Diversificar… ¿hacia dónde?

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En medio de numerosas opiniones sobre el futuro económico y político de México hay un tema que surge frecuentemente: el de la necesidad de diversificar las relaciones económicas del país. La apreciación es correcta. No es conveniente tener un porcentaje tan alto de dichas relaciones con Estados Unidos. No se trata solamente de los vaivenes inesperados en la política económica de ese país que pueden perjudicar a sus socios comerciales; las experiencias desde la llegada al poder de Donald Trump son elocuentes. Se trata, también, del valor estratégico de algunos productos que se comercian, los cuales, por motivos de seguridad nacional, sería deseable que tuviesen un origen más diverso. El caso de la importación de energéticos es uno de ellos. No es fácil, sin embargo, pasar a la acción y dar por sentado que México puede arrancar fácilmente un verdadero proceso de diversificación.

En comparecencias recientes, el secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, se ha referido a la diversificación a partir de la intensa actividad de negociadores mexicanos en la elaboración de acuerdos de gran calado como lo fue el Acuerdo de Asociación Transpacífica (TPP). Cierto que tenemos grandes negociadores. Hay experiencias porque México es uno de los países que ha firmado más acuerdos de libre comercio. Sin embargo, negociar tales acuerdos no significa que con ello se modifica el patrón de concentración de las relaciones económicas del país en Estados Unidos. Se abren puertas, pero ni los empresarios ni el gobierno mexicanos tienen un verdadero interés en cruzarlas. Los datos están allí para probarlo: el 80% de las exportaciones mexicanas se dirige a Estados Unidos.

Diversificar las relaciones económicas de México no depende, pues, de negociar acuerdos. Depende de llevar a cabo una revisión de lo ocurrido en los últimos años en materia de diversificación, identificar las áreas en las que se advierte potencial para llegar más lejos y establecer un verdadero “cuarto de guerra” cuya labor sea estudiar dichas áreas para poner en pie, conjuntamente gobiernos y empresarios, las acciones para que México se mueva en un panorama más diversificado de relaciones económicas con el exterior.

No es posible imaginar una situación diametralmente opuesta a la que existe en la actualidad. La vinculación económica con Estados Unidos es muy profunda. No sólo en materia de intercambios comerciales, en la que tienen gran presencia los bienes manufacturados, sino en la producción compartida de los mismos, entre los que destaca la industria automotriz. Lo posible, desde un punto de vista realista es, por ejemplo, reducir a 60% el 80% que hoy representa Estados Unidos como destino para las exportaciones mexicanas. Por otra parte, promover las inversiones extranjeras procedentes de otras regiones, tratando que vengan acompañadas de cooperación en materia de ciencia y tecnología.

Cuando volteamos la mirada hacia la relación con otras regiones, el enorme peso de Estados Unidos se hace evidente. A pesar del apego que sienten las élites y en general los mexicanos hacia América latina, los intercambios comerciales con esa región son notablemente débiles. Con la excepción de Brasil, ningún país latinoamericano tiene una posición significativa para nuestras relaciones económicas. A pesar de la gran visibilidad que tiene la Alianza del Pacífico, los intercambios comerciales entre los cuatro países que la componen –Chile, Perú, Colombia y México– representan un porcentaje casi imperceptible de nuestro comercio exterior.

En el caso de la Unión Europea (UE), el Acuerdo de Asociación que entró en vigor el año 2000, actualmente en proceso de revisión y actualización, creó expectativas que no materializaron. Nuestras exportaciones son limitadas. Las importaciones tienen más importancia, aunque ya fueron rebasadas por China. El punto fuerte son las inversiones, las segundas en importancia después de Estados Unidos. Provienen fundamentalmente de dos países: en primerísimo lugar España, en segundo Alemania. La apreciación general es de una relación muy institucionalizada que, sin embargo, no desarrolla su potencial. Se combina para ello la dificultad del empresariado mexicano para saber llegar a los mercados europeos y las condiciones actuales  de la UE, cuyo interés por América latina es cada vez menor.

La región que ha dejado la huella más significativa en las relaciones económicas internacionales de México en la última década es, sin lugar a dudas, Asia, China en particular. El crecimiento de las importaciones mexicanas procedentes de ese país fue espectacular en el presente siglo. Pasó de mil 680 mil millones de dólares el año 2000 a 47 mil 36 mil millones en 2017. China es ahora el segundo proveedor de México después de Estados Unidos. Las exportaciones mexicanas a ese país alcanzan la cifra de 5 mil 407 mil millones de dólares en 2016. Una cifra que parece modesta si se compara con lo que se vende a Estados Unidos, pero significativa si se advierte que es superior a lo que se exporta a cualquier país latinoamericano o europeo. Qué hacer con China es pues una de las preguntas más importantes para la planeación de una futura diversificación.

Cabe recordar que la cercanía con Estados Unidos ha creado una zona de confort para los empresarios mexicanos que reaccionan con enorme dificultad a la propuesta de diversificar. No es sorprendente que la prioridad para el actual gobierno, apoyado por las principales voces empresariales, sea recuperar a cualquier precio el status quo que se tenía con Estados Unidos. El problema es que las condiciones estructurales en ese país están reduciendo el interés de numerosos sectores por tener a México como socio prioritario. Hay malestar por el déficit en contra de ellos, percepciones equivocadas, pero muy enraizadas, sobre los efectos negativos sobre el empleo y reformas como la recién aprobada reforma fiscal que, sin ir dirigida específicamente contra México, tendrá el efecto de reducir el atractivo de traer capitales a nuestro país.

Diversificar, teniendo a Asia como el eje principal, es el gran reto para la política económica de quien llegue a la presidencia el mes de diciembre. No es pronto para integrar el grupo de expertos que empiece a trabajar con ese fin.

Este análisis se publicó el 21 de enero de 2018 en la edición 2152 de la revista Proceso.

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