Proceso

“La estética del crimen”

La estética del crimen, dirigida por Rina Rajlevsky. Foto: Especial

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Todo sucede en una estética de Polanco donde siete personajes se debaten alrededor de un crimen, y lo más relevante es la participación del público y la interacción con los personajes. La estética del crimen es una hilarante comedia escrita por el dramaturgo alemán Paul Pörther, adaptada a México por Alberto Lomnitz y Ricardo Esquerra, y dirigida hábilmente por Rina Rajlevsky.

En La estética del crimen es necesario conocer a los personajes, como sucede en la primera parte que resulta un poco larga, para después tener los elementos necesarios con los cuales el público hará sus deducciones. Escuchamos a la pianista antes de su muerte y percibimos las reacciones de los que están en la estética. Descubrimos poco a poco cómo todos se hallan relacionados de una y otra manera con la víctima, y por tanto sospechosos. Dos policías bastante ineptos y simpáticos, irrumpen en el lugar para interrogarlos y obtener elementos que vayan construyendo el caso.

Con una estructura dramática sólida, La estética del crimen es una comedia que hace reír a mares. La puesta en escena tiene un ritmo vertiginoso y ágil. Los actores manejan con brillantez la interacción con el público, la improvisación y el humor espontáneo o construido. La participación de Omar Medina, el jefe de la policía que guía la investigación, destaca por sobre todos los demás; evade las salidas fáciles del humor y recurre a sus herramientas teatrales para hacernos reír. Increpa al espectador, retoma sus sugerencias, organiza la información, y siempre lo hace de una manera cómica y en su justa medida.

El segundo de a bordo es un policía que Mario Alberto Monroy caricaturiza y obtiene buenos resultados: Es el bobo, el que repite las cosas sin pensar y el que poco entiende lo que está pasando. Cecilia Ponce es la clienta rica, Miguel Conde el anticuario que espera su turno, y Daniela Luján la asistente del estilista. En este papel, Carlos Rangel encuentra buenos gags para provocar la risa, aunque su estridencia y exageración del homosexual estereotipado vuelven cansada su intervención.

La comedia se contiene y se mueve de su lugar para sorprendernos. Parte de una estructura clásica para después soltarse el chongo. Inicia con la presentación de los personajes y su situación; gira la historia a raíz del crimen e inicia la investigación, para girar nuevamente rompiendo la cuarta pared y haciendo que el público participe, hasta llegar al clímax, donde, por votación se elige quién es el culpable.

Lo original de la obra radica en el giro con el que se abre la participación del público y crea varias posibilidades para encontrar un final. Hay momentos apoteósicos en los que los espectadores se encienden y culpan a uno o a otro comensal de la estética, y los incriminados responden a la acusación. La improvisación o los recursos humorísticos que utilizan los actores en la interacción con el público, son poderosos. Lleva a más risa el sentir que el público somos un personaje más del que también nos reímos, con el que  compartimos hipótesis, discrepamos y tomamos decisiones.

La estética del crimen, producida por Ocesa, se presenta en el Teatro Fernando Soler, es una divertida y chispeante comedia que varía según el día y los espectadores que asistan a verla. Su buena factura también se ve reflejada en el diseño de la escenografía y vestuario de Mauricio Ascencio y el diseño de iluminación de Matías Gorlero. Para reírse un rato y ver algo diferente.

Esta reseña se publicó el 4 de febrero de 2018 en la edición 2153 de la revista Proceso.