Las elecciones y los tiempos últimos

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La tradición escatológica del ­cristianismo, la de los tiempos últimos –una que le dio a Occidente la idea de que la historia tendrá un fin–, habla de un tiempo anterior al del final de los tiempos –del que no sabemos nada: “Nadie sabe ni el día ni la hora”–, de un tiempo que la escatología llama el tiempo del fin.

En el fondo cada día es el tiempo del fin. Sin embargo, hay momentos en la historia –crisis civilizatorias– que hacen que ese tiempo sea casi absoluto. Es un tiempo donde la moral y la política llegaron a tal grado de descomposición, que sólo imperan la anomia, la violencia, la corrupción y la brutalidad de la fuerza; es un tiempo donde el futuro como posibilidad está casi cerrado.

El tiempo por el que hoy atraviesa México es de esa naturaleza: asesinatos, desapariciones, fosas clandestinas, impunidad, ausencia de legalidad, colusión de las instituciones con el crimen organizado y estado de excepción, un tiempo anómico y violento.

Frente a él, la ilusión de las elecciones, como una manera de escapar, ha vuelto a apoderarse del imaginario público. Incapaz de enfrentar con valentía este tiempo del fin, la imaginación pública, acicateada por los partidos, la propaganda, el dinero y los medios de comunicación, nos imputa una vez más la ilusión de que cambiando de gobierno el tiempo del fin –que desde hace más de una década se ha vuelto cotidiano y cada vez más estrecho– terminará. Sin embargo, lo que en realidad haremos será convalidar la misma realidad, volverla más infernal y estrecha, como ha sucedido en las últimas elecciones.

La historia nos enseña que cuando ese tiempo del fin ha surgido en la historia humana o, en otras palabras, cuando las grandes crisis civilizatorias aparecen –pienso en la caída del imperio romano o en la conquista de México– y no es posible una revolución, no queda más camino que la rebelión. Ella, a diferencia de la revolución, que –dicen Marx y Engels en La ideología alemana– tiene por objeto crear otras instituciones, es –dicen también ellos– un esfuerzo por apartarse de ellas (tal vez ese sea el sentido de esa enigmática frase de Jesús: “No resistan el mal”, una forma de la desobediencia civil de Gandhi) o, en otras palabras, un esfuerzo por irse a las márgenes y en ellas preservar el sentido de la vida.

No es otra cosa lo que a lo largo de la historia nos mostraron, por ejemplo, las primeras comunidades cristianas frente al tiempo del fin de la persecución del imperio romano o los padres del desierto frente al tiempo del fin que veían en el maridaje de la Iglesia con el poder de ese imperio, o ciertos grupos indígenas frente al tiempo del fin de la conquista; esos grupos se apartaron, denunciaron y se negaron a reproducir las condiciones que lo generaban.

Ante la imposibilidad de reunir lo que he llamado la reserva moral del país en un verdadero frente ciudadano para, mediante una revolución no-violenta en las urnas, refundar a la nación creando nuevas instituciones, lo que nos queda a algunos es la rebelión. Una forma de ella, que evita ser cómplice de la anomia, es no ir a las urnas en las próximas elecciones, es negarse a resistir incluso bajo el engaño de las candidaturas independientes, es apartarse.

El asunto –asumámoslo con crudeza– no depende de un grupo de personas de buenas intenciones. El asunto, como sucede en toda crisis civilizatoria, está en las estructuras políticas que se corrompieron y que ya no tienen manera de reordenarse; el asunto es, como hoy decimos, sistémico y ese sistema debe desmoronarse, llegar al tiempo de su final para dejar paso a aquello que ha preservado el sentido.

Recordemos que fueron esos grupos los que, al rebelarse, se colocaron en las márgenes de su tiempo del fin y, cuando el fin del tiempo sucedió –es decir, cuando lo caduco de las instituciones de su época terminó de desmoronarse– impidieron que el mundo se deshiciera. Así sucedió con los padres del desierto después de la caída del imperio romano: ocuparon Europa con sus monasterios y la salvaron de la barbarie. Así ha sucedido con el levantamiento indígena de 1994: situados desde hace 500 años en las márgenes del Estado, la rebelión indígena comenzó a nombrar el sentido en medio del desmoronamiento del sistema, manteniéndose en las márgenes con sus caracoles.

En este tiempo del fin mexicano, la forma que algunos tenemos para precipitar el final del tiempo y darle una oportunidad a lo que pervive en las márgenes y preserva el sentido, es abstenerse de ir a las urnas, negarse a la ilusión que los partidos y los candidatos independientes nos prometen, negarse a creer lo que ya no es creíble y sólo prolongará el horror del tiempo del fin.

Ante la imposibilidad de lo que Marx soñaba: una revolución; ante lo necesario en México: una revolución no-violenta, y ante la intoxicada ilusión de que desde las partidocracias y las elecciones podemos reformar lo irreformable y romper con el horror del tiempo del fin, la no resistencia de la rebelión que Marx y Engels definieron bien al citar a ese anarquista-ético que fue Georg ­Kuhlmann: “No deben marchar y destruir (yo agregaría, o reformar) lo que se presenta como un obstáculo en el camino, sino esquivarlo (…) cuando lo hayan esquivado dejará de existir para sí mismo, porque no encontrará alimento”.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

Este análisis se publicó el 14 de enero de 2018 en la edición 2150 de la revista Proceso.

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