El barroco-kitsch de Luis Figueroa

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Con una agresiva y a la vez lúdica estética que fusiona consumismo, decadencia, crítica, humor y sobriedad, el artista visual y sonoro Luis Figueroa (D.F., 1968) presenta, en el Museo de Arte Carrillo Gil de la Ciudad de México, una selección de altares lumínicos que resguardan deidades aptas para una civilización sustentada en la sacralización del consumo.

Conocido principalmente por su participación en el proyecto Sonido Apokalitzin, Figueroa ha desarrollado una propuesta de potentes experiencias inmersivas en las cuales la creación visual se fusiona con mezclas sonoras, provienentes de grabaciones viejas o raras de ritmos populares.

Dedicado también a la dirección de arte en proyectos cinematográficos y a la ambientación en celebraciones nocturnas, Figueroa ha creado un lenguaje que se basa en el impacto sensorial que genera la integración entre alucinaciones lumínicas y saturaciones visuales por acumulación de imágenes y objetos.

Sugerente por el equilibrio que logra entre la vulgaridad de los objetos, la estridencia de las luces y la sobriedad de las composiciones, su obra ha sido expuesta en muy pocas ocasiones en los circuitos institucionales del arte contemporáneo. De actitud crítica y coherente, el artista se ha mantenido al margen y, por lo mismo, la invitación que le hizo el curador Guillermo Santamarina es un acierto.

Notoriamente reflexivo en lo que se refiere a la construcción histórica de los valores comunes que caracterizan a una sociedad, es también conocido como El Justiciero del Ritmo, y ha desarrollado una propuesta tridimensional que  en su configuración visual diluye la complejidad del concepto que la sustenta. Convencido de que el apocalipsis se inició en México cuando se aniquiló la cultura indígena, el artista considera que la civilización, aun cuando nunca llegó a desarrollarse, se formó con base en fragmentos o ruinas que se mezclaron manteniendo distintos significados: religión, magia, brujería, tradiciones.

Presente en el Carrillo Gil con 27 altares y una instalación de su serie Creencias de la Gente, Figueroa exhibe, bajo el título de Escaparates y marquesinas. Mercancías prohibidas de los dioses desechables o la iglesia de los santos reciclados, deidades inventadas que, construidas con deshechos de juguetes, tuercas, llaves, figuras devocionales, encendedores y muchos otros, parafrasean el panteón católico, los héroes cibernéticos, las diosas míticas, los guerreros prehispánicos y hasta el demonio.

Construidos con objetos que fueron deseados, comprados y tirados, los altares se vinculan con la tradición popular del comercio ambulante y los altares privados, a través de saturaciones objetuales rodeadas o intervenidas con luces intermitentes de diferentes colores.

Barroca por la saturación y kitsch por la vulgaridad, la obra de Luis Figueroa, como él mismo señala, contiene una estética barroca-kitsch que podría haberse enriquecido con algunas mezclas sonoras del Dj Luxxx.

Este texto se publicó el 21 de enero de 2018 en la edición 2151 de la revista Proceso.

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