Diálogo y no-violencia

El país está roto. La violencia que nos azota tiene su réplica en las disputas políticas, en las descalificaciones ideológicas, en el desprecio y la sospecha. Para algunos –en este país de dolor y de una corrupción de la palabra tan profunda como la de las instituciones– dialogar es claudicar; hablarse duro y claro, sin que eso termine con la humillación del adversario, sino en un abrazo, es fracasar. No fue otra cosa lo que algunos leyeron bajo la lógica mediática. Una fotografía, entre miles que se tomaron en el Alcázar del Castillo de Chapultepec y entre las miles de imágenes de la narrativa que Argos llevó a las pantallas: la de un abrazo entre Calderón y yo, magnificada por los medios, terminó por imponerse, en algunas lecturas sesgadas, a los símbolos, a los contenidos profundos, a los logros y a los avances de este primer diálogo entre el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad y el Poder Ejecutivo.

Los que están atrapados en discursos ideológicos del pasado y pretenden que en un primer diálogo se resuelva la inmensa problemática del país; los que creen que se gana cuando uno se levanta de la mesa haciendo alarde de que le “rompió la madre” al otro, o que se pierde cuando se estrechan las manos y se promete avanzar en acuerdos, terminaron por sucumbir a la narrativa mediática. Lo lamento. Los nuevos lenguajes desconciertan. Frente a ellos –como sucedió cuando Boscán introdujo el endecasílabo en la poesía española– hay una tendencia a atrincherarse en los clichés consabidos: la sospecha del fracaso y de la claudicación. Sin embargo, desde el 28 de marzo en que el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad se puso en camino comenzó a cambiar el lenguaje de la guerra y del dolor.
Al increpar la violencia que nos ha arrebatado a nuestros seres queridos; al visibilizar a las víctimas criminalizadas y sumidas en la impunidad; al nombrar a nuestros muertos; al mostrar el estado de inhumanidad en el que el país está hundido; al atravesar medio país para abrazarnos, darnos consuelo y señalar las responsabilidades del Estado frente a nuestro dolor; al ir sentando de cara a la nación a todas las autoridades para que entiendan la deuda contraída con nosotros y hagan justicia a la víctimas, dialoguemos y busquemos juntos una refundación del país; al ir renunciando a la violencia en nombre de la dignidad y la firmeza de la no-violencia, no hemos tenido otra cosa que ofrecer a nuestros adversarios que lo mismo que hemos ofrecido a todos: el amor y sus armas más puras, la resistencia y el sacrificio.

Gracias a esa ofrenda que, a pesar de las diferencias, ha ido uniendo a las víctimas y a una buena parte de la nación, esperamos cambiar el corazón y la conciencia de quienes dirigen este país y de quienes aún viven ideológicamente y leen todo desde la lógica del fracaso y de la claudicación. Nosotros no confundimos los equívocos de nuestros adversarios con su persona, y por eso no odiamos, no desdeñamos, y podemos, después de hablar con fuerza y con exigencia, estrecharle la mano y abrazarlo. Contra lo inmoral, contra la cerrazón, nosotros recurriremos siempre a armas morales y espirituales, al diálogo abierto y franco y a la desobediencia civil si traicionan los acuerdos.

No deseamos embotar la violencia en la que vive el país utilizando tajos más cortantes. Todos debemos, como lo enseñó Gandhi, “quedar sujetos por la fuerza del amor” y la justicia digna. Al principio, como ha sucedido con quienes critican o buscan manipular el diálogo, el lenguaje los desconcertará; “pero después, tendrán que admitir que esta resistencia espiritual es (a la larga) invencible”. Al no sentirse humillado ni acorralado, Calderón pudo sacar algo de lo más noble que hay en su corazón: Reconocer que tiene una deuda con las víctimas y prometer dar pasos con los ciudadanos para iniciar la justicia que su guerra nos arrebató, es un buen principio: se hará una Ley para las Víctimas; se pondrá en marcha el Fondo –que no se ha usado– para las Víctimas; en tres meses nos volveremos a reunir de cara a la nación y llevaremos expertos para mostrarle a Calderón que hay estrategias de seguridad verdaderamente ciudadana para que al fin cambie su estrategia. ¿Es poco?
Mientras en el diálogo sacaba lo mejor de mí mismo, la firmeza en el amor, no dejé de pensar –para no perderme, para no sucumbir a esa parte mía que en ciertas circunstancias me hace desdeñar y estallar en lenguajes hirientes– en el vínculo que estableció Gandhi con el general Smud, quien había decretado en Sudáfrica la ley marcial contra los indios y había encarcelado varias veces a Gandhi. Smud, después de las últimas movilizaciones, lo llamó. Las conversaciones entre ellos se convirtieron en negociaciones, hasta que el gobierno abolió la ley marcial.

Antes de volver a la India, Gandhi envió a Smud un símbolo, un abrazo: unas sandalias de cuero que había fabricado durante una estancia en prisión. “Hombres como Gandhi –escribió muchos años después Smud; hombres y mujeres, agregaría yo, como los que conforman este Movimiento– nos redimen de una sensación de vulgaridad e inutilidad y, al no ser demasiado cautelosos para hacer el bien, son una inspiración para nosotros. Fue mi destino ser el antagonista de un hombre hacia quien, aun en aquel tiempo, tenía el mayor respeto (…) Él nunca olvidó (lo humano), jamás perdió el equilibrio ni sucumbió al odio y conservó su humor en las situaciones más penosas: (…) su actitud y su espíritu (…) contrastaron señaladamente con la violencia brutal”.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a todos los presos de la APPO y hacerle juicio político a Ulises Ruiz.

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