Nuestra madre, la Casta-Meretrix

Querido Nacho Solares:
Leí con mucha atención tu artículo, La Iglesia actual (Proceso 1390), que responde al que una semana atrás escribí defendiendo el derecho de la Iglesia a hablar sobre cuestiones de orden político, La Iglesia tiene derecho (Proceso 1389) Después de leerlo, me doy cuenta de que a ti te sucede lo que a los filósofos: tienes razón en lo que afirmas, pero te equivocas en lo que niegas
En tu artículo me reprochas que haya defendido el derecho de los obispos a hablar en nombre de los católicos, cuando sus decálogos, dices, “no tienen desperdicio en cuanto a contradicciones (y) aberraciones”; para ello, como si esos documentos se redujeran sólo al apartado 6 del que emitió Mario de Gasperín, Un católico vota así, que dice a la letra: No se puede votar “por un partido o un candidato que no respete la dignidad de la persona humana, como serían los que defienden o promueven la prostitución, las uniones homosexuales () los anticonceptivos físicos, la pornografía, especialmente la infantil (), el uso o tráfico de drogas (), te lanzas contra toda la Iglesia, como si esta estúpida formulación fuera la expresión de toda la larga y profunda reflexión que ha hecho la Iglesia a lo largo de cientos de años sobre esos temas tan delicados
Con ese afán de endilgarle la estupidez de Gasperín a la doctrina entera de la Iglesia, citas las no menos imbéciles declaraciones que en 1988 hizo Carlo Cafarra con relación al uso de los anticonceptivos Para, al final, rematar con una frase de Tomás de Aquino: “Acciones gravemente pecaminosas por ser vicios contra la naturaleza peores que el propio incesto con la madre, son la autosatisfacción (), la cópula con animales, la homosexualidad y la cópula anal u oral”, con la que quieres descalificar toda la inmensa y profunda doctrina del Doctor Angélico
Si bien tienes razón, y comparto tu indignación, de que éstas son formulaciones aberrantes que merecen ser señaladas y descalificadas —la de Gasperín, verdaderamente, es casi la de un neandertal—, te equivocas al decir que esas voces que has citado son la voz de la Iglesia y que esas imbecilidades la definen
La Iglesia, en primer lugar, no habla, como tú piensas, en nombre de los católicos No es un partido político La Iglesia, en tanto cuerpo místico de Cristo, habla en nombre de Dios a través de la Revelación y del depósito de la fe, y, por lo mismo, defiende la más alta norma de la dignidad del hombre Esa norma, por lo tanto, es muy exigente, cuenta con la renuncia, con el sacrificio y la donación, y se encuentra expresada en sus concilios, no en las voces aisladas de sus jerarcas Aún no hemos escuchado a la Conferencia Episcopal hablando colegiadamente de estos asuntos Se está reservando el derecho de hacerlo para cuando pasen las elecciones
En segundo lugar, su doctrina en estos terrenos tan delicados como el aborto, la homosexualidad, la anticoncepción, etcétera, ha sido la misma desde hace muchos siglos Los mismos documentos del Vaticano II no son contrarios a esa alta norma que ha defendido siempre la Iglesia (te aconsejo que los revises)
En tercer lugar, las declaraciones que has citado de Gasperín y de Cafarra no son, ni por el tipo de documento ni por la materia que han expresado, la voz de la Iglesia en su ejercicio magisterial más alto, sino voces que tienden a aplicar, como alguna vez lo hicieron los saduceos —cuyas voces, como la de todos, tienen el derecho a expresarse en una democracia; eso es lo que defendí en mi artículo que suscitó tu respuesta—, los principios de la Iglesia sin ninguna distinción crítica, ignorando —es el caso del apartado 6 de Gasperín— que ningún partido promueve nada de lo que ese apartado dice y poniendo entre paréntesis lo que la misma Iglesia también defiende en relación con la norma, la casuística (revisa, en este sentido, la encíclica Familiaris consorcio, de Juan Pablo II, sobre todo la parte que se refiere a la ley de gradualidad, para que te des cuenta de que Juan Pablo II no es el monstruo que pintas y que su doctrina de la gradualidad está en perfecta concordancia con la de Juan XXIII), es decir, la confrontación, caso por caso, y desde la caridad frente a la norma
En este sentido, el caso del hemofílico citado por Cafarra, tendría, confrontado con la ley de la gradualidad —defendida por Juan Pablo II— y con un sacerdote no legalista, sino profundamente cristiano, una respuesta distinta: sin rebajar la norma, antepondría a ella la caridad y aceptaría que ese hombre usara el condón Conozco a una infinidad de sacerdotes así; en este sentido también, la Iglesia, a diferencia de las estupideces de Gasperín, nunca homologará, por ejemplo, la pornografía infantil con la homosexualidad; ni el aborto con el anticonceptivo Esas declaraciones de Gasperín, igual que las de Cafarra, son, como tú bien dices, “aberraciones, contradicciones y muestra clara de la indignidad hacia la que apunta”, no la jerarquía, como tu justa indignación, que a veces te ciega, te hace decir, sino algunos jerarcas poco ilustrados y ajenos a la caridad
En cuarto lugar, Santo Tomás (siglo XIII), cuya teología, por lo demás, no es absoluta, es el defensor de la independencia de la criatura respecto de su Creador y uno de los defensores de la conciencia “El hombre —escribió también— es la única criatura que es Providencia para sí mismo” Si en la cita que haces de él defiende la más alta doctrina moral de la Iglesia en relación con el hombre, en otras partes pondrá, en nombre de la libertad de la criatura, a la conciencia por encima de todo
La Iglesia, como bien la definieron los Padres de la misma Iglesia, tiene una doble realidad, la de ser, en el orden de su Señor que la funda, la alimenta y la rescata siempre, casta; pero también, en el orden de lo humano, en su condición de pecadora, es decir, formada por hombres que constantemente traicionamos, debe ser meretrix Tú mismo sueles repetir algo semejante cuando en varias conversaciones has citado a Chesterton: “La Iglesia es un hospital de pecadores” Esa misma Iglesia, en su condición de meretrix, es la que permite que De Gasperín, Cafarra, tú o yo y todos la que la conformamos, traicionemos el amor de Cristo cada vez que faltamos a la caridad, y en nombre de principios morales defendidos a rajatabla juzgamos y condenamos, o en nombre de nuestra pequeñez y de nuestras miserias buscamos rebajar sus más altas normas a la medida de nuestras miserias; pero es también, en su condición de casta, la que guarda el depósito de la fe, la que nos acoge cuando nuestra pequeñez y nuestras miserias no permiten que lleguemos a vivir la más alta norma que defiende, la que nos acompaña y nos sana en nuestros sufrimientos, la que tiene una mirada compasiva por el dolor de los otros, la que acoge, contra los De Gasperín, los Cafarra y los legalistas, pero sin rebajar la más alta norma del hombre, a los homosexuales, a los que usamos el condón, a los que caemos en tentación, a las que con todo su sufrimiento a cuestas, constreñidas por las estructuras de pecado del mundo, han tenido que abortar, la que recibe tu indignación y se indigna contigo, la que también acoge las miserias y las faltas contra la caridad de De Gasperín, de Cafarra, de Olvera, de Serrano Limón, de Maciel y del mismo Papa La que dice como su Señor, “vengan a mí todos los fatigados, porque mi yugo es suave” La que formó entre sus brazos a San Francisco, a San Ignacio, a Maximiliano Kolbe, a Madre Teresa, a Juan XXIII y a cada sacerdote, a cada hombre, a cada obispo, que ajenos al sensacionalismo de la prensa, sin rebajar, vuelvo a repetir, un ápice de la norma que defiende, cumplen el mandato de la caridad en el centro de las miserias del mundo
Esta puta, querido Nacho, que siempre es rescatada, embellecida y devuelta a su castidad por su Señor, para que lo exprese y en su amor lo lleve a todos los hombres, es mi madre y la tuya, y yo jamás seré uno de esos malos hijos que busque desgarrar su túnica, sino recoserla Ella nos ha mecido en sus brazos desde que nacimos, ella nos ha amamantado y formado, ella hace posible tu indignación; ella también es la que nos hace defender su derecho a hablar y a exigirle a la jerarquía que abandone su tono de regaño, de reproche, de madrastra impía e hipócrita, para que sin rebajar las verdades que defiende, con la caridad en el corazón y el argumento racional que ampara su doctrina, dialogue con las realidades con las que los seres humanos estamos confrontados hoy
Una frase de los Padres de la Iglesia, que por lo general se atribuye a Bernardo de Claraval, me viene a la mente como un recordatorio a la jerarquía, a ti, a mí y a todos los católicos en estos tiempos difíciles: “En lo necesario, unidad; en lo demás, libertad; en todo, caridad”
Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva y esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez

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