Tillerson en América Latina: una gira con sabor a Guerra Fría

BOGOTÁ (apro).- La agenda temática que impulsa el secretario de Estado estadunidense Rex Tillerson durante la gira que realiza por América Latina parece una reedición de la doctrina de seguridad nacional que determinó las relaciones de Washington con la región durante la época de la Guerra Fría.

Hoy, las amenazas que proclama Tillerson ya no son, como en aquel entonces, el comunismo y la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), sino China y Rusia.

Paradójicamente, este último país es el mismo que, según los organismos de inteligencia estadunidenses, intervino en los comicios en los que resultó electo el presidente Donald Trump en 2016.

Pero mientras en Washington el FBI investiga ese asunto y la presunta implicación de Trump y su círculo cercano en el mismo, Tillerson recorre algunos países de Latinoamérica para advertir que los rusos y los chinos son un peligro para la región.

El jueves pasado, horas antes de empezar su gira en México, el jefe de la diplomacia estadunidense dio una conferencia en la Universidad de Texas, en Austin, en la que perfiló la estrategia de la administración Trump para la región.

“América Latina –afirmó– no necesita nuevos poderes imperiales que sólo buscan beneficiar a su propia gente”.

Un diplomático latinoamericano dijo el viernes en una reunión privada en Bogotá: “Tillerson no lo dijo, pero el mensaje es que con el poder imperial de Estados Unidos basta y sobra en la región. Es una vuelta a la doctrina de seguridad nacional de los 60 y de la Doctrina Monroe (aquella que pregona América para los americanos)”.

De acuerdo con lo que planteó Tillerson en Austin, el modelo de desarrollo de China “no tiene que ser el futuro del hemisferio”, mientras que la creciente presencia de Rusia en la región “también es alarmante” porque vende armas a gobiernos “que no comparten ni respetan el proceso democrático”.

Y es aquí donde, en el guion del secretario de Estado estadunidense, entra Venezuela, que es otro tema central en su gira por México, Argentina, Perú, Colombia y Jamaica.

Es sabido que una de las medidas que estudia Washington para ampliar las sanciones económicas al gobierno de Maduro es un boicot a las exportaciones venezolanas de petróleo, un producto que genera el 96 por ciento de las divisas el país y que resulta fundamental para la sobrevivencia del régimen.

La producción de petróleo de Venezuela ha venido en picada en los últimos meses. En diciembre fue de 1.6 millones de barriles diarios, un 40 por ciento menos que un año atrás.

Y aunque solo la cuarta parte de ese crudo lo compra Estados Unidos, el grueso de los dólares que recibe la estatal PSVSA vienen de ese país porque las exportaciones a China, el otro gran comprador, son para pagar créditos.

Es decir, un embargo estadunidense a las compras de petróleo de Venezuela tendría un efecto brutal sobre la economía del país, que ha perdido casi la mitad de su Producto Interno Bruto (PIB) en los últimos cuatro años.

Tillerson ya dijo el domingo en Argentina que Estados Unidos considera la posibilidad imponer sanciones a las exportaciones petroleras de Venezuela, aunque está evaluando el impacto que esas medidas tendrían sobre la población.

Un embargo petrolero encendería la retórica antiimperialista de Maduro y le daría excusas para responsabilizar de la crisis económica a Washington en momentos en que el régimen ha decidido convocar a elecciones presidenciales para abril próximo a más tardar.

El mismo domingo 4, Maduro respondió a la amenaza de Tillerson con un discurso de campaña electoral: “Trabajadores de la industria petrolera, nos amenaza el imperialismo. Estamos preparados para ser libres y nada ni nadie nos va a detener”.

Al referirse a Venezuela, Tillerson no solo ha hablado del tema petrolero. También ha planteado la posibilidad de que militares venezolanos decidan derrocar a Maduro. Esa sería una salida como en los tiempos de la Guerra Fría.

En viernes pasado, tras reunirse con el secretario de Estado estadunidense, el canciller mexicano, Luis Videgaray, dijo que coincide con Washington en que la democracia está en juego en Venezuela y señaló: “No podemos permanecer indiferentes ante el deterioro sistemático de la situación” en ese país.

En Argentina, Perú y Colombia, Tillerson también encontrará apoyo en su estrategia frente al régimen de Maduro.

Esos tres países y México forman parte del Grupo de Lima, un bloque de 12 naciones latinoamericanas que han denunciado la ruptura del orden constitucional en Venezuela y que rechaza la convocatoria a elecciones presidenciales por considerar que no hay condiciones para realizarlas en un marco democrático, transparente y creíble.

El doble rasero

Durante su paso por México, Tillerson advirtió que ese país debe cuidarse de la posible injerencia rusa en las elecciones presidenciales de julio próximo y es previsible que haga el mismo llamado al visitar este martes Colombia, donde también habrá comicios presidenciales en mayo.

Esto, desde luego, mientras el FBI intenta determinar si la intervención de Rusia en la elección de Trump se hizo con el consentimiento de este y con la participación de sus colaboradores más cercanos.

Varias organizaciones sociales de la región han expresado su rechazo a la visita de Tillerson a Latinoamérica por considerarla “intervencionista”.

La Articulación de Movimientos Sociales hacia el ALBA señaló en un comunicado que mientras Tillerson alerta sobre la posible injerencia rusa en elecciones presidenciales “Estados Unidos es el gobierno que más ha generado prácticas injerencistas, prepotentes y maliciosas en Latinoamérica y el mundo”.

El jefe de la diplomacia estadunidense tiene otro problema. Trump es un presidente muy impopular en Latinoamérica.

No solo ofende permanente a México y a los mexicanos con temas como el muro y el migratorio, sino que a El Salvador y Haití los ha llamado “países de mierda”.

A Colombia, un socio estratégico de Washington en la región, lo amenazó con “descertificar” su lucha antidrogas si no hace un trabajo rápido y eficaz para reducir sus cultivos de hoja de coca, en lo que fue un regreso al histérico enfoque de responsabilizar a los países productores de estupefacientes del desmedido apetito de los estadunidenses por las drogas.

Y el pasado viernes, en vísperas de la llegada de Tillerson a Colombia, Trump dijo que algunos países están enviando gran cantidad de drogas a Estados Unidos.

Aunque no mencionó a ningún país en particular, el presidente señaló que “están mandando drogas a nuestro país y se están riendo de nosotros” y “quiero detener la ayuda”.

El año pasado, Colombia recibió unos 450 millones de dólares en ayuda de Washington para apoyar el acuerdo de paz con la exguerrilla de las FARC y la lucha antidrogas.

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