“Frobenius, el mundo del arte rupestre”

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Con motivo de la exposición que culminó el pasado mes de noviembre Frobenius, el mundo del arte rupestre en el Museo Nacional de Antropología e Historia, apareció el excelente catálogo homónimo de 271 páginas coeditado por el INAH, la Secretaría de Cultura y el Frobenius Institut Für Kulturanthropologische Forschung, de la germana Universidad de Frankfurt.

Durante las tres primeras décadas del siglo pasado, el etnólogo alemán Leo Viktor Frobenius (Berlín, 1873-Piamonte, 1938) emprendió una docena de expediciones de estudio en pos de las expresiones pictóricas más antiguas del ser humano.

De su inagotable afán de conocimiento, resultaron alrededor de cinco mil copias de arte rupestre que él y su equipo de estudiantes y pintores ejecutaron a lo largo de visitas a las cuevas de diferentes puntos de África, Australia, Escandinavia, España y Francia.

La Colección Frobenius es invaluable no sólo por su valor estético, sino por conformar un inventario de pinturas reproducidas que por primera vez se dan a conocer en México. Son imágenes que recorren la prehistoria de la humanidad, integrando una muestra única y de amplio interés general como patrimonio de los pueblos del planeta.

De formación autodidacta, precursor de los conceptos de “área cultural” y “difusión cultural”, Frobenius definió los enfoques históricos culturales para el estudio de las civilizaciones, con lo cual sentó los fundamentos de una de las vertientes académicas trascendentales de la antropología.

Dicho volumen ilustrado incluye una antología de textos que presenta María Cristina García Cepeda al frente de la Secretaría de Cultura federal, así como del embajador germano en nuestro país Viktor Eibling, entre otros, destacando el ensayo “La exposición de Frobenius en la Sala Pleyel”, del filósofo, escritor, antropólogo y pensador francés Georges Bataille (Billom, septiembre 10 de 1897–París, julio 9 de 1962), que reproducimos a continuación:

Exposición “L’Afrique” (1930)

(Este texto acerca de la exposición de pinturas rupestres en 1930, en París, no publicado en ese entonces, apareció por primera vez con el título L’exposition Frobenius à la Salle Pleyel en Georges Bataille, Œuvres completes II: Écrits posthumes 1922-1940, París, 1970, página 116 y siguientes.)

No se puede dejar de recalcar la importancia de esta exposición con suficiente insistencia: el doctor Leo Frobenius ha documentado y estudiado las pinturas rupestres, a menudo erróneamente denominadas pintura bosquimana, en un marco más amplio que sus predecesores.

Probablemente, como nunca antes, los seres humanos de hoy han tenido la oportunidad de entrar en contacto íntimo con las formas más auténticas de una vida originada en estrecho vínculo con la naturaleza. No obstante, se debe reconocer también que a los “seres humanos de hoy” les importa muy poco un contacto de esta índole. Por lo general, la sala de exposición se quedaba vacía.

Todas estas pinturas, dentro de las cuales fácilmente se podían distinguir varios opuestos, pertenecen a la cultura paleolítica de África.

El desarrollo de esta cultura, desaparecida desde hace milenios en nuestras regiones, fue interrumpida en Sudáfrica hace apenas algunos siglos por la invasión de los bantúes, pueblos más avanzados que ya trabajaban el hierro.

De esta forma se nos presenta el arte pictórico de una humanidad muy antigua, bajo criterios tipológicos desarrollados hasta una época recién pasada, con riqueza de su desarrollo, mediante un número considerable de ejemplos. Además, por medio de unos pocos bosquimanos sobrevivientes, aún conocemos a los creadores de estas pinturas. Por lo tanto, desde el criterio de la vida, el interés en este tipo de arte supera inclusive a aquel de las cuevas europeas.

Vistas en conjunto, las composiciones de los sudafricanos, tal como las de otros seres del paleolítico, se caracterizan por una sorprendente negación del ser humano.

Lejos de cualquier intento de imponerse a la naturaleza, el ser humano surgido de esta naturaleza parece un tipo de haber sido expulsado intencionadamente. Las pinturas documentadas por la expedición de Frobenius desarrollan tal tema de variadas formas, de modo que un mecanismo, que hasta ahora sólo se ha podido deducir con bastante dificultad (mediante documentos iconográficos publicados, así como nuestros conocimientos acerca del totemismo), aparecen vivos ante nuestros ojos en una sala de la exposición.

El primer impulso del ser humano rodeado de animales y árboles consistió en imaginarse la existencia de estos animales y de estos árboles, mientras negaba su propia existencia.

Los cuerpos humanos parecen diablillos cartesianos, semejan juguetes en el aire y de la hierba, aglomerados de polvo, colmados de una actividad que los disuelve constantemente. Lo que aparentemente nos cuesta cada vez más trabajo, vivir la experiencia sensorial de la manifiesta heterogeneidad de nuestro ser en relación al mundo que lo generó, parece ser, para aquellos de nosotros que han vivido en la naturaleza, el verdadero fundamento de toda representación e imaginación.

Los elefantes y las cebras rodeados de estos seres humanos parecen haber desempeñado el mismo papel central de las casas, los edificios de la administración o las iglesias para nosotros. Sin embargo, el marginado infeliz no pasó su vida aguantando estos edificios, estas iglesias, sino que se dedicó a matarlos y comer su carne.

La ruptura, la heterogeneidad en todas sus modalidades, la incapacidad de volver a unir en algún momento lo que fue separado por una fuerza inconcebible: Esto parece haber originado no sólo al ser humano, sino también sus relaciones con la naturaleza.

(Entre los libros más celebrados de Bataille se cuenta La Peinture Prehistorique. Lascaux ou la Naissance de l’Art, de 1955.)

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