Metralla publicitaria: Crece el empleo… precario

En materia de empleo, la administración de Enrique Peña Nieto se escuda en cifras que ni sus propios colaboradores avalan, como lo hizo evidente hace varios meses el titular de Trabajo y Previsión Social, Alfonso Navarrete Prida. Los ripios y supuestos logros que emanan de Los Pinos simplemente no se sostienen, ni siquiera en las encuestas del Instituto Nacional de Estadística y Geografía.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La metralla publicitaria del gobierno ha sido incesante. En tiempos electorales, ante su impopularidad, el presidente Enrique Peña Nieto y su partido recurren al autoelogio, al panegírico de sus supuestos logros.

Radio, televisión, redes sociales y los espacios para anuncios espectaculares se ven inundados estos días por spots, videos, mensajes que dibujan a México como una gran potencia, un país de grandes ligas. Son muchas las ideas que el gobierno quiere encajar en la memoria de los mexicanos, de cara a las elecciones federales, como por ejemplo que de más de 200 países miembros del Banco Mundial, el nuestro ocupa el lugar 15 por el valor de su economía: un billón 47 mil millones de dólares en 2016. Es 17 veces menor a la de Estados Unidos, que ocupa el primer lugar. Pero eso no se dice.

O que México ya es el octavo país más visitado por turistas extranjeros; que somos el quinto productor mundial de automóviles, que el país es el exportador mundial número uno de aguacates; que, con más de 300 empresas internacionales instaladas aquí, la nación es ya la tercera proveedora de la industria aeroespacial en el mundo.

O que México es el cuarto país con mayor biodiversidad, lo que representa una oportunidad para impulsarlo como líder en biotecnología; que en cinco años se han creado más de 3 millones 460 mil empleos, cifra superior a “lo alcanzado en cualquier sexenio completo anterior”, dice con frecuencia Peña Nieto.

O que además del aguacate, México es líder en exportaciones de cerveza, tequila, limas, limones y pantallas planas.

La lista es interminable. Y nada es mentira. Acaso habría que matizar algunos datos.

El problema es que ese rostro impresionante de país moderno, de potencia exportadora que puede competir con cualquiera –y que es el que sólo admite y enfatiza el gobierno–, no corresponde con la vida cotidiana de la gran mayoría de los mexicanos, quienes viven en una desigualdad social cada vez más grave y con ingresos cada vez más precarios.

Peña Nieto ha presumido reiteradamente ser el “presidente del empleo”, pues en su administración se han creado unos 3.5 millones de trabajos formales nuevos, según él.

Pero el propio secretario del Trabajo y Previsión Social, Alfonso Navarrete Prida, en entrevista con este semanario (Proceso 2126) el pasado julio, matizó el discurso presidencial, por no decir que le enmendó la plana a su optimismo:

“¿Qué es lo que en realidad ha pasado? Que hay una migración muy importante de empleos que eran informales, hacia la formalidad. Eso ocurrió. ¿Por qué le llaman ‘nuevo empleo’? Yo no utilizo esa palabra, yo utilizo ‘altas al Seguro Social’, para que se reconozcan las dos realidades; una es nuevo empleo y otra cosa es formalización, porque además el trabajo de formalización le corresponde mucho a la Secretaría (del Trabajo). Son empleos nuevos y empleos viejos que se formalizaron. La realidad es que es una combinación”, dijo.

Lo cierto es que las cifras oficiales –las del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi)– dan cuenta de una realidad: los nuevos empleos son más precarios y es más la gente que recibe salarios más bajos y menos la que recibe salarios más altos.

Por ejemplo, en el último año del gobierno de Felipe Calderón fueron seis millones 790 mil personas las que, en promedio, percibían “hasta un salario mínimo”. En el caso de Peña Nieto, el promedio, hasta el tercer trimestre de 2017, fueron siete millones 455 mil personas las que tenían ese nivel de ingresos. Es decir, 665 mil más: 9.8%.

En el caso de quienes ganan “más de 1 y hasta 2 salarios mínimos”, según el Inegi, en 2012 con Calderón fueron 11 millones 404 mil, en promedio. Con Peña la cifra subió a 14 millones 21 mil 189 personas: 2.6 millones más, 23%.

Un punto de inflexión se da en el rango de “más de 2 y hasta 3 salarios mínimos”. El promedio del último año de Calderón fue de 10 millones 644 mil 88 personas con ese ingreso, contra 11 millones 80 mil 140. Una diferencia, mínima, de 4% en favor de Peña.

A partir de ahí, la cruda realidad de la concentración de los mejores ingresos en menos personas. Quienes percibieron “más de 3 y hasta 5 salarios mínimos” fueron, con Calderón en su último año, 7 millones 364 mil 557, contra 6 millones 617 mil 396 de Peña. Una diferencia de 747 mil 161 personas: 10.14%.

Finalmente, quienes tuvieron ingresos equivalentes a “más de 5 salarios mínimos”, el rango más alto que registra el Inegi, se tiene que el promedio en 2012, último año de la administración pasada, fue de 3 millones 900 mil 335 personas. Con Peña, el número cayó dramáticamente: 2 millones 734 mil 537; 1 millón 166 mil menos, equivalente a 30% abajo.

Es decir, con Peña Nieto casi 1.17 millones de trabajadores abandonaron las filas de los ingresos privilegiados.

De estadísticas y salarios

Todos esos datos se desprenden de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo que trimestralmente levanta el Inegi. En resumen, puede verse que, de una Población Ocupada, hasta el tercer trimestre de 2017, de 52 millones 438 mil 646 personas 62% percibe ingresos menores a un salario mínimo y hasta tres mínimos.

Sin duda, los datos más reconocidos sobre la distribución de los ingresos y la concentración de la riqueza en el país los da el propio Inegi a través de su Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH), que levanta cada dos años. La más reciente, de 2016 y dada a conocer en 2017, revela la magnitud de la concentración de la riqueza en el país.

La ENIGH divide a la población en 10 deciles de hogares. Cada decil representa 10% del total de hogares del país. La encuesta de 2016 arrojó que el decil I, es decir, el 10% de los hogares con menos recursos, tuvo un “ingreso corriente promedio trimestral” de 8 mil 166 pesos, que significan 91 pesos al día (por todos los miembros del hogar) y aproximadamente 37 pesos diarios por perceptor.

En el extremo, los hogares del decil X, los de más altos recursos, tuvieron un ingreso trimestral promedio de 168 mil 855 pesos, que para el hogar en su conjunto significó mil 876 pesos por día, y 766 pesos diarios por cada miembro de la vivienda con ingresos.

En resumen: las familias del decil X tienen ingresos equivalentes a 21 veces los de los hogares del primer decil. O bien, los miembros de los del decil I perciben en promedio un ingreso diario –37 pesos– que es inferior 21 veces al ingreso de los miembros de los del decil X.

De otra forma: los hogares del decil I tienen un ingreso corriente trimestral promedio –8 mil 166 pesos– que es apenas 4.8% del ingreso trimestral –168 mil 855 pesos– de los del décimo decil.

Peor aún, la suma de los ingresos trimestrales del decil I al VII –70% de los hogares del país– es de 170 mil 926 pesos, apenas arriba de lo que perciben los hogares del décimo decil por sí solo.

En las actuales negociaciones para la “modernización” del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) salió a relucir el tema de los bajos salarios en México, que Estados Unidos y Canadá cuestionan severamente, y las autoridades mexicanas defienden, pero que paradójicamente no ha llevado a una confrontación.

La razón: justamente los bajos salarios en México es lo que hace “competitiva” a la región de América del Norte frente al mundo, particularmente en el sector automotriz –no por nada prácticamente todas las marcas tienen plantas armadoras en el país–, pero en general lo es en la industria manufacturera.

Y ser más “competitivos” quiere decir que la región puede vender productos más baratos al mundo.

Un estudio de El Colegio de México reseñado recientemente en este semanario (Proceso 2130) refería: “Sin embargo, la diferencia salarial entre los países de la región del TLCAN persiste. En 2016, por cada dólar por hora que un trabajador mexicano ganó en las empresas armadoras automotrices, un estadunidense ganó 9.1 dólares y un canadiense 8.4. En la industria de partes automotrices la brecha fue mayor, de 11.8 y 12.8 dólares, respectivamente”.

También: “La brecha salarial entre los países no sólo se ha mantenido, sino que se ha incrementado. Por ejemplo, en 1994 los salarios en la industria automotriz terminal en Estados Unidos y Canadá eran 5.4 y 5.1 veces los salarios en México; en 2016, dicha razón de salarios se incrementó a 9.1 y 8.4. De igual manera, la brecha salarial se conservó en la industria de partes automotrices, donde un trabajador mexicano ganó 7.8% de lo que gana un trabajador canadiense y sólo 8.4% de uno estadunidense”.

El año violento

Información del Inegi sobre salarios en la industria manufacturera de varios países da cuenta de la dramática situación de los obreros mexicanos que mejores remuneraciones tienen. Tan sólo en enero de 2017 el salario en esa industria, en México, fue de 1.9 dólares la hora; en Chile, de 3.0 dólares y en Estados Unidos, 20.7 dólares por hora.

Para octubre de 2017 el salario en la industria manufacturera en México fue de 2.2 dólares por hora; en Chile, de 3.1, y en Estados Unidos, de 21.1.

De hecho 2017 fue un año singular y caótico. Fue, según cifras del propio gobierno federal, el más violento de la historia reciente del país: 26 mil 573 víctimas de homicidio.

También en la economía. No empezaron bien las cosas en el año y terminaron mal. La inflación se descontroló desde el principio. El fuerte incremento en los precios de las gasolinas, el 1 de enero de 2017, propició un disparo de la inflación que, incontenible, deterioró durante todo el año el valor real de los salarios.

Ya para la primera quincena de diciembre la inflación había alcanzado un nivel de 6.69%, lo que significó un retroceso de 23 años, pues esa cifra es muy similar al promedio mensual de inflación de 1994.

Desde el 1 de enero de 2017 el salario mínimo oficial era de 80.04 pesos, siete más que el vigente durante todo 2016, que fue de 73.04. Es decir, tuvo un aumento nominal de 10%. Ese incremento implicó una recuperación del salario mínimo real que, en 2016, había terminado en un promedio de 60.89 pesos (que significaba el poder de compra del salario nominal de 70.04 pesos) y en enero de 2017 había subido a 64.24 pesos (reales, con base en pesos de la segunda quincena de diciembre de 2010, como estableció el Inegi).

Sin embargo, el llamado gasolinazo del 1 de enero dio al traste con el salario real. Así, de un salario oficial de 80.04 pesos, vigente de enero a noviembre de 2017, se pasó a un salario real declinante.

En efecto, en enero fue de 64.24 pesos el salario mínimo real; en febrero, de 63.87; marzo, 63.48; abril, 63.40; mayo, 63.48; junio, 63.62; julio, 63.08; agosto, 62.77; septiembre, 62.57; octubre, 62.18 pesos, y noviembre (último dato), de 61.55 pesos.

Es decir, el salario mínimo real perdió 4.2% de enero a noviembre. Eso significó que el salario mínimo nominal de 80.04 pesos perdiera casi 18.5 pesos de poder de compra.

Ya el Banco de México dijo que será hasta 2019 cuando la inflación se acerque a su meta de 3%, más una variabilidad de más-menos un punto porcentual. Es decir, seguirán cayendo los salarios reales.

En 2018 no habrá remanentes del Banco de México tan generosos como en los dos últimos años, que le permitieron a la Secretaría de Hacienda bajar la presión de la deuda pública.

La economía sigue desacelerándose. Las negociaciones del TLCAN no pintan nada bien. El presidente Donald Trump ha vuelto a la cargada contra México: insiste en castigar a los dreamers y está decidido a construir su muro. Además de que su reforma fiscal ya tiene tronándose los dedos y sudando frío a las autoridades financieras del país.

Y por si faltara algo, la contienda electoral para definir al sucesor de Peña Nieto no augura un México en paz, tranquilo y con certidumbre. (Con información de Mathieu Tourliere y Juan Carlos Cruz.)

Este reportaje se publicó el 7 de enero de 2018 en la edición 2149 de la revista Proceso.

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