existencia terrenal.

Músico dotado, daba ejemplo con su propio sacrificio. El órgano le atraía como la única pasión que no había dominado en su vida y al órgano de la capilla se acercaba tres o cuatro veces al año, pero sólo una hora exacta. Poseído por la cadencia de las notas se dejaba llevar quién sabe a dónde, mientras sus alumnos lo escuchaban, inmóviles y silenciosos.

Enrique se esforzaba por perder el sentido común, pero no sabía cómo alcanzar la santa demencia de que tan urgido estaba. Intentaba acallar los sentimientos de su alma y en oleadas volvían con sus mil voces irresistibles. Leía a sus preceptores y los pensamientos sobre sí mismo avasallaban las páginas de los textos. Se aislaba en busca del auxilio divino y el auxilio divino se le rehusaba.

Mortificación, penitencia, mortificación, penitencia, machacaban los padres como estribillo; mortificación, penitencia, mortificación, penitencia, escuchaba a toda hora; mortificación, penitencia, mortificación, penitencia, repetía para sí mismo. No le gustaban las natas en la leche y no había desayuno sin su ración de natas. Con los días las natas le provocaban náuseas y más natas pedía. A las cinco de la mañana un bedel recorría los dormitorios con una campana a todo vuelo y aún antes de adquirir conciencia del amanecer que apuntaba, cantaba y cantaba tan alto como podía, confundidos sus gritos con la gritería de todos, padres y novicios por igual: “Te Deum, laudamus, te dominum confiteur” (“A ti, Dios, te alabamos, a ti, Señor, te confesamos”). Y seguía, a gritos: “Este es el signo del gran rey, levantémonos y ofrezcámosle oro, incienso y mirra”, en alusión a los regalos de los Reyes Magos a Jesús de Nazaret.

Cubierto con la sotana –la bata era mundana–, volaba a la regadera de agua helada, secaba el agua de su cuerpo y ajustaba y apretaba el silicio en una de las piernas, la más lastimada por los clavos. Volaba a su cuarto, ponía en orden la ropa, tendía la cama y volaba a la capilla para iniciar, a las cinco y media en punto, la hora diaria de meditación. Frente a la Virgen de la Modestia, la cabeza inclinada y los ojos bajos detenidos en el niño sentado en su regazo, obra del padre Gonzalo Carrasco para inspirar sencillez y recato en los hijos de Cristo, Enrique ansiaba el descanso, dormir.

Afuera, los campanarios de los pueblos vecinos dejaban oír la voz de Dios, vertical.

Este texto se publicó el 7 de enero de 2018 en la edición 2149 de la revista Proceso.

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