“Solsticio de invierno”

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Una cena en familia, una madre incómoda que llega de visita y un invitado inesperado, son algunos de los ingredientes que contienen la propuesta dramática Solsticio de invierno del autor alemán Ronald Shimmelpfennig, llevada a escena por la Compañía Por Piedad Teatro en el Teatro Orientación, con las actuaciones  y la dirección de Ana Graham y Antonio Vega.

Es un texto contemporáneo que rompe la estructura clásica y juega con la forma dialogal, llevándonos por caminos complejos e inesperados en el lenguaje.

Son variadas las formas utilizadas en el fluir del texto que, a partir de una breve anécdota, saltan en el tiempo y en los pronombres personales.

Bettina y Albert reciben en su casa a la madre de ella, generando diferencias en la pareja. Mientras discuten quién la atenderá, fracturan la conversación para dirigirse al público y hablar en tercera persona del personaje que están encarnando, de lo que está pasando en la escena, o de los sentimientos y pensamientos que experimenta su personaje. Este extraordinario ir y venir en el diálogo se potencializa al involucrar la fractura del tiempo. Estamos en el momento de la discusión, pero de pronto nos indican que nos iremos a dos horas antes de la historia, o simplemente vemos un momento que sucedió en otro tiempo. En estos rompimientos, a veces el fragmento que se muestra está incompleto, para después agregarle ciertos elementos que nos avanzan la trama y nos hacen comprender la escena que apenas, antes, se nos había insinuado.

La madre de Bettina es una incomodidad para la hija, pero su vivencia es ambivalente. El personaje transita entre la negación y la aceptación como sucedería en la vida real, confundiendo a su pareja. Los personajes, pues, se contradicen, y hasta ellos mismos no se entienden. Simplemente están y viven en un tiempo poliédrico que sólo el teatro hace posible. Somos no sólo por lo que está sucediendo en un preciso momento; somos por lo que pasamos, por lo que se nos viene a la cabeza, por lo que imaginamos o por lo que el otro ve en nosotros. Todo es todo el tiempo, como decía John Berger.

Son seis personajes los que intervienen en la obra, interpretados por los dos actores. Para lograrlo, se apoyan en la escenografía, diseñada hábilmente por Víctor Zapatero, y otros recursos. Estamos frente a  una casa de muñecas que gira y tiene doble vista; en la que muñecos miniatura habitan los espacios. Los actores indican, con un señalador metálico, el muñeco al que le están dando voz, o se apropian del personaje y de su cuerpo, con una voz trabajada. A veces recurren a la voz en off, lo cual resulta  innecesario ya que rompen con lo esencialmente teatral, aunque fortalezca la presencia de personajes como la hija o la madre.

La interpretación  de Ana Graham y Antonio Vega goza de naturalidad, fuerza y presencia escénica. Con matices, conocemos a la familia y a los invitados y, a pesar de la dificultad de salir y entrar de los personajes, lo ejecutan de maravilla.

El tema principal se concreta en la figura del invitado inesperado que se introduce en la familia silenciosamente, hasta explotarla. Representa el pensamiento fascista que permanece en nuestra sociedad hasta hoy en día.

Esta reseña se publicó el 21 de enero de 2018 en la edición 2151 de la revista Proceso.

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