La verdad y la mentira

Cuando una familia es disfuncional, lo es a su propia manera, querría decirnos Baltasar Kormákur con su segunda película, La verdad y la mentira (The Sea, Islandia, 2002) Más complicado cuando el patriarca de la familia, posando como Rey Lear, convoca a sus tres hijos para hablar de herencias
De la misteriosa Islandia, tierra de sagas, poco, casi nada, se conoce en México de su cine; tampoco es que sea muy difundido en otras partes del mundo Desde su primer largometraje, Reykiavik 101, el director de origen catalán se muestra consciente de ello cuando nos presenta esa mezcla de exotismo, poesía y vulgaridad (en el sentido literal de la palabra); es decir, transporta al espectador a otro mundo habitado por seres humanos como los hay por todas partes
La cámara se recrea en los paisajes desolados de montañas y páramos cubiertos apenas de nieve, es aún verano; alucinantes imágenes de mar y tierra en ese pueblo de pescadores en los momentos en que el sol se refleja Pero la visión luminosa de las marinas heladas anuncia la oscuridad en la que saldrán los monstruos de la noche, como comenta Agust (Hilmir Gunadson) a su novia francesa al bajar del avión proveniente de París
Instigado por ella, este hijo menor de Thordur (Eyjolfsson), el cacique de la industria pesquera, acude a la cita con el padre al que teme confesarle que abandonó los estudios de finanzas para dedicarse a la música Como en El jardín de los cerezos, el clásico de Chéjov, cada miembro de una familia que se desmorona carga con su propio conflicto; el hermano mayor lleva el negocio de la empacadora, vive fustigado por su esposa alcohólica y roba lo que puede; cineasta frustrada, Rangheidur, la otra hermana, humilla a su pelele marido y tiene un hijo adolescente, especie de autista del video juego dispuesto a asaltar una tienda por una Coca Cola
Pero Thordur, preocupado por los trabajadores víctimas de la modernización y de los cambios económicos, va a heredar la fábrica a la comunidad Esta pretensión va a desencadenar la confrontación y la rapiña de los hijos, demasiado lastimados por la traición del padre a la madre moribunda
Ninguno de los personajes es verdaderamente simpático, ni siquiera la abuela que, aunque lúcida, resulta demasiado agria; de ahí la distancia natural que el espectador mantiene ante la historia que se complica como melodrama; a cada uno de ellos le traiciona un gesto o una frase La preocupación social parece más instrumento de venganza contra los propios hijos que buen corazón en el caso de Thordur Rangheidur, castigando al policía tonto del pueblo por haberse querido propasar, parece una valkiria desenfrenada vengándose de la raza masculina, como lo trasmite la mirada aterrada del marido
Hay familias que esconden un esqueleto en el armario, pero es una avalancha de esqueletos la que se precipita cuando se abre el armario de la familia que nos presenta Kormákur Ante tanto odio y rencor, imposible que el barco no naufrague, apenas el fuego para purgar tanta culpa según la escena con la que arranca la película
La referencia inseparable de La verdad o la mentira es La celebración del danés Tomás Vinterberg del disuelto movimiento del Dogma; todas las familias disfuncionales son incestuosas a su propia manera; pero se pasa por alto que el cine nórdico y escandinavo se nutre de los mismos autores que Bergman celebra en su obra, Stringberg o Dreyer, entre tantos
Kormákur trabaja en colaboración con el dramaturgo Simonarson; su patriarca Thordur nos recuerda al John Gabriel Borkman de la obra del inmortal Ibsen, la última batalla de un titán, la culpa y la retribución La verdad y la mentira, con su trama de espectros, evoca un viaje al infierno familiar, pero también nos muestra el desasosiego de la “necesidad de modernización” que llega hasta el círculo polar

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