José Emilio Pacheco, su “Inventario” y José Martí

CIUDAD DE MÈXICO (apro).- A cuatro años del deceso del poeta, escritor y periodista José Emilio Pacheco, cuya pluma legó para generaciones la columna Inventario -misma que se publicó en el Excélsior de Julio Scherer y en Proceso, tras la creación de este semanario hasta su muerte-, se reproduce el “Inventario” que recuerda los orígenes de la corriente modernista a través del cubano José Martí, de quien se conmemora el 165 aniversario de su natalicio este domingo 28.

Publicado en el año 1982, a continuación, se reproduce Los periodistas. Cien años de modernismo:

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Entre 1920 y 1967, centenario de Rubén Darío, la imprecisa palabra “modernismo”, que para colmo en inglés y portugués designa a la vanguardia, suscitó una respuesta automática: Modernismo igual a Darío, Prosas profanas, cisnes, joyas, princesas, jardines versallescos, evasión de la realidad hispanoamericana, arte por el arte, versos sonoros, festivales escolares.

Los prejuicios tardan en morir, pero hoy tenemos al fin una noción muy distinta del modernismo. Es la primera literatura que en rigor podemos llamar hispanoamericana, el origen y base de cuanto ahora se escribe en español. El debate no ha terminado ni acabará jamás.

En la complejidad del modernismo hay más cosas de las que pretendemos simplificar con generalizaciones tomadas en préstamo a la historia literaria y a las ciencias sociales.

Se acepta 1882 como año de iniciación del modernismo. Hace un siglo José Martí publicó su libro de poemas Ismaelillo, comenzó las Cartas de Nueva York, núcleo de su prosa, y en La Opinión Nacional de Caracas hizo la Sección constante que Pedro Grases compiló en 1955.

Del Zócalo a la Alameda

Podemos fijar los orígenes seis años antes y decir que el modernismo empezó a gestarse, en la prosa mucho antes que en el verso, en las calles que rodean a la antigua Preparatoria Nacional cuando se encontraron un joven exiliado, Martí (1853-95) y un adolescente mexicano, Manuel Gutiérrez Nájera (1859-95).

El segundo murió sin haber ido más allá de Veracruz. El primero, llegaba del exilio en España y una breve estadía en París. No sabemos lo que conversaron en sus caminatas del Zócalo a la Alameda: Para su fortuna Martí y Gutiérrez Nájera no tenían la menor conciencia de que estaban a punto de iniciar una revolución literaria.

Lo único a nuestro alcance son los artículos publicados en los periódicos mexicanos de 1876 en donde ensayaron una prosa nunca antes escrita. Martí, por ejemplo, dedica a Manuel Acuña, que se había suicidado en 1873, un artículo con extrañas resonancias sobre su propia vida:

“Porque el peso se ha hecho para algo: para llevarlo; porque el sacrificio se ha hecho para merecerlo; porque el derecho de verter luz no se adquiere sino consumiéndose en el fuego. Sufre el leño su muerte, e ilumina; y ¿más cobarde que un leño será un hombre? A él le queda por ceniza la ceniza; a nosotros el renombre, la justicia, la historia, la patria, el placer mismo de sufrir; ¿qué mejor sepulcro y qué mayor gloria? Cerrada está a las plantas la superficie de la tierra: abrirla es violarla; nadie tiene el derecho de morir mientras que para erguir la vida que le dieron le quede un pensamiento, un espanto, una esperanza, una gota de sangre, un nervio en pie. Para pedestal, no para sepulcro, se hizo la tierra, puesto que está tendida a nuestras plantas.”

Los senderos se bifurcan

Gutiérrez Nájera, que en agosto de 1876 aún no ha cumplido los diecisiete años, protesta contra el positivismo y la materialización del arte y defiende su concepto de la poesía:

“Se pretende despojar a la poesía del idealismo y del sentimiento; se pretende arrebatar al arte todo aquello que de espiritual tiene, para sustituirlo con el realismo pagano, con el terrible materialismo; y los que tal quieren, no ven en su loco desvarío que lo que ellos llaman reforma del arte no es más que su ruina y su muerte; que si sus teorías se realizasen, el arte perdería todo aquello que lo constituye, que es lo verdadero, lo bello y lo bueno, para convertirse en fétido estanque de corrompidas aguas.”

Si lo que distingue al modernismo es la intención artística, la voluntad de estilo, su fundador indiscutible es Martí. No resulta menor paradoja modernista que Martí sea una figura a la vez central y excéntrica en el movimiento que inició. Martí vive por y para la independencia de su patria todavía perteneciente al imperio español. Lucha por la revolución social en tanto que los demás sólo se preocupan por la renovación literaria.

No hay en este sentido caminos más divergentes que el suyo y el de su gran amigo. Mientras la existencia de Martí transcurre y termina en el combate, Gutiérrez Nájera escribe durante el esplendor porfiriano. Su visión del caudillo es la anterior a 1900: el Héroe de la Paz que la ha impuesto en un país desgarrado por setenta años de violencia.

Al morir en 1895, Gutiérrez Nájera no puede tener lógicamente la idea forjada en los años críticos del novecientos y en la época posrrevolucionaria. Martí, pues, representa un modelo con el que se vuelve imposible medir a quienes fueron sus contemporáneos y a quienes llegaron poco después, cuando con Darío y Lugones la capital del modernismo se trasladó a Buenos Aires.

El Campo Experimental

Debemos a Angel Rama (Rubén Darío y el modernismo. Caracas: 1970) el saber hasta qué punto el cambio de la poesía principió en el ámbito que los modernistas vieron como su enemigo: el periódico. En la estructura económica que el mercado mundial trasplantó a tierras americanas no hubo sitio para el poeta. Los críticos tradicionalistas intentaron que se avergonzara de serlo y crearon la imagen del vagabundo antisocial, entregado a borracheras y orgías, neurasténico, drogadicto, incapaz, y lo que es peor, improductivo.

Los poetas no escogieron el aislamiento, la famosa “torre de marfil”. La adoptaron como defensa de los valores que veían naufragar. A falta de mercado para sus libros (hasta Los raros y Prosas profanas se publicaron por suscripción de los amigos de Darío), lo hubo para sus crónicas: la generación del modernismo fue también la de los grandes periodistas hispanoamericanos. Más que el impulso vocacional la necesidad económica los llevó a los periódicos, instrumento de acción intelectual de la nueva burguesía, que emplearon a los poetas mientras, en una era de especialización, formaban a los periodistas.

Como la poesía el periodismo buscaba la novedad (“noticia” es sinónimo de “nueva”, “new”, “nouvelle”) y transformó la literatura al crear nuevos géneros. Desterró la retórica y trajo agilidad y concisión a una prosa española atestada de oratoria. Como todo beneficio engendra su maleficio, también provocó que muchas crónicas modernistas, inevitablemente uncidas a lo pasajero, fuesen superficiales y se cometieran a las ideas del patrón y el gusto de la clientela.

Se defendieron del especialista, el reportero, con un arma de su oficio: el estilo. Su periodismo influyó en su poesía e hizo nacer las tendencias de la época: novedad, atracción, velocidad, shock, rareza, intensidad, sensación, tendencias que estuvieron en los periódicos antes que en los poemas. En las páginas de los diarios, concluye Rama, se dilucidó, se puso a prueba y triunfó una escritura que mezcla los sistemas de distintas artes, en particular la música y la pintura. La prosa periodística fue el gran campo experimental del movimiento renovador.

La torre de marfil y la torre de control

Charles Dickens es el primer escritor que hizo un arte de la lectura pública de sus novelas. Abrió el camino de las presentaciones personales en que lo siguió con tanto éxito Oscar Wilde. En 1882 Martí asistió a una conferencia de Wilde en Nueva York y escribió en su carta para La Nación de Buenos Aires y El Partido Liberal de México, que luego reproducían infinidad de periódicos en el continente, algo que hoy vemos casi como un manifiesto modernista:

“Vivimos, los que hablamos lengua castellana, llenos todos de Horacio y de Virgilio, y parece que las fronteras de nuestro espíritu son las de nuestro lenguaje. ¿Por qué nos han de ser fruta casi vedada las literaturas extranjeras, tan sobradas hoy de ese ambiente natural, fuerza sincera y espíritu actual que falta en la moderna literatura española?… Conocer diversas literaturas es el medio de librarse de la tiranía de algunas de ellas…

Martí nos hace entender en su crónica que la lucha de los “estetas” por la belleza no era demencia ni “evasión” sino una defensa de lo humano ante el avance destructor del capitalismo salvaje. El “arte por el arte” no fue lo opuesto al arte como testimonio inevitable de su momento, sino al arte por dinero, a la total mercantilización de la existencia.

Dice Martí: “Embellecer la vida es darle objeto. Salir de sí es indomable anhelo humano, y hace bien a los hombres quien procura hermosear su existencia, de modo que vengan a vivir contentos con estar en sí”. Uno pierde la ignorante hostilidad contra el esteticismo del otro fin del siglo cuando ve lo que la codicia ha hecho de la ciudad de México y de sus habitantes, y contempla la ofensiva contra los últimos santuarios: el Ajusco y el Desierto de los leones. Es preferible la “torre de marfil” que no existió a la torre de vigilancia del “fraccionamiento exclusivo” en que se aposentan guaruras con metralleta.

Modernismo y modernización

“El dinero”, escribe Martí en su Sección constante “es anónimo: no hay rastro en él de las lágrimas que ha hecho derramar ni de las lágrimas que ha costado”. Las 112 inserciones cotidianas en La Opinión Nacional constan de notas brevísimas –es decir, “noticias” –sobre todo lo imaginable: historia, economía, arte, lenguaje, política, ciencia, indigenismo, organización social, música, filosofía, etcétera.

Desde Nueva York Martí quiere establecer críticamente vasos comunicantes entre el mundo moderno y la Hispanoamérica a punto de iniciar su proceso de “modernización”, en el sentido actual y trágico del término. De allí otra posible mirada al modernismo como la literatura que para bien y para mal corresponde a la modernización de Hispanoamérica, el producto del choque de la era moderna con el mundo antiguo en el que es insertado por la fuerza y el interés de las metrópolis.

Para entender el modernismo tenemos que manejar categorías europeas, decir que nace de una síntesis de parnasianismo y simbolismo, escuelas que fueron sucesivas e incompatibles en Francia. Debemos hacerlo pero no olvida el trasplante a una realidad histórica y social muy diferentes. Por ejemplo, la prosa artística que en Europa fue obra de rentistas confinados en sus casas de campo de lujo, calma y voluptuosidad, en Hispanoamérica fue escrita velozmente en las redacciones de los periódicos y a veces en los mismos talleres.

En una sección diaria de notas misceláneas Martí practica un estilo distinto de la prosa barroca de sus Cartas y ejerce con idéntica maestría la sencillez, la concisión, el laconismo. Una cita para mostrar lo que fue la Sección constante:

“París tiene ya tranvías eléctricos. Se ha hecho de ellos una buena muestra en la última exposición, más para ponerlos en acción era preciso llenar las calles de pilares, y cables que llevasen a los carros el fluido conductor. Y acaba de inventarse ahora un tranvía gallardo movido por una potencia invisible, que no ha menester cables ni pilares.

“El fluido eléctrico se transmitirá al tranvía por la cara interior de los rieles, a los cuales se adoptarán bandas en las junturas para impedir que se interrumpan las corrientes. Estos tranvías, que han de ser elegantísimos, van a ponerse al servicio público en el barrio de San Germán, que es el barrio de la vieja nobleza, el barrio elegante”.

La última sección se publicó el 15 de junio de 1882. Aldrey, director del periódico venezolano, la suspendió por dos motivos; hablaba demasiado de libros y autores y se negaba a alabar las abominaciones del tirano Guzmán Blanco. Antes de cancelar para siempre la Sección constante Martí dejó escrito: “No tenemos paz con lo inútil ni con lo falso”.

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