El tren del miedo

MADRID – Siete de la mañana Seis grados centígrados Incipiente amanecer Tren de cercanías Línea C-1: Alcobendas-San Sebastián de los Reyes-Alcalá de Henares Vagones semivacíos, ambiente de funeral, miradas de desconfianza
Y es que, desde hace tres semanas, en este recorrido ferroviario la normalidad no llega
Antes del 11-M, 1 millón y medio de personas utilizaba cada día laboral los trenes de cercanías, un servicio más rápido, cómodo y barato Ahora, una buena parte de esa gente utiliza el Metro o el autobús, sobre todo para cubrir, en horas de la mañana, la Línea C-1, objeto del ataque terrorista
En el vagón central, cuatro personas Durante parte del trayecto, ninguna habla entre sí En un momento, sólo a dos jóvenes apenas se les escucha intercambiar algunas palabras
“Acojona coger este tren Ésa es la puta verdad Pero no hay otro remedio”, dice Mónica a la reportera Tiene 22 años y va camino a su trabajo Como casi todos los viajeros de este tren, ella tiene una historia que contar Dice que tuvo suerte ese fatídico 11 de marzo Fue cuestión de minutos: su tren fue el siguiente del atentado, y en la estación de Nuevos Ministerios todos los pasajeros fueron obligados a bajar Les dijeron que había una “supuesta” avería Después supieron del horror de la masacre
“Cada día que me monto aquí, pienso en los que murieron, pienso en que me podía haber tocado Cuando paso por El Pozo o Santa Eugenia, se me viene el recuerdo y las imágenes de la televisión Es horrible El miedo se te queda encima”, dice ella
Y hace una pregunta, recurrente en estos días: “¿Cómo una mochila abandonada en el Metro pasó inadvertida? No entiendo cómo nadie dijo nada, o cómo no llamó la atención Yo creo que fue porque a esta hora la gente viene adormilada”
“Casi me toca”
El ritmo del tren continúa, por las bocinas se van anunciando los nombres de las 18 estaciones que componen el recorrido Los dos amigos que hablan en voz baja responden a la pregunta sin pensarlo: “¿Que por qué seguimos viajando en este tren? Por una razón muy sencilla: La vida debe continuar El terrorismo es algo que tenemos que asumir; lo hemos asumido con ETA y sus atentados ¿Por qué no lo vamos a asumir con Al Qaeda?”
El 11 de marzo, José Salas se bajó antes de que estallaran las bombas: “Al día siguiente, el 12, tomé el mismo tren y estaba solo; iba yo solito en este mismo vagón Obvio, pero no tanto, porque es ilógico que los terroristas atenten al día siguiente en el mismo sitio Nadie presta atención a eso y se deja llevar por el miedo”
Su compañero de trabajo, Antonio Fernández, interviene: “Mire, la verdad es que todo se olvida La capacidad de la gente para olvidar es extraordinaria: Todo se borra, si no, no se podría vivir, estaríamos permanentemente deprimidos Compartimos el dolor de las víctimas, pero eso es sólo por unos días Es una pena muy grande Pero la vida continúa Discúlpeme, pero me bajo en Nuevos Ministerios”
Son las 7:35, hora en que estalló la primera bomba, y el tren se detiene en Atocha Suben decenas de personas y la ocupación alcanza la mitad de los asientos: “Casi me toca”, comenta Julio Torreblanca, un peruano que lleva 12 años viviendo en España “Pero ese día, salí más tarde que de costumbre; llegué a las 7:45, cuando acababa de pasar la tragedia Fue tremendo”
El presidente José María Aznar prometió papeles de legalización para los extranjeros indocumentados y sus familias que viajaban en el tren del atentado Las autoridades españolas ya entregaron las primeras tarjetas, pero a Julio eso no le convence Afirma: “La policía española no estuvo a la altura, se durmieron Estaban pensando en ETA y no en los árabes, y les dejaron el camino libre 190 muertos y aquí no pasa nada: un ministro de Justicia que no renuncia, un Aznar que dice que se va con las manos limpias ¿y los 190 muertos qué?”
Próxima parada
El tren pasa por la estación de El Pozo y los estragos del atentado aún son evidentes: vallas caídas y escombros; velas, mensajes y flores
Próxima parada: Estación de Atocha Por aquí pasan diariamente unas 15 mil personas, casi todas cargadas con bolsas, bultos o mochilas Para los miembros de la seguridad privada y nacional que ahora resguardan discretamente el lugar, la labor se hace más difícil Cada uno debe revisar a cuatro pasajeros por segundo
La gente se amontona, casi todos bajan aquí Las flores están por el andén, junto a fotos y mensajes El vestíbulo principal se ha convertido en la “zona cero” Cientos de veladoras en el suelo, monos de peluche, banderas con crespones negros, mensajes de todo tipo “México está con ustedes”, dice en una bandera tricolor
Hay estampas de vírgenes y santos, flores de plástico y naturales, pancartas y mensajes, muchos mensajes: “Ante tu odio y tu barbarie: mi corazón”, dice una nota Los policías nacionales vigilan la estación y aumenta la paranoia, interceptan a un marroquí y le revisan la mochila
En un muro sobresale un cartel: “Aznar, cadena perpetua”
“Se te pone la carne de gallina Esto es tremendo, no hay quien pueda”, comenta el vigilante David M M, quien narra lo que hizo el 11 de marzo: “Oí las bombas Empezamos a ayudar a los heridos, pero luego bajamos a las vías Aquello no se me va a olvidar en la vida Gente mutilada, brazos, piernas, pedazos de carne Era horroroso No creo que lo supere Estoy en terapia psicológica”
Catorce vigilantes que ese día participaron en las labores de auxilio tienen permiso médico para no asistir a su trabajo “Es que es muy distinto vivirlo por televisión que estar aquí en directo -añade David- Ni punto de comparación Yo estoy aguantando, pero no sé cuánto Mire cómo está la estación: el nivel de gente ha bajado bastante La gente siente todavía el pánico”
Su compañero Daniel H C, interviene: “La segunda y tercera detonaciones nos pilló en los rieles y nos tiramos al suelo Lo típico: sólo sufrimos algunos golpes Pero lo más fuerte fue ver a la gente sufriendo, pidiendo ayuda A cada uno le faltaba algo”

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