“La forma del agua”: amor entre marginados

MONTERREY, NL (apro).- La forma del agua (The shape of water, 2018) es un cuento de hadas, con una variación siniestra, sombría y mortal. Guillermo del Toro retoma los elementos de la bella y la bestia, muy recurridos en la ficción, para presentar una maravillosa fantasía que provoca vértigo, por la insólita mezcla de géneros y su tratamiento adulto, con momentos cargados de sexualidad.

Elisa (Sally Hawkins) es una mujer apocada cuya belleza se encuentra en el interior. Es solitaria, pequeña y muda. Inesperadamente, encuentra el amor en la forma de un anfibio humanoide (Doug Jones), capturado en algún lugar de América del Sur y confinado en un laboratorio secreto donde ella trabaja haciendo el aseo.

En el momento de mayor expansión creativa, Del Toro presenta una obra delicadamente construida. Los escenarios oscuros, extraídos de algunos sets de pesadilla de Jeunet y Caro, son retratados con precisos detalles a través de la lente de Dan Laustsen, que exhibe colores chillantes y luces de neón en la arquitectura estadunidense.

El ente antropomórfico parece extraído directamente del catálogo de monstruos de los estudios Universal. Es muy similar, incluso en su génesis, al Monstruo de la Laguna Negra, un clásico del terror de aquella época.

Ambientada en plena Guerra Fría, existe un interés por estudiar a la bestia para utilizarla como arma bélica, mientras los agentes soviéticos pretenden adelantarse para neutralizarla a través de un agente infiltrado. En una historia de monstruos, que no es de terror, aparecen elementos de espionaje. Las truculencias, en manos del realizador mexicano, se convierten en refinamientos.

Como en El Laberinto del Fauno (2006), Del Toro expone a su inocente protagonista a los horrores de la peor maldad, mezclando las acechanzas, en un delirante juego de ambivalencias, con la candidez de una mujer que es como una madona desvalida. Está entregada, literalmente, en alma y cuerpo a un ser desconocido, bestial, que provoca pavor a sus captores pero que, ante ella, se comporta como una mascota afectuosa. Son dos parias que el mundo rechaza.

Hawkins, en una interpretación asombrosa, se presenta como la silenciosa afanadora, inconsciente al peligro, que pretende liberar al monstruo. Su trabajo histriónico es conmovedor. Revela un rico universo interior, lleno de deseos y anhelos imposibles, unida al ser con el que está condenada a la separación.

El viaje es alucinante y trepidatorio. Al establecer el pacto ficcional en su propuesta, el realizador mexicano demanda complicidad total. Por ello se toma enormes libertades creativas para permitir que el brutal agente de seguridad Strickland (Michael Shannon), que se encarga de vigilar a la creatura, sea tan ciego y no perciba el complot que se fragua bajo sus narices.

Michael Shannon encarna el villano típico de Del Toro. Es ordenado, frío, egoísta y celoso de su deber. Obtiene placer al provocar daño y recurre a la autoflagelación en forma de horripilante mutilación para expresar su determinación indeclinable para atrapar a su presa. Su capacidad para soportar dolor es igual a su capacidad para infligirlo.

Pese a la imposibilidad del amor, Elisa se visualiza en un futuro maravilloso, dolorosamente ingenuo. Perversamente, la historia la exhibe, entrometiéndose en la intimidad de sus ilusiones, mientras pasa por un estado de ensoñación cándida, proyectándose con el ser en un escenario insólito de música, júbilo y danza.

En el momento sublime de su romance destinado a la fatalidad, hay una danza erótica bajo el agua, donde la fusión es plena, con un acompañamiento musical terso de Alexandre Desplat. Incluso en los momentos más adversos, y en los lugares más insospechados, como es dentro de un departamento perdido, en medio de la asfixiante ciudad, la magia puede surgir, con instantes de gloriosa dicha que se quedan en el recuerdo para siempre.

La forma del agua es un bello cuento fantástico, que no tiene princesas, pero sí seres marginales que son, al mismo tiempo, feos y angelicales. Hasta el fin, buscan el amor en medio de la tormenta y la fatalidad, que amenazan con destruirlos.

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