PANAMA PAPERS GANA PULITZER

Adiós al luchador social

El viernes 26 falleció José Álvarez Icaza, a los 89 años. Quizá fue “una de las figuras más representativas de la izquierda cristiana en México”, asegura su hijo Emilio Álvarez Icaza Longoria. Don Pepe, como le llamaban sus amigos, siempre se identificó con las luchas sociales, y en los momentos de mayor represión, a mediados de los sesenta, fundó incluso el Centro de Comunicación Social (Cencos), desde donde documentó la intolerancia gubernamental y alentó a sindicalistas, campesinos y exiliados latinoamericanos. Siempre generoso, él fue uno de los promotores de la fundación de Proceso. 

 

El 6 de agosto de 1994, José Álvarez Icaza caminaba con dificultad entre el lodo chicloso de la Selva Lacandona. Se movía en torno al anfiteatro “Aguascalientes”, construido por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en honor a la convención realizada en 1914 por villistas, zapatistas, carrancistas y representantes de otras corrientes que buscaban darle cauce a la Revolución iniciada en 1910.

Ese día don Pepe, como le llamaban sus amigos, hablaba con la comandancia del EZLN y afinaba los detalles de la Convención Nacional Democrática a la que ellos habían convocado, en un intento de transformar el país. Tenía entonces 73 años, pero se le veía jovial. En un momento del debate declaró: “El país no puede estar así. Necesitamos una sociedad civil que exija los cambios necesarios que no se quieren dar”, algo en lo que siempre creyó.

La convención duró tres días y en ella participaron más de 6 mil personas, la mayoría de las cuales hicieron un viaje surrealista desde sus lugares de origen hacia el corazón de la Selva Lacandona. 

Fue Álvarez Icaza el encargado de clausurar los trabajos. Lo hizo desde el escenario en forma de barco que diseñó el subcomandante Marcos. Desde ahí lanzó la consigna de la histórica reunión nacional, soberana y revolucionaria: Se pronunció por la “instauración de un gobierno de transición” y la conformación de un “nuevo constituyente” que a su vez redactaría una “nueva Carta Magna”.

José Álvarez Icaza fue un laico católico comprometido siempre con las causas sociales. Luis Álvarez Icaza Longoria, uno de los 14 hijos que don Pepe procreó con Luz Longoria y Gama, quien aún vive, dice que su padre adquirió ese compromiso desde que, a principios del siglo XX, el gobierno se apropió de un rancho pulquero que su abuelo tenía en San Juan Tlaltetahuacán, aledaño a las pirámides de Teotihuacán, en el Estado de México. 

La familia quedó en la miseria, asegura Luis. A su padre, comenta, también le afectó la persecución religiosa emprendida por el general Plutarco Elías Calles, que desembocó en la guerra cristera en 1929.

“Eso lo marcó. De ser rica y conservadora, su familia pasó a ser de los pobres del centro de la Ciudad de México, donde él nació. Decía que no se puede ser un verdadero católico si no se defiende a los pobres y si no se lucha por la justicia”, recuerda Luis.

José Álvarez Icaza falleció el viernes 26 en el Distrito Federal, donde nació el 21 de marzo de 1921. Se formó como ingeniero e incluso participó en la construcción de los cimientos del Estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria, de la Facultad de Medicina y de la monumental basílica de La Piedad, Michoacán.

Según Luis, entre 1943 y 1958 su padre ejerció esa profesión. Después comenzó a participar en la corriente cristiana vinculada a las causas sociales, incluso fue uno de los fundadores del Movimiento Familiar Cristiano (MFC).

En 1964, don Pepe fue nombrado por la jerarquía católica como “auditor laico” en el Concilio Vaticano II, un aggiornamento mediante el cual la Iglesia católica hizo una revisión a fondo de todas sus actividades; incluso se abrió al diálogo con las otras religiones e intentó acercarse a los movimientos sociales.

A partir de entonces, consciente de la importancia de los medios de comunicación, creó el Servicio de Información Clasificada para Latino-América (SICLA) y el Centro Nacional de Comunicación Social (Cencos), dedicado a la promoción y defensa de los movimientos populares. Este organismo comenzó a funcionar durante la época de mano dura del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.

Como laico comprometido con las causas sociales, pidió a la jerarquía católica que condenara la matanza de 1968. Su exigencia fue rechazada, por lo que se distanció de los obispos y cardenales y se acercó a los movimientos estudiantiles, obreros, campesinos e indígenas. Cencos se convirtió en un centro alternativo para las organizaciones independientes y en un puente entre la prensa y la sociedad.

En las instalaciones del Cencos sesionó el Frente Nacional contra la Represión porque, dice Luis, no tenía ningún lugar para hacerlo: “Su sede se convirtió en lugar de documentación de las violaciones a los derechos humanos. Recuerdo que algunas noches mi padre se la pasaba haciendo la lista de periodistas agredidos. Entonces no se podían hacer denuncias en ningún otro lado”.

En 1976, Álvarez Icaza acompañó a Julio Scherer García cuando el gobierno de Luis Echeverría Álvarez promovió un golpe contra Excélsior. Luego apoyó la creación de Proceso como parte de la democratización del ejercicio periodístico en México.

Cencos, cuyas oficinas están en Medellín 33, en una vieja casona de la colonia Roma, a un costado de la Plaza de las Cibeles, en la Ciudad de México, se convirtió entonces en centro de denuncia. Desde ahí, organizaciones como Eureka, que encabeza Rosario Ibarra, comenzaron a documentar y a denunciar las desapariciones forzadas durante la “guerra sucia”; Cencos también fue refugio de los intelectuales que huían de las dictaduras latinoamericanas, de sindicatos universitarios y obreros, así como de organizaciones campesinas independientes.

Para el gobierno, Cencos era un centro de “subversivos”. Por eso, el 7 de julio de 1977 un grupo de policías ingresaron en sus instalaciones y se llevaron 76 gavetas con expedientes de casos de violaciones a los derechos humanos que abarcaban un periodo de 20 años, incluidos los de 1968. Llegaron en dos camiones e iban armados, incluso hicieron varios disparos. 

Los reporteros de este semanario Francisco Gómez Maza y Salvador Corro presenciaron el ingreso violento de los policías enviados por el jefe de la policía capitalina, Arturo Durazo Moreno. Gómez Maza fue detenido y llevado a una panel; a Corro lo retuvieron dos horas en las instalaciones de Cencos para interrogarlo. Los policías querían saber cómo se habían enterado los reporteros de ese “operativo secreto”.

“En dos camiones de granaderos –el 971 y el 959–, la panel 935 placas 3444-AF, carros patrulla y otros vehículos, la policía cargó con más de 70 gavetas repletas de documentos, máquinas de escribir, una pequeña máquina Offset, dos mimeógrafos, una fotocopiadora y otros implementos de oficina. Álvarez Icaza calificó de absurda la medida, que además ‘se realizó en el marco de la irracionalidad y locura que ahora está instaurando sobre la Ciudad de México’, y coincidentemente con ‘la represión implantada en contra de los trabajadores del STUNAM” (Proceso 36).

Emilio Álvarez Icaza Longoria, otro de los hijos de don Pepe, recuerda que esa era una época donde no había espacios para conferencias de prensa de las agrupaciones independientes y todo se censuraba.

“Una enorme cantidad de movimientos pasaron por Cencos. Aquí llegaron los movimientos de desaparecidos, con Rosario Ibarra; de solidaridad con Chile y Argentina; aquí estuvo monseñor Romero, de El Salvador, cuando iba a ser reprimido, también el obispo de Cuernavaca Sergio Méndez Arceo. Era un espacio ecuménico, abierto”, dice el expresidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF).

Recuerda que las instalaciones de Cencos y su padre siempre estuvieron vigilados por el gobierno; su padre siempre lo supo, asegura.

“Él utilizaba el espionaje para mandarle mensajes a los gobiernos. Salía a darles café a los agentes de Gobernación que estaban afuera vigilándolo. Un día trataron de secuestrarlo en la Huasteca, utilizando a campesinos; en otra ocasión, representantes de la jerarquía católica realizaron una campaña en su contra, cuestionando sus acciones, cuando en realidad él era profundamente congruente.”

En esos años, se acercó al Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT), de Heberto Castillo, en el que incluso llegó a ser secretario de Organización; posteriormente, él y Castillo participaron en la creación del Partido Mexicano Socialista (PMS). 

Hacia 1988 fue uno de los promotores del Frente Democrático Nacional (FDN), que encabezó Cuauhtémoc Cárdenas; al año siguiente, tras las cuestionadas elecciones que llevaron a Carlos Salinas de Gortari a Los Pinos, José Álvarez Icaza participó en la creación del Partido de la Revolución Democrática (PRD).

Emilio Álvarez Icaza considera que su padre es parte de una generación a la que pertenecieron Carlos Monsiváis y Carlos Montemayor. A ellos les tocó una etapa muy difícil, tuvieron que enfrentar a un régimen muy represivo, muy autoritario. 

“Él y otros se atrevieron a abrir las trincheras de la comunicación en los momentos más salvajes, como en el ataque de 1976 al diario Excélsior, que dirigía Julio Scherer García. Pepe caminó brazo con brazo con él y le ofreció el apoyo de Cencos para crear Proceso”, asegura el extitular de la CDHDF.

José Álvarez Icaza siempre fue generoso, aun a costa de su enorme familia. Doña Luz Longoria recuerda que en algunas ocasiones sacó dinero de su bolsillo para pagar gastos de sindicatos o para cubrir el alquiler de autobuses que llevaron a la gente a la Convención Nacional Democrática convocada por el EZLN en 1994. “Le tuve que decir: ‘Mira, Pepe, tenemos 14 hijos, así que no te olvides que tenemos que comer’”.

Desde el movimiento democrático cristiano, José Álvarez Icaza participó en casi todos los movimientos sociales de la mitad del siglo XX. Fue uno de los primeros defensores de los derechos humanos y de la libertad de prensa en el régimen priista.

Su hijo Emilio considera que quizá sea una de las figuras más representativas de la izquierda cristiana en México y una de las primeras personas que incorporó la ética a la política: “Él decía que dejó de ser ingeniero para convertirse en ingeniero social, dándole voz a los que no tienen y haciendo visibles los casos más dramáticos de violación de los derechos humanos en México. 

“Su idea era construir ciudadanía; su apuesta fue por la sociedad civil desde el mundo eclesiástico. Siempre reclamó el respeto a los derechos humanos. Él decía las cosas de frente, de manera abierta ante los distintos gobiernos. Cencos fue uno de los primeros espacios que tuvo como agenda pública el tema de los derechos humanos.”

También relata que uno de los últimos deseos de su padre fue que sus restos fueran velados en Medellín 33, la casa de Cencos. En el patio trasero, entre los árboles donde destaca un limonero. Los asistentes lo despidieron en medio de aplausos, junto con sus hijos, nietos y amigos de organizaciones civiles, sindicatos, campesinos, indígenas y de periodistas que durante décadas encontraron en ese lugar un refugio ante las tempestades. l

 

 

Comentarios