El infame caso de Marco Antonio y la descomposición política

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El caso del adolescente Marco Antonio Sánchez Flores es resultado de la descomposición moral del sistema político y social del México contemporáneo. Se vive en el país lo que Arnold Toynbee en su Estudio de la Historia calificaba como cisma en el cuerpo y el alma de las sociedades en descomposición. Una manifestación de tal cisma es el ir a la deriva, sin dirección, sin rumbo que conduzca a la sana convivencia, a la acción social conforme a las virtudes cívicas.

Dirigir es poner delante de un pueblo ideas teñidas de valor para impedir el empuje avasallante de los factores disolventes, tal como lo describe Max Scheller en Sociología del Saber. Hoy se ponen delante estultas propagandas de nulidades políticas salidas de ambientes putrefactos para corresponder a la abyección de tantos, para ocultar el drama del caos social.

Cuando se agrede la dignidad de un solo ser humano, es todo el orden social el que resulta derrotado, acorralado. Y más cuando se trata de un joven estudiante de 17 años. La niñez y la juventud son lo más noble de un pueblo para Charles Péguy, poeta profético muerto cara al sol por Francia en la batalla del Marne en 1914, y recordado como aliento por De Gaulle junto a Juana de Arco, en momentos trágicos para la Francia en 1939.

Tal corrupción, tal descomposición, es la peor de las patologías sociales al carcomer la naturaleza y sentido de la autoridad como clave del orden de una comunidad que debe apuntar siempre a lo justo. Casos de infamia como ese o semejantes se repiten a diario en todo el país. Vivimos un México mutilado por la hidra neoliberal: todo, economía, política, cultura, se subordina al fetiche del dinero, del interés faccioso, de la saciedad de poder. La “hybris” es tal saciedad en la que anida la insolencia del poderoso ante un pueblo mayoritariamente inerme, empobrecido, anonadado.

La corrupción política y social se compone de muchos vicios que nublan el juicio de quienes tienen la tarea de deliberar acerca de las cosas necesarias para el Bien Común, como aconsejaba Aristóteles en su Política: tortura, desapariciones, ineptitud crónica al gobernar no los mejores, sino los de menos escrúpulos, tutelada concentración de riqueza en pocas manos manchadas de frivolidad, egoísmo e indiferencia, incultura, ausencia de sentido histórico, salarios mínimos de hambre, servilismo ante el Norte, provocada desigualdad e injusticia social, violencia como método sistemático y planeado de dominio y control políticos, miedo inducido para conjurar resistencias, saqueo cínico del dinero público, endeudamiento irresponsable que hipoteca el futuro de las generaciones, sistema educativo en bancarrota, apto no para formar críticamente a la niñez, sino para adoctrinarla en el adormecimiento y con un magisterio amenazado; caricaturesco sindicalismo salvo honrosos casos, intolerancia digital injuriosa frente al que piensa diferente, como sucedáneo del debate racional y civilizado.

Y la lista hirsuta y tupida de vicios continúa porque es interminable: entrega del porvenir económico a extranjeros, alquiler, venta y compra de convicciones políticas al mejor postor, antileyes de supuesta seguridad, vulneradoras del “don más preciado”, el de la libertad tan querida por Cervantes en su Quijote impar, pseudo justicia tardía y selectiva, abandono del campesino mexicano, destrucción del medio ambiente y del porvenir del agua por mineras amantes del “fraking” devastador, destrucción de las ciudades por inmobiliarias insaciables, multiplicadoras del cemento para ruina del paisaje vital, más un largo etcétera dolorido.

¿Qué nos espera ante tal panorama desolador? A corto plazo no hay esperanza alguna. ¿Dónde están los pronunciamientos de indignación específica de los candidatos punteros en torno al infame caso representativo del prevaleciente desorden social, del joven reaparecido con el rostro apabullado y perplejo, Marco Antonio? Para las izquierdas y derechas acomodadas y tibias, no hay lugar para los casos individuales, porque ellos desconocen en su incultura y superficialidad que un sólo caso de esos, amenaza todo el orden de la sociedad al ser la dignidad de cada persona la base de todo sistema constitucional. Sólo la autenticidad y la constante perseverancia formadora de conciencia crítica nos podrán salvar a la larga, sólo la palabra sincera y congruente de Marichuy Patricio, la valerosa mujer centinela del porvenir, y la meritoria batalla de Javier Corral en Chihuahua contra el régimen federal, hacen la siembra de valores para un mañana de venturas, “gozosos en la esperanza, pacientes en la tribulación”, según el canto profético.

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